Raelynn
Jueves, 22 de junio de 2028
Mi mente seguía estancada en el nueve de junio. La mirada de Kyla la tenía grabada a fuego: la cabeza agachada, los ojos perdidos en el suelo, los puños apretados.
No me atreví a volver a hablar con ella, había decidido, y tenía que aceptar esa decisión.
Bajé la mirada hacia la pantalla del móvil. Tenía abierta la conversación con ella, donde solo había un mensaje corto enviado por mí.
Raelynn:
Holii, soy Raelynn 🫡
Me quedé observando aquel estúpido mensaje.
—¿Por qué se lo envié...? —murmuré, apoyando la pantalla contra la frente—. Encima, minutos después de que dijera que no me ayudaría más... —suspiré, cerrando los párpados—. Ni siquiera lo ha leído... —dije, frustrada.
Volví a mirar la pantalla. Quería enviarle los vídeos que había grabado de la coreografía, pero me generaba muchas inseguridades hacerlo.
—¿Raelynn?
Alcé la mirada de golpe, dirigiéndola rápidamente hacia la puerta. Mi padre estaba asomado y me observaba con preocupación.
—Te he estado llamando —abrió un poco más la puerta—. Incluso te he gritado desde abajo.
—Perdón... —me incorporé en la cama.
—¿Estás bien? —preguntó, entrecerrando ligeramente los ojos—. Llevas días como ausente —se apoyó en el marco de la puerta—. ¿Estás nerviosa por los entrenamientos intensivos que vas a tener con el entrenador Tremblay?
—Qué va —reí sin ganas mientras guardaba el móvil en el bolsillo de la chaqueta—. Si tengo muchas ganas —añadí mientras me ponía la gorra.
—Jeroen está fuera, esperándote en el coche —señaló con el pulgar por encima del hombro—. Con Maddie.
—Lo sé —eché un vistazo rápido a la habitación, por si me dejaba algo—. He visto su mensaje —me acerqué a mi padre y le di un leve golpe en el hombro.
Hoy jugaban los Amsterdam Tigers y los aficionados tenían grandes expectativas puestas en el equipo, ya que encadenaban varias victorias consecutivas.
Salí de casa y mi mirada se fijó en el coche gris. Maddie me hacía señas con la mano para que me acercara.
—¡Vamos, Lynn! —gritó.
Aceleré el paso mientras sonreía. Abrí la puerta trasera derecha y me metí con rapidez.
—¿Habéis esperado mucho? —pregunté, todavía algo agitada.
—Qué va —respondió Jeroen—. Acabamos de llegar —se apoyó en el asiento para mirarme—. ¿No has visto mi mensaje?
—Sí... —murmuré, sacando el móvil del bolsillo—. Se me ha olvidado responder —me encogí de hombros mientras apretaba los dientes—. Perdón...
—Últimamente tienes muchas cosas en la cabeza —dijo, volviendo la vista al frente—. ¿El patinaje te está agobiando? —preguntó mientras arrancaba el motor.
—Estoy en esa etapa en la que tengo que terminar la coreografía para la nueva temporada —solté un suspiro mientras me abrochaba el cinturón—. Una mierda... —apoyé la cabeza en el respaldo.
—Tú puedes, Lynn —me animó Maddie—. Puedes contarnos qué tienes pensado —estiró las manos hacia atrás, intentando tocarme las rodillas— y tratamos de ayudarte —añadió, dando unos golpecitos suaves con los dedos para animarme.
—Gracias, Mads.
Bajé la mirada hacia el móvil, lo sujeté y lo desbloqueé. Inconscientemente, volví a la conversación con Kyla. Alcé las cejas al ver los dos tics en azul.
Lo había leído.
Apreté los dedos alrededor del móvil y sentí cómo, poco a poco, se me formaba un nudo en la garganta.
—¿Cuándo vuelves a irte a Canadá? —preguntó Jeroen.
—Me iré el sábado y estaré allí hasta principios de septiembre —dejé caer el móvil en el asiento de al lado—. Luego tendré que ir a Alemania para competir en el Challenger Series.
—Dos meses, ¿no?
—Sí... —murmuré, apretando brevemente los puños—. Después, en noviembre, me tocará competir en el Skate Canadá, y volveré aquí en diciembre para prepararme para el Nacional, el Europeo y el Mundial.
—Qué locura —rió—. Sabes que en la televisión no paran de compararte con Dianne de Leeuw. Dicen que podrías ser su sucesora.
—Qué va, qué va —negué con la cabeza—. Es casi imposible llegar a ese nivel —desvié la mirada hacia el móvil—. La única que podría haberlo logrado es Kyla —apreté los puños.
Bajé la mirada hacia las manos. Dianne de Leeuw. La primera neerlandesa en rozar el oro olímpico, la plata del 76 que aún seguía siendo historia. Una leyenda. Compararme con ella era casi un insulto.
—Kyla, Kyla, Kyla —repitió Jeroen—. Esa chica ya no patina, ¿verdad? —alzando la mano—. Tú sí.
Lo miré a través del espejo retrovisor.
—Lynn, eres increíble —cruzamos miradas en el espejo—. Estás donde estás por tu esfuerzo y por la confianza que tienes en ti misma.
—¡Así se habla, Jero! —intervino Maddie con energía.
—Vaya dos... —murmuré, sonriendo.
Tenía que centrarme en el partido que iba a ver. Thijs jugaba hoy y tenía que animarlo.
En un par de minutos, Jeroen encontró aparcamiento relativamente cerca del Jaap Eden, donde se iba a disputar el encuentro. El ambiente estaba cargado; ambas aficiones deseaban la victoria de su equipo.
—Veo que vienes preparada —dijo Jeroen, rodeándome el cuello con el brazo—. ¿Esa chaqueta te la regaló Thijs?
—La chaqueta es de temporadas pasadas —respondí.
Los cánticos empezaron a ser ensordecedores en cuanto entramos en el recinto. Fui la primera en caminar hacia nuestros asientos asignados; Jeroen me sujetaba de los hombros para que no me perdiera, echando varios vistazos hacia atrás para no perder de vista a Maddie.
Eché un vistazo rápido al entorno antes de sentarme en el asiento del extremo, el que daba directamente al túnel de los vestuarios.
Fijé la mirada en la pista de hielo; los jugadores aún no habían salido.
Saqué el móvil del bolsillo y volví a abrir la conversación con Kyla. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué seguía esperando una respuesta por su parte?