En el corazón del bosque eterno, donde las raíces se entrelazaban como venas vivas y la luz apenas lograba filtrarse entre hojas milenarias, se alzaba un árbol distinto a todos los demás. Su tronco era tan ancho como una colina, su corteza estaba marcada por símbolos antiguos, y en su centro reposaba una puerta.
No era de madera.
No era de piedra.
Era de magia.
Una puerta que no podía ser vista por criaturas comunes.
Una puerta que solo cinco seres en toda la existencia podían cruzar.
Tras ella caminaba Omnía, diosa de los cuatro elementos, señora del equilibrio y guardiana de los mundos. Su largo cabello quebrado, de un marrón claro, caía como cascada sobre su espalda. Sus ojos, tan profundos como los océanos, reflejaban siglos de sabiduría. Pequeños tatuajes color fuego recorrían sus brazos, manos y piernas, brillando suavemente al ritmo de la magia que habitaba en ella.
A su lado avanzaban sus fieles guardianes.
Sienna, diosa de la tierra, de cabellos rizados y mirada verde como los valles más fértiles.
Zephyr, dios del viento, de piel albina y cabellos plateados que parecían flotar incluso cuando no había brisa.
Pyrrhos, dios del fuego, imponente y silencioso, cubierto por tatuajes rojos y negros que ardían como brasas vivas.
Y Darya, diosa del agua, de cabellos oscuros y ojos esmeralda, cuyas marcas doradas brillaban como reflejos sobre la superficie de un lago.
Juntos, custodiaban la armonía de los cuatro reinos.
En lo más profundo de los volcanes, donde la lava fluía como ríos incandescentes, Pyrrhos observaba su dominio a través de un inmenso caldero de fuego líquido. En su superficie se reflejaban los pyrokines, seres mitad humanos, mitad llamas; las delicadas flarer, hadas danzantes hechas de luz ardiente; los majestuosos dragones, guardianes de las montañas; y los ignis, espíritus que mantenían vivo el pulso del fuego.
Nada escapaba a su mirada.
Cada chispa, cada erupción, cada latido volcánico.
En un jardín oculto entre cascadas y flores de nombres imposibles, Darya se arrodillaba frente a un pequeño estanque de aguas cristalinas. Plantas luminiscentes flotaban sobre la superficie, sus pétalos cambiaban de color con cada suspiro del viento.
Desde allí, contemplaba mares, ríos y lagos.
Veía a las sirenas y tritones deslizarse entre corales, a las nayades crear suaves corrientes, a las ondinas danzar entre las olas, y a los temidos kelpis acechar desde las sombras.
Su reino era vasto.
Y ella lo protegía con ternura y firmeza.
En un patio abierto rodeado de columnas cubiertas de musgo y enredaderas, Sienna permanecía sentada sobre la tierra desnuda. No había alfombra, ni trono, ni adorno alguno bajo su cuerpo.
Solo suelo vivo.
Sus piernas cruzadas tocaban directamente el mundo que protegía. Sus manos descansaban sobre sus rodillas, y sus ojos permanecían cerrados.
Respiraba.
Con cada inhalación, sentía las raíces moverse.
Con cada exhalación, escuchaba crecer las semillas.
No necesitaba ver.
A través de su mente, recorría valles infinitos, cuevas profundas, llanuras doradas. Sentía a los saxborn moldear montañas, a las georja despertar flores, a los trolls vigilar pasajes ocultos, y a los gea susurrar desde el corazón del mundo.
La tierra le hablaba.
Y ella respondía con calma.
En lo alto de su santuario aéreo, construido sobre nubes sólidas y columnas de aire, Zephyr permanecía de pie en su patio abierto.
No tenía paredes.
Solo cielo.
A su alrededor flotaban cortinas invisibles hechas de viento puro. Con un leve movimiento de su mano, creó una suave brisa que comenzó a girar frente a él, formando un espejo ondulante.
Dentro del remolino, aparecieron imágenes.
Montañas.
Cielos.
Corrientes.
Tormentas.
Vio a los aeragle volar en formación, a las silfides jugar entre nubes, a los ventura atravesar huracanes, y a los skybreaker mantener el equilibrio del firmamento.
Todo estaba en orden.
Hasta que no lo estuvo.
La brisa se agitó.
Una presencia ajena cruzó sus corrientes.
Zephyr frunció el ceño.
Sus tatuajes comenzaron a aparecer lentamente sobre su piel, formando remolinos luminosos.
—Omnía... —murmuró, con voz cargada de tensión—. Otra vez.
La diosa apareció ante la mirada de él.
—¿Qué sucede?
—Está aquí.
El viento tembló.
—La reina del bosque... se encuentra en mi territorio de nuevo.
—Lyssane...