juramos no dañar a un corazon palpitante y asistir en los momentos de necesidad a cualquier perona que lo necesite.
cuando alguien falle a estas palabras no sera merecedor de su tunica.
código de Chricton
La sala de reuniones de los mandos es fría y siento que empequeñece por cada segundo que paso dentro. La luz de la luna se cuela por las ventanas y se mezcla con el brillo de las luces mágicas que cuelgan del techo.
Frente a mí una larga mesa donde están sentadas ochos personas, uno de ellos es escriba y el resto altos mandos como profesores de los cuales solo he oído hablar entre susurros.
Mientras yo sigo aún con el uniforme empapado.
--vamos a ser directos, cadete. –dice el general Ateos, sentado a la izquierda de Panchek el cual preside la mesa. --¿está unida a ese dragón?
--no, general. –me ha salido la voz ligeramente temblorosa por el frio que se está colando en mis huesos.
Se miran y asienten entre ellos, puedo ver como sus vínculos se ondulan y toman pequeños vórtices, están contactando con sus dragones. Comprueban mi respuesta. Tras ese breve instante todos los ojos están sobre mí.
--cursaras el primer año, --ordena Ateos. – a partir de ahora perteneces a la primera ala, sección llama, tercer pelotón. Puedes retirarte.
La puerta se abre de inmediato y yo salgo de la sala con un portazo a mis espaldas, en la pared de mi derecha una mujer descansa contra ella con los brazos y una mirada de total desprecio.
--soy tu líder de pelotón Nadine. –es muy brusca al hablar. –sígueme.
Avanzo dos pasos detrás de ella, los dientes me trinan del frio y algún otro escalofrió me recorre la columna como un látigo que hace tensarme.
Bajamos dos pisos de escaleras y giramos a la derecha, las luces mágicas del techo se encienden y se apagan. Según pasamos su pelo negro refleja la luz, es liso y la llega a la altura de las orejas ella debe de medir un poco menos que yo, pero su musculatura es infinitamente superior a la mía.
Seguimos por un lago pasillo con múltiples puertas, hay unos ventanucos casi tocando el techo que emanan luz, pasos y susurros suenan tras las puertas. Nadine se detiene frete a una.
--tienes las cosas sobre la cama, por cierto. –rebusca en uno de los bolsillos de su chaqueta de vuelo. –una curandera me pidió que te lo diera de su parte.
Un ovillo de hilo con una barita de madera, que tiene el final en forma de gancho, clavada en el ocupa toda su palma, fue de las cosas que deje atrás cuando me preparaba para el viaje.
--gracias. –lo sujeto entre mis manos con mucho cuidado.
Cuando la puerta se cierra tras de mi treinta y tantas cabezas se giran para mirarme. El silencio es tenso, cada paso que doy entre las filas de literas se me hace eterno, la madera de la que están hechas cruje cuando alguien se mueve. Las habitaciones son mixtas, pero por suerte con quien comparto es una mujer.
Sobre la cama, la que es más cercana al suelo, están mi uniforme de verano y de invierno son tres cambios de cada uno, la ropa interior es siete y un neceser con una pastilla de jabón, material para la menstruación como un cepillo para el pelo. También hay un camisón que devolveré por un pijama de dos piezas y las botas están a los pies de la cama.
Bajo la cama hay un cajón abierto metro hay los cambios de ropa que de momento no voy a utilizar junto al ovillo y lo cierro justo antes de ir a los baños los cuales si tienen separación por sexo.
Hay cubículos con agujeros para cagar y otros con duchas con más oxido que agua pueden proveer me meto en el último emocionado, me cambio en un suelo húmedo y tan frio como mi ropa, mientras escucho como entra alguien entra en el baño.
El tiempo pasa y termino de cambiarme, tengo el uniforme de verano y en el dobladillo del brazo mi antiguo uniforme. Al abrir la puerta me encuentro a la chica que ha entrado. Tine el camisón de algodón grueso que la llega pasada a la rodilla.
--sabes que no estas en una guardia de enfermería, ¿verdad? –ella me saca casi cuatro dedos de altura, hacía años que no veía una mujer es más alta que yo. Aunque su aura erizada me advierte de su poco respeto hacia mí. –se supone que tienes que usar el camisón.
--no me gusta dormir en camisón, por eso me he puesto el uniforme. –explico intentando estar lo más indiferente posible. --¿algo más?
Sus puños se cierran y la piel de los nudillos se vuelve más blanca de lo que es, las espinas naranjas que es ahora su aura están a punto de estallar.
--solo uno es jinete si cruza el parapeto. –su tono es sentencial y frio.
--yo lo he cruzado –digo mientras me suelto el moño y el pelo cae enmarañado sobre mi espalda. –solo que de una manera distinta.
Su aura estalla como flechas lanzadas a todas direcciones, acto seguido veo como un puño naranja está en ruta para partirme la cara, lo esquivo antes de que el de carne me roce un pelo.
--¡¿Cuál es tu puto problema?! –mi grito reverbera en el baño.
--¡tu no as cruzado una mierda! –ella me agarra del cuello de la camisa y me estampa contra una de las puertas de madera, a racaneándome el aire de los pulmones. –ni siquiera soportas un golpe, Plumitas
Un calor profundo me recorre el cuerpo, quiero matarla por faltar al respeto a la dueña de mi nombre. Se que no puedo dañar aun ser vivo, me lo grabaron a fuego, aunque eso no quita mis ganas de dañarla.
Miro a sus ojos color miel y al aura que los rodea, ella aleja un poco el rostro y afloja el agarre.
--tan solo te lo diré una vez, suéltame. Quero resolver esto como una persona civilizada
Ella sonríe triunfante y hace caso omiso a mi advertencia.
--se me había olvidado, el código de Chricton os impide herir a un corazón palpitante. –burla.
Me gira tirándome al frio y húmedo suelo, resbalo unos centímetros por la inercia de la caída. Se acerca mientras me levanto me tengo que apoyar en la pared de mi derecha, necesito recuperar el aire, ella sonríe complacida.