Kyla
Viernes, 28 de diciembre de 2029
Mi mayor talento es llegar tarde a todo.
O peor.
Llegar cuando ya no tiene arreglo.
Me pasaba de pequeña.
Y, por lo visto, no he aprendido nada.
Me fui del pub sin hablar con Izan. Arrastré a Raelynn sin explicarle nada. Y sigo tragándome cada palabra de mi madre.
Exhalé por la nariz, con una sonrisa que no llegó a nada.
Siempre igual.
Bajé un escalón más y me senté, apoyando los codos en las rodillas. Desde ahí podía ver el jardín.
Raelynn corría detrás de Olivia, dejándose ganar a propósito.
Se le escapaba la risa.
Todo en ella parecía... fácil. Como si nada la rompiera.
Apoyé la frente en la palma de la mano.
¿Cuánto tarda algo así en estropearse?
Mañana volverá a su casa.
A sus padres.
A su vida.
Enero. La competición.
Después... los Juegos.
Tragué saliva.
No tiene nada que ver con esto. Ni conmigo.
Apreté los dedos contra la frente.
Conmigo, no.
— ¿Estás bien?
Noté el peso cálido de unos brazos sobre mis piernas.
Abrí los párpados.
Raelynn estaba frente a mí, en cuclillas.
Demasiado cerca.
Mirándome como si realmente quisiera una respuesta.
— Hola... —susurré.
— ¿Te pasa algo? —insistió.
Reí con suavidad.
— Kiki, no es para reírse... —frunció el ceño mientras negaba con la cabeza—. Tienes ojeras.
— Mierda... me pillaste —solté con ironía—. Estoy bien, es solo este sitio.
Sus ojos se clavaron en los míos.
— Estoy bien —me incliné ligeramente hacia ella, mostrando una sonrisa—. ¿Quieres agua?
— Puedo ir yo —apretó un poco más mis piernas.
— Voy yo —insistí—. Mi madre tiene que estar en la cocina... y no quiero que te mire mal.
— Vale... —se apartó de mí, dando un paso hacia atrás.
Me miró frunciendo el ceño, sin estar del todo segura de que lo que decía fuera verdad.
— Vuelvo en nada —dije, incorporándome y acercandome a la puerta a paso ligero.
Entré en la casa, sintiendo presión en el pecho. Me eché el pelo hacia atrás mientras caminaba por el pasillo hacia la cocina.
— Voy a por lo que nos falta.
Clavé la mirada en la figura de mi padre. Estaba sujetando el pomo de la puerta principal mientras echaba un rápido vistazo hacia el ala derecha, donde se encontraba la cocina.
— De acuerdo, cariño —respondió mi madre.
Tragué saliva.
En cuestión de segundos, la puerta se cerró, dejando en el ambiente un silencio incómodo.
— Lo que faltaba... —murmuré.
Me detuve en seco antes de cruzar el umbral de la cocina. La voz de mi madre hizo que mis pies se quedaran clavados en el suelo.
Sentí como la respiración se me aceleraba.
— ¿Desde cuándo le gusta entrenar a otras personas...? —dijo mi madre en voz baja—. No se da cuenta de que está haciendo con ella lo que le da la gana...
La mandíbula se me tensó.
— Esa cría es una niñata... —añadió.
Apreté las uñas contra la palma hasta que dolió.
Nadie la iba a llamar así. Nadie.
Cerré los párpados brevemente.
Retomé el paso hacia la nevera. La abrí sin dirigirle la mirada. Sujeté la botella de agua y cerré la puerta de un golpe.
Al volver, me detuve antes de salir de la cocina.
— Ten los huevos de decir eso delante de todos —dije con rabia.
Salí sin apartar la mirada.
A partir de ahí, el aire se hizo más pesado.
Y aunque las horas pasaran, la presión seguía acumulándose en la cabeza, detrás de los ojos.
Giré la cabeza para coger la botella que estaba apoyada en un escalón.
— Tu hermana es un torbellino —rio Raelynn a mi lado.
— ¿Te molesta si bebo de la misma botella? —pregunté, mirándola de reojo.
— Adelante... —se llevó la mano a la nuca.
Di varios sorbos y dejé la botella en su sitio.
— Olivia te ha cogido cariño —dije, llevándome los dedos al puente de la nariz.
Notaba los ojos cansados.
Cerré los párpados, dejando que el silencio me envolviera.
En cuestión de segundos, algo se apoyó en mi hombro izquierdo. Por el peso, supe que era Raelynn.
Fui soltando la tensión poco a poco.
Su presencia, aunque fuera en silencio, lograba calmarme.
Abrí los párpados al notar su mano sobre la mía.
El pulgar dibujaba círculos lentos en mi palma.
Tragué saliva.
Un cosquilleo me recorrió la mano.
Apreté la mandíbula.
«¿Tengo que hablar con Izan?»
— Chicas.
Respiré hondo al oír la voz de mi padre.
Raelynn apartó la mano para girarse.
— Ya está la cena —añadió.
— Qué ganas —dijo Raelynn, incorporándose.
— Te va a encantar lo que ha preparado —rio.
Desvié la mirada hacia ella. Se frotaba el pantalón con ambas manos.
Me quedé mirando sus dedos. Delicados. Perfectos.
— Venga —insistió mi padre.
Una de sus manos apareció frente a mí. La miré unos segundos antes de alzar la vista hasta sus ojos.
No necesitaba ayuda.
Aun así...
La agarré.
Y me incorporé.
Seguí su figura hasta la puerta y entré en la casa.
Me rasqué la nuca mientras me adentraba en el comedor. Caminé hasta sentarme en la silla al lado de Raelynn; delante, mi padre y a su lado, mi madre.
En la mesa, todos fingían normalidad como si fuera fácil.
Apoyé los brazos en la mesa, pero solo bastaron unos segundos para que me recostara en el respaldo y los cruzara.
Desvié la mirada hacia la derecha; mi madre le estaba sirviendo la comida a Raelynn.
Le sonreía.
Como si todo estuviera bien.
Pero nunca seríamos una familia feliz.
— Qué buena pinta tiene —dijo Raelynn con una sonrisa en el rostro.
Miré a mi madre con una expresión fría.
— Lo he hecho con todo el cariño —respondió, mostrando una sonrisa falsa.