Alas de justicia

El sueño de ser abogada

Con el paso del tiempo comprendí que quería dedicarme al Derecho.

No fue una decisión que surgió de un momento para otro. Fue un sueño que comenzó a crecer lentamente en mi corazón, alimentado por las experiencias que la vida me había permitido vivir y por las injusticias que había presenciado desde muy joven.

La violencia, el desplazamiento y las dificultades que enfrenté me enseñaron que muchas personas necesitan alguien que las escuche, las oriente y las defienda. Vi de cerca el sufrimiento de quienes perdían sus derechos, de quienes no encontraban respuestas y de quienes se sentían abandonados frente a situaciones difíciles.

Aquellas experiencias despertaron en mí una profunda sensibilidad por el dolor humano.

Comprendí que quería hacer algo más.

Quería ayudar.

Quería servir.

Quería convertirme en una profesional que pudiera acompañar a otros en sus momentos más difíciles.

Mi deseo era utilizar el conocimiento como una herramienta para construir esperanza.

Sin embargo, alcanzar ese sueño no fue sencillo.

La vida me había puesto responsabilidades importantes. Debía trabajar, responder por mi familia y enfrentar los desafíos propios de una mujer que estaba construyendo su futuro lejos de la tierra que la vio nacer.

Muchas veces parecía que el tiempo no alcanzaba.

Las obligaciones se multiplicaban.

Los recursos eran limitados.

Y los obstáculos aparecían cuando menos los esperaba.

Hubo momentos en los que sentí cansancio.

Momentos en los que las preocupaciones económicas parecían más grandes que mis posibilidades.

Momentos en los que el camino parecía demasiado largo.

Pero cada vez que la duda intentaba ocupar espacio en mi corazón, recordaba la razón por la cual había comenzado.

Sabía que Dios había puesto ese sueño en mi vida por una razón.

Y también sabía que no podía renunciar a él.

Mientras muchas personas dormían, yo estudiaba.

Mientras otras descansaban, yo continuaba esforzándome para avanzar un poco más hacia mi meta.

Cada libro leído, cada clase recibida y cada examen presentado representaban un paso más hacia el futuro que anhelaba construir.

No fue fácil.

Pero las cosas más valiosas de la vida rara vez lo son.

Durante mis años de formación descubrí que el Derecho era mucho más que leyes, códigos y procedimientos.

Detrás de cada norma existían personas.

Detrás de cada expediente existían familias.

Detrás de cada caso existían historias humanas que merecían ser escuchadas y comprendidas.

Aquello fortaleció aún más mi vocación.

Entendí que ser abogada significaba asumir una enorme responsabilidad.

No se trataba únicamente de ejercer una profesión.

Se trataba de convertirse en una voz para quienes no podían hacerse escuchar.

De defender principios.

De promover la justicia.

De acompañar a quienes atravesaban momentos difíciles.

Cuando finalmente obtuve mi título profesional sentí una emoción imposible de describir.

Era mucho más que un logro académico.

Era la recompensa de años de esfuerzo, sacrificios y perseverancia.

Era la prueba de que los sueños sí pueden alcanzarse cuando se trabaja con fe y determinación.

Era la demostración de que una mujer que había tenido que empezar de nuevo podía construir un futuro diferente.

Aquel día no solo celebré un título.

Celebré cada obstáculo superado.

Cada lágrima derramada.

Cada noche de estudio.

Cada sacrificio realizado.

Y sobre todo, celebré la fidelidad de Dios, quien nunca dejó de sostenerme durante el camino.

Al comenzar mi ejercicio profesional entendí que estaba iniciando una nueva etapa de mi vida.

Una etapa en la que podría poner mis conocimientos al servicio de los demás.

Cada persona que llegaba buscando orientación encontraba en mí no solo una profesional, sino una mujer que comprendía el valor de la esperanza.

Porque yo también había enfrentado dificultades.

Yo también había tenido que reconstruir mi vida.

Yo también sabía lo que significaba luchar contra la incertidumbre.

Con el paso de los años confirmé que había elegido el camino correcto.

Cada caso me enseñó algo nuevo.

Cada persona me permitió crecer como profesional y como ser humano.

Y cada oportunidad de ayudar reafirmó el propósito que Dios había sembrado en mi corazón desde mucho tiempo atrás.

Hoy puedo decir que el Derecho no solo me dio una profesión.

Me dio una misión.

Una misión basada en el servicio, la justicia y la solidaridad.

Mirando hacia atrás, comprendo que Dios utilizó cada experiencia de mi vida para prepararme para este momento.

La niña que conoció la violencia.

La joven que tuvo que abandonar su tierra.

La mujer que llegó a Barranquilla llena de incertidumbre.

La maestra que dedicó años a formar generaciones.

Todas ellas formaban parte de un mismo propósito.

Todas estaban siendo preparadas para convertirse en la abogada que siempre soñó ser.

Y fue entonces cuando entendí que los sueños no tienen fecha de vencimiento cuando se camina de la mano de Dios.

Porque aquello que comienza como un anhelo en el corazón puede terminar convirtiéndose en una misión capaz de transformar vidas.

Y así, con esfuerzo, perseverancia y fe, continué desplegando las alas que me llevarían a convertirme en La Mariposa.




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