Al Ritmo Del Hielo

CAPÍTULO 17

Raelynn

Miércoles, 11 de julio de 2029

«Demasiadas emociones»

¿Por qué no me di cuenta antes?

Esas palabras de Kyla... Sabía que algo no iba bien; era una clara señal de alarma.

¿La evité o simplemente quería que ella me lo contara?

Apreté el muslo.

Miraba la pierna frente al espejo del vestuario. Tenía varios moratones en el muslo y la rodilla.

Cuando volví a Países Bajos después del Mundial, todo se volvió un caos... demasiado rápido. La federación contactó con mis padres para permitirme entrenar en Heerenveen, y empresas que nunca pensé que se fijarían en mí lo hicieron.

Marcas como Fila e Inés Zeleme Sportswear se fijaron en mí y empezaron a colaborar conmigo.

Pero mi cabeza no estaba en el patinaje.

No lograba ejecutar ningún salto. Mi cuerpo no respondía; algo siempre fallaba en el aire.

Froté el pulgar sobre la piel, soltando un leve quejido.

— Mierda... —murmuré.

Sacudí la cabeza... pero los pensamientos volvían, una y otra vez.

Caminé con molestias hasta sentarme en el banco y comencé a ponerme el pantalón.

Solo es un golpe, y sé que con el tiempo se me curará.

Me puse la chaqueta naranja, donde en la parte delantera ponía, en letras pequeñas, TeamNL.

Sonreí al leerlo.

Cogí la mochila, donde guardaba los patines, y salí del vestuario. Los gritos no tardaron en aparecer: estaban entrenando los patinadores de velocidad masculinos.

Caminé alrededor de la pista, observando a los patinadores alcanzar velocidades increíbles.

— Raelynn.

Giré la cabeza hacia atrás al escuchar la voz de una mujer.

— Cornelia.

— Por favor, llámame Cokkie —movió las manos—. Ya tenemos la suficiente confianza —rio, colocándose a mi lado—. ¿Ya te vas? —preguntó, alzando las cejas.

— Mis horas de entrenamiento han terminado —me llevé una mano a la nuca.

Empezamos a caminar.

— Ahora le toca a Lauren —añadí.

Cornelia era mayor que yo y competía en la modalidad de patinaje de velocidad.

— ¿Cómo llevas la pierna? —preguntó, preocupada, sujetándome del hombro.

Eché a reír, intentando tranquilizarla.

— Podría estar mejor, pero se me pasará.

— Recuerda que eres la más pequeña de aquí y verte darte esas hostias en el hielo... —rodeó mi cuello con el brazo— nos duele a nosotros también.

Cuando pisé este sitio por primera vez, me acogieron muy bien. Al principio, pensé que entrar en un entorno donde la mayoría eran personas de más de veinte años iba a ser como meterse en un campo de minas.

Pero, cuando vinieron a saludarme, demostraron ser grandes compañeros.

— ¿Cómo lo lleváis vosotros? —pregunté, abriendo la puerta para que Cornelia saliera primera del recinto.

— Pues... preparando con ganas la nueva temporada, intentando traer nuevas medallas.

— ¿Cómo lo haces...? —la miré—. Ya sabes, concentrarte en patinar y dejar todos los problemas fuera.

— Es complicado —se recolocó la bolsa de deporte en el hombro—. A veces piensas que puedes apartarlo y centrarte en lo importante... —hizo una mueca de frustración— y te das cuenta de que, para entrar en este sitio —levantó las manos hacia el interior—, tienes que dejar las cosas claras fuera —señaló la salida—. Parece lo más sencillo del mundo, pero... —movió el índice— no lo es.

Asentí, aunque sabía que yo ni siquiera tenía claro qué estaba dejando fuera...

Esta vez, fue ella quien sujetó el pomo y abrió la puerta por mí.

Suspiré, bajando la mirada hacia el suelo.

— Estas cosas no se solucionan de un día para otro —llevó la mano hacia mi pelo—, pero, si consigues resolverlo aunque sea a medias, tu mente logrará centrarse.

Nos detuvimos antes de bajar las escaleras del exterior.

— Gracias... —la miré con una medio sonrisa.

— No tienes que darme las gracias —sujetó mi barbilla como si fuera su hermana pequeña—. Mañana nos vemos, ¿vale?

— Sí —asentí.

Se fue alejando marcha atrás, moviendo la mano en un gesto de despedida, antes de dirigirse hacia la zona de opuesta a la mía.

Respiré hondo.

Tenía razón.

¿Pero cómo narices soluciono mi problema?

Agarré el asa de la bolsa de deporte y comencé a bajar las escaleras para dirigirme a la zona del aparcamiento; mi madre me estaría esperando allí con el coche.

Alcé la mirada y mis ojos se clavaron en una figura inmóvil en medio de mi trayectoria.

¿Kyla?

Nuestros ojos se cruzaron un segundo. Dejó caer el cigarrillo al suelo para después, pisarlo.

Tragué saliva, desviando la mirada hacia los coches aparcados a lo lejos.

Había dejado de hablarme... ¿por qué estaba aquí?

Apreté los dedos alrededor del asa.

— Hola... —su voz sonó baja.

Pasé de largo.

Apreté los dientes.

No pensaba detenerme.

El pulso se me disparó, pero no me detuve.

— Ra...

Su voz seguía siendo débil.

— ¡Lynn!

Un espasmo recorrió mis hombros.

Escuché sus pasos acercarse demasiado rápido, hasta que algo me sujetó de la muñeca y me obligó a mirar hacia atrás. Mi mirada se clavó en la suya, pero solo durante unos segundos.

Bajé la vista hacia mi muñeca; sus dedos temblaban levemente.

— Escúchame...

Apreté la mandíbula.

— Suéltame... —murmuré.

Mi pecho se expandía y se contraía cada vez más rápido.

— Solo te pido...

— Te he dicho que me sueltes.

Sus dedos fueron aflojándose de mi muñeca hasta que dejó caer la mano sin fuerza.

Me di la vuelta sin mirarla.

Notaba los ojos humedecerse. Si lloraba ahora, todo se iría a la mierda.

La figura de Kyla se colocó delante de mí para impedirme avanzar.

— Escúchame —insistió, alzando las palmas hacia mí.

Di un paso hacia la derecha y ella hizo el mismo movimiento.

— Por favor, déjame explicarme.



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En el texto hay: romance, lgtbiq, sportromance

Editado: 19.08.2026

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