Kyla
Sábado, 10 de marzo de 2029
En mi cabeza sigue flotando el día en que Raelynn vino con sus amigos. Fue una gran sorpresa y algo que todavía me cuesta creer que alguien haga. Pero la locura vino por mi parte.
¿Cómo se me ocurre decirle que hablaría con Niall?
¿Y cómo se le ocurre a Niall darme un mes de vacaciones por todas las horas que había hecho, sin pedir ni un solo día libre durante dos años?
Miré el asiento que tenía delante mientras apretaba la mandíbula.
¿Y por qué coño estoy en un avión con destino a Japón al lado de Raelynn?
— Qué ganas de volver a ver Tokio —dijo, moviendo las piernas con energía—. Tú habrás ido más de una vez, ¿no? —dejó de ver el vídeo que estaba viendo para mirarme.
— Fui como cinco veces —desvié la mirada hacia ella, pero no pude evitar fijarme en el vídeo que estaba viendo.
— Es Luna Davis —comentó—. La gran favorita para ganar.
— ¿La estadounidense? —pregunté.
— Sí... —acercó el móvil para que pudiera verlo mejor—. Es increíble. Puede que sus movimientos no sean suaves, pero cada triple lo hace perfecto.
Era un vídeo de una competición, seguramente en Estados Unidos. Llevaba un vestido negro con la espalda descubierta y, en la falda, brillos de color dorado. Lograba resaltarla, dándole una presencia escénica increíble.
— Tú también eres increíble, ¿eh? —le golpeé suavemente el brazo con el mío.
Rio, negando con la cabeza.
— Me queda mucho aún...
— Tienes que entender que el patinaje no es solo saber hacer saltos perfectos. También se necesita fluidez y, lo más importante, saber transmitir lo que quieres a la gente —crucé los brazos, intentando recordar un nombre—. Había un patinador japonés que era increíble —hice un par de sonidos con la boca, pensando—. Ah —chasqueé los dedos—. Yusuke Hani. Ese chico ganó dos veces consecutivas la medalla de oro en los Juegos Olímpicos y era de todo menos brusco.
Raelynn me miró.
— Era delicadeza en cada movimiento que hacía y, a día de hoy, es muy querido en todo el mundo —añadí—. Simplemente por ser alguien que sabía transmitir cualquier coreografía con cualquier canción —señalé el móvil—. Así que no te fijes únicamente en sus saltos; fíjate si te transmite algo de lo que está haciendo.
— ¿Puedo preguntarte algo? —bloqueó el móvil para dejarlo sobre su regazo—. ¿Por qué no te conviertes en instructora para jóvenes patinadores? —recostó la cabeza en el asiento—. Se nota que sabes de lo que hablas y que patinar no fue una simple fase.
— No quiero entrar de nuevo en ese mundo... —dije en voz baja, negando con la cabeza.
— Porque, si lo haces, no podrías salir, ¿no?
Cruzamos miradas.
Apreté la mandíbula antes de tragar saliva.
— Te he pillado —sonrió—. A mí me encantaría que me instruyeras... —bostezó, cerrando los párpados—. Así te vería más tiempo en el hielo... —se cruzó de brazos.
Miré hacia el frente mientras me frotaba el muslo derecho, cerca de la rodilla.
Aunque el miedo de volver a lesionarme está ahí, lo que más temo es ver cómo mi madre vuelve a entrar en mi vida y vuelva a ser la causante de que la soga que tengo en el cuello se vaya apretando.
— En realidad... —murmuré—. No quiero volver por mi...
En ese momento noté presión en mi hombro. Giré la cabeza rápidamente. Raelynn estaba apoyada en mí, con los párpados cerrados y completamente dormida.
El pulso se me aceleró de golpe.
«¿Qué coño ibas a decir, Kyla?», pensé.
— Joder... —murmuré.
Eché la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el respaldo.
No debía sacar a relucir el tema, porque era doloroso y porque pertenece al pasado. Pero ¿por qué tenía esa necesidad de explicárselo a alguien?
Cerré los párpados.
Si dejaba de pensar en ello, se me olvidaría. Solo tengo que seguir con lo acordado: acompañar y animar a Raelynn.
Fin.
— Chicas...
Un leve murmullo empezó a resonar en mis oídos.
— Chicas.
Alguien me zarandeó suavemente el brazo. Abrí lentamente los párpados. Mi mirada estaba borrosa hasta que la dirigí hacia la mujer que estaba de pie al lado del asiento.
— Ya estamos —dijo la madre de Raelynn.
Me acomodé lentamente en el asiento, separando mi cabeza de la de Raelynn. Me había quedado dormida apoyada en ella. Me estiré, intentando despertarme.
— ¿Ya estamos...? —murmuró Raelynn, medio dormida—. Huele ya a Tokio... —dijo, riéndose.
Volver a pisar Tokio después de cuatro años era algo que no me esperaba. Seguía recordando la primera vez, cuando nos perdimos en el aeropuerto porque no sabíamos cómo salir. Pero también recuerdo esa prueba del Grand Prix en la que acabé tercera, por detrás de las japonesas.