Alas de Amor "La memoria de un sueño"

IX

—Dije que debes pedir permiso para usar el…

—Lo sé, y disculpame pero necesitaba usarlo—le dije interrumpiendola y me volvi para verla.

Me quede estupefacto, cuándo vi a esa persona, era una chica de unos catorce años, cabello negro, suelto, lacio y largo, sus ojos eran azules como el cielo despues de la lluvia. Se encontrabra recostada en la cama de hospital, tenía puesta una bata blanca y entre sus manos sostenía un libro marrón con letras doradas, de la cintura para abajo estaba cubierta con una sábana azul; ella había encendido la luz de su mesita de junto, a su lado izquierdo había una silla cubierta con una sábana blanca, tenía un estante lleno de libros de distintos tamaños y colores, que podría alguna vez ver, en la mesita de su lampara había también un jarrón de porcelana china decorada con flores azules, sólo que éste se encontraba vacio. El viento entro suavemente a la habitación moviendo las cortinas de manera sútil,  el cuerpo de ella se estremecio por el frío, ella me mira a los ojos, tiene una imperiosa pero seductora mirada, que provoca un ánimo y un sentimiento dormido en mi.

—Disculpame pero no  estoy acostumbrada a que usen mi baño—dijo mientras dejaba el libro sobre la mesita.

—No, disculpame tú a mí, ya que no te lo pedí.

—Esta bien, no te preocupes—me sonríe tímidamente.

Me sentí débil después de esas palabras y mayor aún con el gesto con que lo hizo, mis piernas temblaron, mi corazón nuevamente no tuvo quién lo consolara,  escuchaba los latidos demasiado rápido, sentí cómo un sudor frío recorrio todo mi cuerpo, mis pupilas se dilataron, no parpadeaba…, entonces al instante una enorme felicidad se apodero de mí, ¿acaso me he enamorado de ella o era una compasión que se despertó de lo más profundo de mi ser?

—Disculpame pero ¿Cómo te llamas?

—Deívan, me llamo Deívan—hable todo nervioso.

—yo soy Harriet, gusto en conocerte… Deívan—me sonrío de nuevo.

Esas palabras marcaron el futuro de mi vida. Sin comprender como me encontraba atraído, no sólo por su belleza física, la cuál nunca me parecio que por ese medio me atrairía alguna chica, sino que también su forma de expresar, hablar y comportar, esos minutos bastaron para saber que no me alejaría de ella facílmente. Recordé en lo que había pensado ”no me importaría la belleza física”, pero era hermosa. Cuando oímos unos gritos “¿Deívan dónde estas?” era Sebastián quién me estaba buscando.

—Lo siento pero ya me estan buscando…, y  tengo que irme.

—Esta bien—comenta de lo más tranquila.

Caminé hasta la puerta, deseando de que alguna manera me detuviece, por alguna razón no quería irme pero ella lo hizo, me detiene diciendo:

—Espera..., te pedire un favor.

—¡Claro! El que tú quieras.— Respondí un tanto emocionado.

—¿Cerrarías la ventana?, esta entrando mucho frío, por favor.




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