Al Ritmo Del Hielo

CAPÍTULO 6

Kyla

Viernes, 9 de junio de 2028

La oscuridad inundaba toda la habitación. Había pasado casi toda la noche con los párpados abiertos, recordando aquella conversación. No recordaba por qué mis pies se detuvieron ni por qué no fui capaz de decirle un no rotundo.

Me tapé la cara con las manos mientras soltaba varios suspiros.

— Encima le digo que venga hoy... —murmuré.

Dejé caer los brazos sobre la sábana, frustrada.

— ¿Por qué coño haces esto? —alcé la voz al incorporarme—. Joder... —me froté la frente.

Me acerqué al borde de la cama y me quedé mirando a la nada durante unos segundos.

Tenía que recoger la casa, ventilarla y preparar cualquier mierda para entrenar a esa chica.

Abrí las persianas, dejando que entraran unos tímidos rayos de sol. Seguramente no eran más de las ocho de la mañana. Arreglé un poco la cama y salí de la habitación. Me detuve en el marco de la puerta y eché un vistazo al comedor.

— ¿Qué hago...? —murmuré, sujetándome la cintura.

Desvié la mirada hacia el pequeño equipo de música que tenía sobre el mueble.

Lo tengo. Practicaremos los movimientos de brazos.

Me acerqué al sofá y lo arrastré hasta la esquina derecha, dejando un espacio libre donde pudiera hacer algún que otro salto. Volví a echar un vistazo rápido al lugar.

— Música —chasqueé los dedos—. Música, música...

Cogí el móvil para ojear la lista de reproducción. Apreté ligeramente el aparato al ver la selección que utilizaba cuando patinaba.

— Utilizaré estás... —murmuré.

Dejé el móvil sobre el mueble y abrí uno de los cajones. Cogí la cajetilla de cigarrillos, me llevé uno a los labios y lo encendí con el mechero. Solté la cajetilla de mala gana dentro del cajón y lo cerré de golpe.

— ¿Qué más...? —recorrí la sala con la mirada mientras soltaba el humo de los pulmones—. Abrir la ventana —la señalé mientras rodeaba el sofá—. Que, si no, la niña se quejará —añadí con un tono burlón.

La abrí y sentí al instante una ligera corriente de aire. Respiré hondo antes de volver a llevarme el cigarrillo a los labios. Me di la vuelta para caminar hacia la salida; tenía que estar en la planta baja para enterarme cuando llamara a la puerta.

Justo al abrir la puerta que daba al pub, un par de ruidos procedentes del exterior me tensaron de inmediato. Me acerqué y me coloqué frente a la puerta, sujetando el cigarrillo entre los dedos antes de abrirla.

Mis ojos se fijaron en la figura delgada de Raelynn. Me miraba con una leve sonrisa. Sujetaba las asas de la mochila con nerviosismo mientras se balanceaba ligeramente sobre las puntas de los pies.

— Hola.

La observé de arriba abajo, consiguiendo que desviara la mirada hacia otro lado. Abrí la puerta y le hice un gesto con la cabeza para que entrara.

— Adelante —dije, expulsando el humo hacia un lado.

Entró con cautela y se detuvo a un par de pasos de mí. Cerré la puerta tras ella.

— ¿Hoy no trabajas? —preguntó, observando el local.

Me acerqué a la barra en busca de un cenicero.

— Es un pub —la miré de reojo—. Abre por la tarde-noche —me apoyé en la barra para estirarme, extendí el cigarrillo y lo apagué—. Por eso es un local nocturno.

Dejé el cigarrillo en el cenicero.

— Tiene sentido... —murmuró.

— Sígueme.

Di un ligero golpe a la barra antes de encaminarme hacia las escaleras. Escuché sus pisadas detrás de mí.

— ¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó, deteniéndose bajo el marco de la puerta de mi apartamento.

Sujetando el pomo, me quedé mirándola unos segundos.

— Con permiso... —murmuró, agachando ligeramente la cabeza antes de entrar.

— Baile —cerré la puerta tras ella—. Hoy vas a moverte como nunca —fingí una sonrisa, colocándome a su lado y extendiendo la mano—. Dame la mochila, la chaqueta y la gorra.

— Ahora entiendo por qué has colocado las cosas así —comentó, observando el comedor mientras me tendía la mochila y se quitaba la chaqueta.

— Patinar no es solo saber moverse sobre el hielo —dejé con cuidado sus cosas en la esquina del sofá—. Es sentir y transmitir cada nota de la instrumental —cogí el móvil, que estaba sobre el mueble, y me apoyé en él mientras buscaba qué canción poner—. Normalmente, para las competiciones, los patinadores suelen optar por canciones lentas —me encogí de hombros—. Para mí, eso es ir a lo fácil.

Fijé la mirada en Play With Fire, de Sam Tinnesz, una versión más tranquila.

— Si consigues adaptarte a cualquier género musical, serás imparable —alcé la vista hacia ella—. Ponte en posición de inicio, como si fueras a empezar la coreografía —dejé el móvil sobre el mueble con la aplicación abierta—. Sonará una canción y quiero que sigas su ritmo —la señalé—. Utiliza los brazos, las piernas o el cuerpo entero; tú eliges.

— Entendido... —respiró hondo, colocándose casi al medio de la sala.

Inicié la canción.

— ¿Vas a mirarme? —preguntó mientras se frotaba el dedo índice.

— ¿Qué quieres? —me apoyé en la puerta—. ¿Que mire a la puerta? ¿Qué me vaya a una esquina como si estuviera castigada? —alcé una ceja.

— No, no es eso...

La voz del cantante empezó a sonar.

— Vas tarde —dije, volviendo a sujetar el móvil para detener la canción—. No entiendo cuál es el problema —la señalé—. Te observan más de dos mil personas en cada competición y ahora, ¿te pones nerviosa por una sola? —reinicié la canción—. Baila.

— Vale... —cerró los párpados durante un instante.

Me apoyé en el mueble, observando cómo alzaba las manos. Ese simple movimiento ya resultaba mecánico.

— Para —ordené, deteniendo la música—. Pareces un robot.

— Apenas he hecho algo —se cruzó de brazos.

— Repite ese mismo movimiento —la señalé.

— ¿Levantar las manos? —preguntó, frunciendo el ceño, sin comprender el problema.



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En el texto hay: romance, lgtbiq, sportromance

Editado: 06.07.2026

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