Nadie está realmente preparado para verla entrar en su vida. Al principio se manifiesta como un rumor lejano, una noticia que parece ocurrir en otros lugares, a otras personas. Sin embargo, poco a poco comienza a acercarse hasta hacerse presente en las calles, en las conversaciones y en los hogares.
Así ocurrió en mi tierra.
Lo que antes era tranquilidad comenzó a llenarse de miedo. Los caminos por donde transitábamos con confianza dejaron de sentirse seguros. Las reuniones familiares ya no eran las mismas y las conversaciones comenzaron a estar marcadas por la preocupación y la incertidumbre.
Las personas aprendieron a hablar en voz baja.
El silencio empezó a convertirse en una forma de protección.
Los niños crecíamos observando cómo los adultos escondían sus temores detrás de una aparente normalidad. Aunque muchas cosas no se decían, podían sentirse en el ambiente. Había una tensión constante que parecía acompañar cada día.
La violencia no solo afecta a quienes la sufren directamente. También destruye la tranquilidad colectiva, roba la confianza y siembra temor en el corazón de comunidades enteras.
Muchas familias fueron afectadas.
Algunas tuvieron que abandonar sus hogares. Otras perdieron seres queridos. Muchas vieron desaparecer los sueños que durante años habían construido con esfuerzo y sacrificio.
Cada noticia traía consigo una nueva preocupación.
Cada día parecía traer una nueva incertidumbre.
La vida que conocíamos estaba cambiando para siempre.
Yo observaba cómo la esperanza comenzaba a mezclarse con el miedo. Había momentos en los que parecía imposible imaginar un futuro tranquilo. La violencia se había convertido en una sombra permanente que amenazaba todo aquello que amábamos.
Con el paso del tiempo comprendí que aquella realidad también estaba dejando huellas profundas en mi propia vida.
El miedo comenzó a formar parte de mis pensamientos.
La incertidumbre se convirtió en una compañera constante.
Y el dolor apareció al ver cómo tantas personas inocentes sufrían las consecuencias de una guerra que nunca eligieron vivir.
Como miles de colombianos, tuve que enfrentar la tristeza de ver cómo la tranquilidad desaparecía y cómo el futuro se volvía cada vez más incierto.
Hubo noches de angustia y días de preocupación.
Momentos en los que parecía que la vida estaba siendo arrastrada por fuerzas imposibles de controlar.
Sin embargo, incluso en medio de aquellas circunstancias, mi fe en Dios comenzó a fortalecerse. Cuando las respuestas humanas parecían insuficientes, aprendí a refugiarme en la esperanza de que existía un propósito mayor para mi vida.
Pero la situación continuó empeorando.
Llegó un momento en que comprendí que ya no era posible seguir viviendo de la misma manera.
Las condiciones habían cambiado.
La seguridad había desaparecido.
Y la posibilidad de permanecer en mi tierra comenzó a convertirse en un riesgo demasiado grande.
Fue entonces cuando tuve que enfrentar una de las decisiones más difíciles de mi vida: abandonar el lugar donde nací.
Dejar atrás mi hogar significaba mucho más que cambiar de dirección.
Significaba despedirme de mis raíces, de mis recuerdos, de las personas que amaba y de una parte importante de mi historia.
Era comenzar de nuevo sin saber qué encontraría más adelante.
Era caminar hacia lo desconocido con el corazón lleno de miedo, pero también con la esperanza de encontrar un futuro mejor.
Aquel momento marcó un antes y un después en mi vida.
La violencia me obligó a partir, pero no logró destruir mis sueños.
Podía quitarme la tranquilidad, podía obligarme a abandonar mi tierra, pero no podía arrebatarme la fe, la dignidad ni la voluntad de seguir adelante.
Sin saberlo, estaba a punto de iniciar el viaje que transformaría para siempre mi historia.
Un viaje lleno de desafíos, aprendizajes y bendiciones que me llevaría a descubrir la verdadera fuerza que Dios había sembrado dentro de mí.
Las alas de La Mariposa comenzaban a prepararse para su primer gran vuelo.
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Editado: 22.06.2026