Al Ritmo Del Hielo

CAPÍTULO 18

Kyla

Domingo, 26 de agosto de 2029

Hablar de tus problemas con otras personas suele requerir la fuerza suficiente como para ponerte delante de ellas y explicar todo lo que te duele.

Era una sensación extraña.

Porque sientes un vacío y un miedo por dentro, pero también un alivio que te permite volver a respirar.

Entreabrí los párpados al oír la vibración de una notificación en el móvil. Me incliné rápidamente hacia delante en el sofá para cogerlo.

Era un mensaje de Raelynn:

Raelynn:

Ky, voy a los Juegos Olímpicos!

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Sonreí al ver el último mensaje.

Aunque no pude evitar fijarme en la forma en la que se refería a mí.

Ky.

Un escalofrío me recorrió la espalda, pero no pude evitar soltar el móvil y aplaudir con entusiasmo.

— ¡Vamos, joder! —levanté los brazos hacia el techo—. ¡Sí!

Me incorporé y di varios saltitos de emoción.

El móvil volvió a vibrar. Extendí la mano para cogerlo rápidamente y miré el nuevo mensaje:

Raelynn:

Voy a hacer una fiesta?

SÍ, MADRE MÍA

Estás invitada jaja

Kyla:

Cuando será?

Raelynn:

Esta misma noche

A las nueve en mi casa

Alcé la mirada hacia la hora. Aún era pronto.

Tenía sentido: las vacaciones de verano acababan la semana que viene y, si pensaba invitar a Maddie, Jeroen y Thijs, después de esas fechas sería demasiado complicado.

Me dejé caer en el sofá, con la respiración acelerada.

— Joder... lo ha conseguido —sonreí, rascándome la frente.

Nuestra amistad se había fortalecido demasiado rápido después de esa conversación.

Apoyé la nuca en el respaldo y miré el techo. Iba a volver a la casa de Raelynn, pero esta vez para divertirme.

Aunque lo más probable era que acabaría bailando.

Bufé.

Y hacía años que no bailaba.

Me cubrí los ojos con el antebrazo, intentando pensar.

— No tiene por qué ser complicado... —murmuré, apretando la mandíbula—. Solo tengo que volver a entrenar esa habilidad, ¿no? —me dije a mí misma—. Es fácil.

En realidad, no lo era.

Estuve varias horas encerrada en el apartamento, con la música puesta, intentando hacer algún movimiento, pero, literalmente, parecía un robot.

Los típicos bailes de hace años: dar pequeños pasos sin moverte del sitio, como si estuviera sobre una baldosa.

Qué patético.

¿Estaba nerviosa?

Sí.

No suelo ir a este tipo de fiestas, solo a las del pub.

Pero lo de aparecer en la puerta de la casa de Raelynn media hora antes era para hacérselo mirar.

Miré la puerta de madera, tragando saliva. Pensaba que el tren tardaría más, no que me dejaría allí en un abrir y cerrar de ojos.

— Qué bien... —murmuré, acercando el puño a la puerta y llamando suavemente varias veces.

Busqué el móvil en el bolsillo. ¿Y si le decía a Raelynn que estaba fuera?

Empecé a oír pasos acercándose a la entrada, hasta que la puerta se abrió. Raelynn se quedó quieta, con una expresión de sorpresa.

— Hola... —dije en voz baja, levantando la mano a modo de saludo.

— Qué pronto has llegado —parpadeó varias veces antes de mirarme de arriba abajo.

Me escaneó por completo, aunque yo hice lo mismo.

Llevaba unos vaqueros cortos y una camiseta blanca con un estampado, metida por dentro del pantalón. Marcaba su cintura.

— Pasa —comentó, nerviosa.

Se apartó un paso para dejarme entrar.

— Cuando oscurece suele refrescar —añadió, encogiéndose de hombros—, aunque sea verano.

— Vale... —sonreí, entrando en la casa.

Cerró la puerta detrás de mí.

— Por cierto, enhorabuena —añadí—. Vas a cumplir tu sueño.

— ¡Sí! —alzó la voz, casi gritando—. Aún no me lo creo —dio varios saltitos en el sitio—. Que me voy a los Juegos Olímpicos, joder —apretó los puños con energía.

— Esa boca.

Ambas giramos la cabeza hacia las escaleras. Su madre bajaba los peldaños con un atuendo bastante formal.

— Hola, Kyla —me dedicó una sonrisa.

— Hola —incliné levemente la cabeza.

— ¿Tienes todo, cariño? —la voz de su marido llegó desde la planta superior.

— Sí —respondió ella.

— Em... —me aclaré la garganta.

Los ojos de su madre se clavaron en mí.

— Gracias por el detalle de la piruleta —me llevé la mano a la nuca.

Escuché su risa antes de que se acercara para rodearme el cuello con el brazo.

Me tensé de inmediato.

— Tenéis bolsas de patatas, refrescos, zumos... —señaló con el pulgar hacia la cocina—. Raelynn, recuerda ofrecérselo.

— Sí, mamá...

La miré de reojo. Había puesto los ojos en blanco, lo que hizo que esbozara una media sonrisa.

— Ya estoy.

Su padre bajaba los peldaños mientras se ponía el abrigo.

— ¿Las entradas para el teatro? —preguntó, un poco alterado.

— Guardadas en mi bolso —respondió ella con calma.

— Vale —se acercó a Raelynn y le dio un breve beso en la cabeza—. Portaos bien, ¿eh? —me miró.

— Vigila a Raelynn... —me susurró su madre.

— ¡Mamá! —gritó Raelynn, sujetándome de la muñeca para atraerme hacia ella—. ¿Podéis iros ya? —apretó un poco más mi muñeca.

Los padres se rieron mientras se acercaban a la salida. El padre abrió la puerta, pero antes de salir me señaló con el índice.

— Que no te haga trabajar.

— ¡Papá! —alzó la voz, nerviosa.

Me soltó para empujar suavemente la espalda de su madre, haciendo que saliera de la casa.

En cuestión de segundos, la casa quedó sumida en silencio. Desvié la mirada hacia la espalda de Raelynn. Estaba apoyada en la puerta, con las manos sobre ella, intentando ocultar la vergüenza.



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Editado: 10.09.2026

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