Raelynn
Jueves, 8 de junio de 2028
Entreabrí los ojos por la claridad que inundaba la habitación. Hice varios ruiditos con la garganta antes de incorporarme con cuidado en la cama. Bostecé, pasándome los dedos por los párpados. Me quedé quieta unos segundos antes de dejarme caer hacia un lado.
— Qué pereza... —murmuré.
— ¡Raelynn!
Escuché la voz de mi madre desde la planta baja.
— Cinco minutos más... —cerré los párpados.
— ¡Recuerda que tienes que salir a correr!
— Lo sé... —refunfuñé.
— ¡Jeroen estará aquí en nada!
Respiré hondo antes de incorporarme de nuevo. Mi mirada se clavó en algunas medallas que seguían sobre la mesa de la habitación. Me acerqué al borde de la cama y me levanté. Caminé descalza hacia el pasillo; el frío hizo que poco a poco me despejara.
— Hola, cariño.
Giré la cabeza. Mi padre acababa de salir de su habitación, sujetando una colcha.
— Buenos días... —dije en voz baja.
— Vaya pelos —rió, apoyando una mano sobre mi cabeza.
— Ahora bajo.
— De acuerdo.
Entré en el baño y lo primero que hice fue echarme un vistazo rápido en el espejo. Era como si acabara de salir de una hibernación de meses o, como diría mi madre, parecía una leona.
Sonreí mientras me frotaba de nuevo los párpados.
— Qué pintas...
Esa noche me había costado muchísimo conciliar el sueño. En mi mente se repetía una y otra vez el encuentro con Kyla; seguro que pensó que era una acosadora o, peor aún. Joder, solo quería proponerle que fuera mi entrenadora.
Deslicé el coletero de la muñeca para hacerme un moño. Tenía que darme prisa para ponerme las mallas negras y el top rosa. Mientras me ajustaba el top, eché un vistazo rápido al interior del armario hasta que mi mirada se detuvo en la chaqueta rosada que colgaba allí.
— ¡Raelynn, Jeroen ya está aquí! —gritó mi madre.
— ¡Voy! —exclamé, cogiendo la chaqueta para ponérmela mientras me ataba las bambas a toda prisa.
Salí corriendo de la habitación hacia las escaleras y las bajé lo más rápido que pude. Busqué a Jeroen con la mirada hasta que lo vi de espaldas, apoyado en la isla de la cocina.
— Cada día estás más alto —dijo mi madre, apoyando una mano sobre su hombro.
— Mi madre me lo suele decir mucho —respondió entre risas.
— Ya estoy —dije, colocándome a su lado.
Ambos giraron la cabeza hacia mí.
— No sé qué os ha dado por correr todos los días —comentó ella, guardando varios briks de leche en la nevera—. Ojalá poder tener vuestra energía.
— Aún estás a tiempo —me encogí de hombros.
— No podría seguirte el ritmo —sonrió. Luego hizo un gesto con la mano para que nos fuéramos—. Id antes de que salga más el sol.
Jeroen se acercó a mí.
— Tened mucho cuidado —nos advirtió.
— Sí, mamá.
Me acerqué a la puerta para abrirla. Jeroen salió de la casa antes que yo.
— ¿Aguantarás mi ritmo? —pregunté antes de empezar a trotar.
— He mejorado estás últimas semanas —respondió, siguiéndome.
Desde que el entrenador me aconsejó correr para mejorar mi resistencia, había empezado a hacerlo cada día. Mantenía la mirada fija al frente mientras apretaba los puños; la respiración se aceleraba con cada zancada.
— Lynn —me llamó Jeroen.
Giré la cabeza hacia la izquierda para mirarlo.
— Lo de ayer fue una completa locura —dijo, frotándose la frente—. ¿Cómo se te ocurre entrar por esa puerta?
— No sabía que vivía ahí —me excusé—. Pensé que era algún tipo de desván.
— Pues no lo era —me señaló brevemente—. Entraste en la casa de una completa desconocida.
— Es una excampeona —respondí.
Aceleré un poco más el paso.
— Eso da igual —alzó la voz mientras intentaba alcanzarme—. ¡Lynn! —me llamó, colocándose frente a mí—. ¿Desde cuándo actúas así?
Intenté no detenerme y troté en el mismo sitio.
— Lo digo en serio —añadió, preocupado—. ¿Y si te hubiera hecho algo?
— ¿Qué me iba a hacer? —me reí—. Jero, no hay de qué preocuparse.
Me detuve.
— Lo más probable es que no la vuelva a ver —me encogí de hombros—. Se habrá asustado; fui muy intensa y le pedí que hiciera una locura.
Él no apartó la mirada de mí.
— Así que no te preocupes —dije, sujetándole los hombros.
— ¿Qué le pediste? —preguntó, alzando una ceja.
— Un secreto —le di un ligero golpe en los hombros—. Quien llegue el último al lago invita a cualquier cosa.
Sin decir nada más, salí corriendo y pasé a su lado.
— ¡Eso no vale! —gritó.
Desde muy pequeña he sido un poco insistente con las cosas; de ahí viene mi incapacidad para aceptar un no como respuesta.
Entendía la preocupación de Jeroen; soy menor de edad, aunque solo sea por un año. Me meto en sitios donde no debería y soy tan intensa que, a veces, termino asustando a la gente.
El sudor me resbalaba por la frente cuando me detuve delante de mi casa. Me incliné hacia delante y apoyé las manos en las rodillas. Solté varios bufidos mientras intentaba recuperar el aliento.
— Jero, ¿cómo lo llevas? —giré la cabeza hacia atrás—. ¿Jeroen?
— ¡Ya llego! —gritó, corriendo hacia mí con dificultad.
— ¿No se supone que has entrenado para estar a mi nivel? —me incorporé y me puse las manos en la cintura.
— Tú lo has dicho —se detuvo a mi lado, tosiendo—. Supuse mal.
Se inclinó, apoyándose en las rodillas.
— Eres deportista de élite —extendió la mano para señalarme—. Y yo... —volvió a toser antes de enderezarse—. Yo solo hago un diez por ciento de deporte.
— Pero si estudias un ciclo de deporte —me encogí de hombros.
— ¿Y qué? —respondió, aún entrecortado—. Estoy aquí para mejorar corriendo, pero no lo consigo —se llevó una mano a la cintura—. Ahora...
Soltó un suspiro, fingiendo que ya se había recuperado.
— Ahora me iré a casa, me ducharé y me tiraré en la cama a descansar un rato antes de ir al instituto.