Raelynn
Viernes, 2 de junio de 2028
Con tan solo cinco años entré en este precioso deporte. De niña disfrutaba deslizándome sobre el hielo y bailando al ritmo de cada canción. Pero ahora no recuerdo la última vez que lo sentí así.
Cada victoria, cada medalla, hacía que el nudo en la garganta se apretara un poco más. La presión de no fallar, de no caer nunca, de ejecutar cada movimiento con precisión resultaba agobiante. Pero no podía mostrarlo; tenía que mirar hacia delante y sonreír en cada entrevista.
Solo tenía que ser perfecta.
Sentada en un asiento, bajé la mirada hacia mis manos y noté un ligero temblor en los dedos. Delante de mí, la pista de hielo me esperaba.
— ¡Raelynn!
Apreté los puños y alcé la mirada. Antes de girar la cabeza, unos brazos me rodearon el cuello.
— Sabes que me encanta verte —dijo Maddie, con esa voz aguda—. Pero tengo que acabar un trabajo que debo entregar el lunes —añadió.
Maddie era una chica a la que conocí en grado medio, antes de centrarme por completo en el patinaje artístico sobre hielo.
— Vale —elevé las manos para sujetar sus brazos—. Le diré a Jeroen que me grabe.
— ¡Por favor! —suplicó, apartándose—. Si se te olvida, te juro que te pego.
Giré la cabeza para mirarlos. Jeroen estaba sentado en los asientos de atrás, observando a Maddie con una sonrisa.
— Déjame pensarlo... —se frotó la barbilla, pensativo.
— No tienes que pensarlo —insistió ella, acercándose—. Te gusta mucho grabar tus movimientos con el skate.
— Pero esto es diferente —respondió Jeroen mientras le sujetaba las muñecas, forcejeando de manera torpe.
— ¡Jeroen! —alzó la voz, medio indignada.
— Lo haré, tonta —respondió él, con tono juguetón.
Sonreí sin darme cuenta.
Jeroen era un chico dos años mayor que nosotras, estudiante en grado medio de deportes; de ahí su afición por el skate.
— Me voy, chicos —dijo Maddie, cogiendo la chaqueta del asiento para ponérsela—. Sigue trabajando así —me señaló mientras retrocedía—. Eres increíble —añadió, sonriente.
— ¡De acuerdo! —recosté el cuello en el respaldo.
En cuestión de segundos, mi mirada se fijó en el techo blanco. El pulso se me aceleró solo con pensar que tenía que volver a patinar.
— Esa chica sigue ahí... —murmuró Jeroen—. ¿Tu primera acosadora?
— Le gustará este lugar —me incorporé para mirarlo—. Tiene su magia, ¿lo sabías? —añadí, alzando una ceja.
— ¿Y por qué apunta cosas? —cruzó los brazos, incómodo—. Patinas y pum, apunta algo; saltas y pum, vuelve a apuntar —se encogió de hombros—. Y si es de esas personas que ponen a parir a los demás en redes sociales —se inclinó hacia mí—, a gente así hay que pararle los pies.
— ¿Te estás escuchando? —pregunté, riéndome nerviosa—. Si quiere criticarme, que lo haga; yo estoy aquí para mejorar como patinadora, no para gustarle a todo el mundo...
— Raelynn.
Ambos giramos la cabeza al escuchar la voz de mi entrenador. Me hizo un gesto con la mano para que me acercara.
— Toca seguir entrenando —me levanté con cuidado—. Recuerda grabarme.
— Sí...
Avancé con pasos cuidadosos; no quería caerme y romper los patines.
— Vamos a practicar el estilo libre —dijo el entrenador, sujetándome del hombro—. Recuerda incluir movimientos como flips, loops y spins.
— Vale —asentí con la cabeza.
— Y lo más importante: no empieces con los más complicados. Ve escalando niveles de dificultad.
— De acuerdo —apoyé la mano en la valla perimetral—. Iré aumentando la dificultad poco a poco.
Entré en la pista y comencé a deslizarme. Sacudí los brazos y las manos, dejando escapar el aire de los pulmones. Di una vuelta completa al perímetro, trazando círculos en forma de serpentinas y avanzando a ratos de espaldas.
Me dio tiempo a echar un vistazo rápido a los asientos de la izquierda, donde se encontraba la chica. Su mirada no solo se dirigía a mí, sino también a la pista y a los patines.
El pulso se me aceleró cuando me dirigí hacia el centro del hielo.
— Tú puedes... —murmuré, animándome.
Me detuve en el centro. Alcé la mano derecha hasta el lado izquierdo del pecho, bajé los dedos meñique y anular y giré la cabeza hacia la derecha, fijando la mirada en el hielo.
Cerré los ojos mientras respiraba hondo.
Al cabo de unos segundos, comenzó a sonar la versión orquestal de Young And Beautiful, de Lana Del Rey, una melodía delicada que consigue atraparte desde el primer instante.
Abrí los ojos y empecé a mover los brazos al compás de la música. Di una vuelta antes de deslizarme por la pista.
Elevé la pierna derecha mientras avanzaba hacia el otro extremo; después retrocedí ligeramente y ejecuté un loop simple. Seguí deslizándome hasta detenerme en seco y volví a mover los brazos. Tracé una vuelta rápida y, tras aumentar ligeramente la velocidad, realicé un doble flip y, acto seguido, otro más.
Apreté los puños, aliviada por haber ejecutado esos movimientos a la perfección.
Me deslicé de nuevo hacia el centro, salté antes de iniciar un spin y roté sobre un punto fijo del hielo, con la pierna extendida y uno de los brazos elevado hacia el techo. En cuestión de segundos, doblé la pierna extendida para sujetar el filo del patín mientras continuaba girando.
Dejé de girar y seguí deslizándome. El pulso se me había acelerado, pero apreté los dientes, intentando calmarme. Me deslicé hacia atrás para ejecutar un triple loop, pero al apoyar de nuevo el filo en el hielo perdí el equilibrio y caí.
— Joder... —susurré, apoyando las manos en el frío hielo—. No consigo hacerlo bien... —añadí, frustrada.
Alcé la mirada hacia la chica, pero ya no estaba allí.
— ¡Lynn!
Giré la cabeza rápidamente hacia la derecha. Jeroen estaba apoyado en la valla perimetral, con gesto preocupado.