hoy me he reencontrado con mi protegida, sigue igual de delicada que siempre.
la he hecho jurar que llevaria la unica proteccion que la puedo ofrecer pero temo que no sea lo suficiente.
y siento un dolor como culpa que no puedo expresar,
yo frime el papel que la enjaulo a esta academia.
diario personal de Naradimun pin.
El cuadrante de curanderos tiene dos olores jabón y putrefacción que se acentúa con el calor del verano.
Estoy en la primera planta, que es un laberinto de pasillos con camillas colocadas contra las paredes, algunas están perfectamente hechas en otras ya descansan los primeros miembros heridos de infantería.
Paso por delante de curanderos que empujan carritos cargados de vendas o fármacos en polvo dentro de botes de cristal tintado. Me dedican un breve y amable saludo con la mano que yo también devuelvo.
Llego a unas escaleras de piedra en forma de caracol que subo, solo tiene permitido entrar aquí los curanderos y aprendices. Llego al a segunda planta, donde está la farmacia y los laboratorios contiguos, para atajar entro por uno.
mesas llenas de vidrios con líquidos burbujeantes, en las paredes fórmulas escritas en las pizarras a pedio hacer … los tres curanderos que hay me saludan, uno de ellos el del pelo blanco fue mi profesor de química el año pasado, yo los saludo antes de irme por la puerta contigua para llegar a las aulas.
Ando por pasillos vacíos, tras las puertas las voces de profesores y alumnos, casi al final del pasillo encuentro a quien estoy buscando.
Sentada en la repisa de un ventanal descansa una profesora, su cabello castaño es fino cae como una cortina a ambos lados de su rostro. Sus facciones son delicadas, unos ojos grandes y nadir fina, las pecas cubren toda su cara y parte de las manos.
--¡Plumelia! –baja de un salto y va corriendo a abrázame, la saco una cabeza. –que alegría verte, cielo.
--gracias, Nara, también me alegro de verte. –sonrió mientras nos separamos, esta mujer fue mi tutora legal. --¿Qué necesitas?
Ella se gira y me trae el botiquín, una bandolera de cuero oscuro y brillante, pero al estirar la mano no me lo da.
--necesito pedirte un favor. Lleva este botiquín el día de la evaluación y los retos, eres consciente de la saturación en nuestros servicios que generan esos eventos. Por eso te pido que trates a los más leves, sé que no es tu especialidad, pero matarían a cualquier curandero que pise el cuadrante.
--are lo que pueda. –digo mientras me pongo el botiquín al hombro. –¿algo más?
Ella mira atrás mientras, a las puertas de su despacho y me vuelve a mirar a mí.
--si y aunque no quieras es por tu bien.
El sudor me recorre la espalda, el gimnasio no fue diseñado con el concepto de ventilación tenido en cuenta, es un espacio grande iluminado con luces mágicas y sin ninguna ventana.
Las estelas de tela gruesa y manchada con fluidos corporales que nunca se tremían de limpiar correctamente hace de este lugar tenga un potente olor a humanidad.
--¿estas bien?, plumitas. –Date no ha parado de analizarme desde que volví de mi reunión con Nara. –estas demasiado recta.
--este no es lugar para hablar de esto.
Estoy de pies al fondo del gimnasio, donde Jack Barlowe está luchando, nuestros otros tres compañeros de primero están sentados y animándolo.
Puedo ver como una chica del ala dos trae a su compañero en la espalda, este sujeta la bota del pie izquierdo con una de sus manos, bajo la mirada y encuentro un tobillo hinchado y redondeando como una pelota.
--¿tú eres la curandera?
--siéntalo aquí. –no voy a preguntar cómo se lo ha hecho.
Ella lo deja caer, yo lo agarro por atrás para evitar que pise con ese pie, una vez en el suelo saco las vendas del botiquín para fijar el tobillo. Me muerdo el interior de la mejilla, siento que estoy retrocediendo a épocas donde no podía encorvarme, mi espalda esta tan bien colocada que duele.
Date sigue de pies, seguramente se abra dado cuenta que hay algo antinatural en mi postura, ignoro la mano que se cuela por el cuello de la camisa para mirar mi espalda.
--sé que no servirá de nada. –le digo al chico. –pero no hagas esfuerzos estas dos semanas.
El asiente mientras se pone la bota y yo me levanto para mirarla.
--¿Qué coño es eso? –me susurra mientras señala mi toroso.
--este no es lugar para …
--¿eres la curandera?
--¿Qué necesitas? –pregunto mientras me giro.
Ella me enseña la mano derecha, el dedo corazón esta flácido e hinchado. Cogo su mano y la muevo el dedo, se le ha descolocado. Con un movimiento rápido lo vuelvo aponer en su sitio y lo vendo junto al índice para que haga de sujeción.
--ve a enfermería si no te baja la inflamación y se que no te importa, pero no uses esa mano.
Ella asiente mirando al vendaje.
--¡basta! –grita el profesor Emetterio, haciendo que todo el gimnasio lo miremos.
En la estela dos alumnos se separan, la chica ha perdido un diente y el otro parece tener una hemorragia leve y se dirigen hacia mí.
--al cuadrante de curanderos de cabeza. –ordene cuando es acercaron lo suficiente. –eso necesita reparación.
Ellos asintieron, cuando se alegaron lo suficiente Date empezó a estirar una mano para tocar mi costado, un escalofrió me recorre el cuerpo como un fantasmal recuerdo, la detengo sosteniendo su muñeca.
--nuca, en toda tu vida, me toques el toroso. –la susurro. –ya te he dicho que hablaríamos después.
Ella me mira unos segundos. –esta bien. –acto seguido tira de su brazo para liberarse de mi agarre. –pero no se te olvide.
--¡dioses!
El grito es tan cercano que ambas damos un salto del susto. Jack esta sosteniendo entre sus piernas el cuello de su contrincante y cada vez veo su aura más oscura.
En cuestión de segundos su aura se vuelve de un verde oscuro y mate, es al oír la rotura del cuello cuando esta se enciende como una llama color esmeralda, el aura de los muertos. Nadie dice nada, porque decir algo es reconocer que también puedes morir.