Kyla
Jueves, 22 de marzo de 2029
Confiar en las personas es un duelo silencioso que cada uno libra por dentro.
Algunos no dudan en confiar, aun sabiendo que pueden ser traicionados; otros se lo piensan antes de ofrecer esa confianza. Y la gente como yo...
Desconfiamos incluso de nuestra propia sombra.
Y todo porque alguien detonó ese miedo.
¿Llegaré a confiar en alguien?
Esa pregunta suele rondarme demasiado por la cabeza.
Muchas personas dicen que es fácil: «solo tienes que confiar», pero... ¿cómo voy a decirle lo que pienso a alguien que no actuaría como yo?
Bajé la mirada hacia la pantalla del móvil.
Mi vista se clavó en el último mensaje de Raelynn:
Raelynn:
Voy a centrarme en el patinaje
Apreté el móvil con los dedos.
Le he estado distrayendo.
Solté un largo suspiro mientras apretaba la mandíbula.
— Cómo echo de menos fumar... —murmuré, bloqueando la pantalla y guardándome el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta.
La canción Believer, de Imagine Dragon, resonaba en los auriculares que llevaba puestos.
Raelynn estaba a pocos minutos de competir en la final del mundial y todavía no habíamos entrado en el estadio.
Me guardé las manos en los bolsillos de la chaqueta y desvié la mirada a mi izquierda; algunas personas seguían entrando en el recinto.
La madre de Raelynn estaba llegando tarde.
Giré la cabeza hacia delante.
Alcé las cejas al ver su figura frente a mí; se notaba que había venido casi corriendo.
Me quité los auriculares y los guardé en la funda.
— Perdón por llegar tarde —dijo, entrecortada.
— Tranquila —levanté las manos para calmarla—. Aún quedan un par de minutos para que empiece —forcé una sonrisa.
— Vamos —hizo un gesto con la cabeza hacia la entrada.
Una final pone nerviosa a cualquiera, sobre todo a los padres de los patinadores. Raelynn tiene que estar como un flan.
Sonreí solo con pensarlo.
Aunque se había esforzado muchísimo por estar donde está ahora. Tenía que animarla; era lo mínimo que podía hacer.
Noté las manos de su madre en mis hombros; me sujetaba mientras me guiaba con suavidad hacia los asientos.
— No quiero que te pierdas... —susurró.
Sentí una pequeña punzada.
Raelynn y su madre eran iguales. Ambas utilizaban el contacto físico como protección.
Bajé la mirada hacia el suelo mientras pasábamos entre los asientos, hasta llegar a los nuestros. Al ver el estadio lleno, me vinieron recuerdos de cuando yo lo pisé: adrenalina, angustia y la presión por hacerlo bien; al fin y al cabo, estás representando a tu país.
— ¿En qué puesto sale? —preguntó, sentándose mientras miraba a la gran pantalla.
— Puesto ocho —respondí, desabrochándome la chaqueta—. Lo hizo bien en el programa corto.
Ya se estaba deslizando una patinadora por la pista.
En el programa corto, Raelynn obtuvo un 69,3, ya que en el salto combinado le restaron varias décimas por no ejecutar bien el triple lutz.
— ¿Cómo la ves? —me miró, cruzando una de las piernas.
— ¿Físicamente? —me senté—. Fuerte.
— Te lo pregunto porque la he visto muy metida en su mundo —sujetaba la cámara entre las manos—. Y eso no es muy bueno.
Giré la cabeza hacia ella. Nuestras miradas se cruzaron.
Su expresión no era de tranquilidad. Algo le preocupaba.
— En deportes así... —me froté ambos muslos, intentando mantener la calma— hay que luchar mucho contra la presión y, en muchos momentos, te cierras en ti mismo.
— Entonces, ¿es habitual?
— Sí, pero no es sano —negué con la cabeza—. A todos nos pasa.
— ¿Tú lo has pasado? —preguntó, aunque rápidamente se arrepintió—. Me refiero... —se rascó el cuero cabelludo—. Como fuiste patinadora en su momento...
— Tuve presión... —la miré con una sonrisa triste—, aunque más presión externa que interna.
Su expresión se suavizó.
Tragué saliva, notando cómo la respiración se me aceleraba.
La canción que resonaba por todo el recinto se detuvo, haciendo que diera un pequeño respingo.
— Welcome everyone to the final of the women's figure skating world championships —anunció un hombre en inglés por los altavoces—. The first competitor to start the championship is Kadri Kaasik, a skater from Estonia.
Hubo una ovación y aplausos antes de que todo quedara sumido en silencio. En cuestión de segundos, una melodía orquestal empezó a sonar.
La patinadora comenzó a deslizarse por la pista. Llevaba un vestido blanco de mangas largas. En la zona de la clavícula, una parte del vestido era casi transparente.
Me incliné hacia delante para apoyar los codos en los muslos, centrándome en su forma de patinar.
— Patina muy bien —comentó la madre.
— Sí... —respondí, recostándome en el asiento.
Era obvio que sabía patinar, pero estaba segura de que Raelynn tenía más potencial.
Cada patinadora que salía tenía mejor nivel y estábamos más cerca de verla competir.
Alcé la mirada hacia la pantalla gigante. La mejor puntuación era de 210,43, de la polaca Katarzyna Piast.
— Next, they will compete... —resonó la voz en inglés del hombre por los altavoces—. Abigail Koehler, representing the United States...
La patinadora salió a la pista entre aplausos para calentar.
— Erin Bouchard, representing Canada —añadió.
El público volvió a aplaudir al verla salir.
— Raelynn Scott, representing the Netherlands.
Al escuchar su nombre, tanto su madre como yo aplaudimos con fuerza.
— ¡Vamos, hija! —gritó su madre.