Kyla
Entreabrí los ojos con dificultad, tanto por la luz que se colaba entre las persianas como por un sonido insistente. Me cubrí con las sábanas para intentar amortiguar el ruido, pero seguía taladrándome los oídos.
Me quejé mientras me removía en la cama.
— Izan... —pronuncié su nombre con frustración—. Tu móvil... —me tapé los oídos.
— No es el mío... —murmuró.
— Joder... —me incorporé con torpeza—. ¿Por qué no se calla? —susurré.
Me froté los párpados antes de levantarme y dirigirme descalza al pequeño comedor. Eché un vistazo rápido a mi alrededor en busca del móvil. Abrí los cajones del mueble. Nada.
— ¿Dónde lo dejé...? —bufé.
Volvió a sonar aquella irritante melodía. Caminé hasta el sofá y palpé entre los cojines hasta que mis dedos dieron con el aparato.
— ¿Por qué todo acaba siempre en el sofá? —fruncí el ceño.
Mis ojos se fijaron en el nombre que aparecía en la pantalla. Era mi padre.
— Mierda... —murmuré antes de contestar—. Hola, papá —agudicé ligeramente la voz.
— Kyla, ¿dónde estás? —preguntó, confundido.
— Pues en mi apartamento...
— Habíamos quedado —me interrumpió—. ¿Otra vez se te ha olvidado?
— ¿Qué día es? —me pasé una mano por la frente.
— Veintiuno —respondió—. Elegimos este día porque tenía la mañana un poco libre.
— Joder...
Me dirigí rápidamente a la habitación y abrí el armario.
— Habíamos quedado en el Jaap Eden, ¿no? —agarré una camiseta negra larga y la lancé sobre la cama—. Sabes que no hace falta que quedemos siempre en ese sitio cuando nos vemos —añadí mientras cogía unos vaqueros anchos.
— Lo sé, pero a los dos nos encanta ese lugar.
— Habla por ti... —murmuré en voz baja, procurando que no me oyera—. Estoy allí en menos de media hora, ¿vale?
— Vale, cariño. Otra cosa...
Colgué la llamada y lancé el móvil sobre la cama.
— Siempre ese sitio... —refunfuñé mientras buscaba el sujetador—. No puede ser otro lugar, no; tiene que ser ese —solté, frustrada.
Cogí el sujetador y lo dejé sobre la cama. Me quité rápidamente la camiseta del día anterior para ponérmelo.
— ¿Era tu padre? —preguntó Izan, con la voz grave de recién levantado.
— Sí —respondí con rapidez.
Volví al otro extremo de la cama para coger la camiseta y ponérmela. Después me bajé el pantalón para ponerme los vaqueros. Apreté los labios con frustración.
— Oye...
Alcé la mirada hacia su voz. Se acercó con cuidado hasta el borde de la cama más cercano a mí y rodeó mis caderas con los brazos para atraerme hacia él.
— Sabes que tu padre lo hace de corazón.
— No digo lo contrario, pero ¿no podemos quedar en una cafetería? —me encogí de hombros—. ¿En un parque? ¿O en cualquier otro sitio que no sea ese?
— Yo también te llevaría allí —sonrió.
— Cállate...
— Lo digo en serio —me miró a los ojos—. Si pudieras verte de la forma en que miras esa pista, entenderías por qué te llevamos allí.
Acerqué las manos a sus hombros desnudos y recorrí su espalda hasta llegar a su nuca.
— Me debes una... —me incliné hacia él hasta quedarme a pocos centímetros de su boca—. No se me ha olvidado.
— Ni a mí —sonrió.
Deslizó las manos por mi culo y lo apretó.
— Oye... —me quejé.
Le sujeté las manos con rapidez y las aparté, intentando no reírme, aunque me resultó imposible.
— Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras —me dirigí al armario para coger una chaqueta de cuero marrón —. Trabajas de tarde, ¿verdad? —le miré de reojo.
— Sí, y además hoy tenemos ensayo —respondió, dejándose caer sobre la cama—. Así que seguramente le diga al resto que venga por la mañana para practicar.
— Planazo —cogí el gorro de color mostaza y me lo puse—. Intentaré estar.
Me giré para acercarme a él y le planté un beso en los labios. Intentó prolongarlo, pero lo detuve al instante.
— Tengo que irme... —susurré.
— Vale, preciosa... —respondió en voz baja, cubriéndose los ojos.
Sonreí al ver su reacción. Me incorporé y salí de la habitación para adentrarme de nuevo en el comedor. Me acerqué al mueble de la entrada y cogí los cascos.
— Hasta luego —dije mientras abría la puerta.
Solo escuché un leve murmullo por su parte antes de cerrarla tras de mí. Bajé las escaleras con rapidez. El pub estaba completamente en silencio, ya que normalmente lo abrimos por la tarde y no cerramos hasta pasada la medianoche.
Cogí las llaves que había sobre la barra y abrí la puerta principal.
Tenía que acelerar el paso para llegar lo antes posible, aunque no me apetecía nada hablar con mi padre.
Conecté el móvil a los cascos e inicié la lista de reproducción. La primera canción que sonó fue Itty Bitty, de Mishaal Tamer. Eché a andar a medio trote, procurando no cruzarme con ningún coche.
El ambiente era fresco y, aunque estábamos en mayo, no llegábamos ni a los quince grados.
En cuestión de minutos, me planté frente a la entrada del edificio. El lugar estaba tranquilo; no había ningún partido a medio jugar. Metí las manos en los bolsillos, intentando mantenerlas calientes.
Entré en el recinto y eché un vistazo rápido a las gradas en busca de mi padre, hasta que lo localicé en el otro extremo. Alzó la mano a modo de saludo.
Caminé cabizbaja hacia él. Cuando estuve lo bastante cerca, me quité los cascos y los dejé apoyados alrededor del cuello.
— Hola, princesa —rodeó mi cuello con los brazos y me atrajo hacia él.
— Hola, papá... —respondí en voz baja.
— ¿Qué tal? —preguntó al apartarse—. ¿Cómo estás? —me miró de arriba abajo—. ¿Estás comiendo bien? —continuó—. Te veo más delgada.
— Papá... —intenté detenerlo.
— ¿Duermes bien? —insistió—. ¿Te va bien en ese trabajo?
— Papá —lo interrumpí con firmeza—. Estoy bien.
— Sigo sin entender por qué decidiste marcharte —suspiró antes de sentarse en uno de los asientos—. ¿Te agobiamos durante tu recuperación?