Alas Encantadas

2. El Miedo En Sus Ojos

Elian.

¿Estaba alucinando por el exceso de aire que entraba en mis fosas nasales durante el paracaidismo, o realmente había visto a una mujer entre los arbustos?

Giré la cabeza en distintas direcciones para comprobar si mis amigos ya estaban lejos y asegurarme de que no era el único loco.

Volví a mirar.

Ella seguía ahí.

El rostro de una mujer de piel blanca, con ojos... ¿eso era heterocromía? Uno verde y el otro café. Su cabello despeinado, con flequillo morado, le daba un aire extraño. Parecía disfrazada: alcanzaba a distinguir lo que creí era un vestido con el efecto de hojas marchitas.

—Mmm... ¿estás bien? Te noto como perdida.

La mujer me observó fijamente y retrocedió un poco, ocultándose más tras el arbusto.

Un nudo se me formó en el estómago.

Mi mente empezó a llenarse de ideas que no me gustaban. Tal vez estaba huyendo de alguien. Tal vez se había perdido. Tal vez estaba en problemas. Con cómo estaba el mundo últimamente, no era raro pensar lo peor. Observé su postura: encogida, alerta, como si esperara que en cualquier momento yo hiciera algo malo.

Y eso me dolió un poco.

—Hey... tranquila —dije con voz suave—. No voy a hacerte nada, lo prometo. Solo... solo quería saber si estabas bien.

Ella no respondió.

Solo se movió un poco más detrás del arbusto, dejando visibles apenas sus ojos. Me miraban con desconfianza, como si intentaran decidir si yo era una amenaza o no.

Tragué saliva.

—No soy... como esos tipos raros que salen en las noticias —añadí, rascándome la nuca, nervioso—. Vine a saltar, nada más. Con mis amigos. Ya se fueron.

Señalé con el pulgar hacia atrás, esperando que eso le diera un poco más de seguridad.

El silencio se alargó. El viento movía las hojas a nuestro alrededor, haciendo que el bosque susurrara entre nosotros. Por un momento pensé que iba a salir corriendo, que desaparecería sin más. Pero entonces se inclinó hacia un lado y volvió a asomarse.

Solo un poco.

Ella parpadeó un par de veces, como si estuviera analizando cada una de mis palabras.

—¿Noticias? —preguntó al fin, con voz baja—. ¿Qué son las noticias?

Me quedé en silencio y la miré.

—¿Cómo que... qué son? —respondí, frunciendo el ceño—. Pues... lo que sale en la tele. En el celular. Donde informan cosas.

Inclinó un poco la cabeza, claramente más confundida.

—¿Informan... cosas?

Okay, eso sí era raro.

—Mira... no pasa nada, ¿sí? Solo... sal, por favor. No voy a hacerte daño. Te lo prometo.

Durante unos segundos pensé que iba a negarse otra vez, pero finalmente dio un pequeño paso hacia adelante. Luego otro. Y otro más, hasta que salió por completo de detrás del arbusto.

Y entonces caí en cuenta. No estaba agachada ni escondiéndose como tal. Era... pequeña. Muy pequeña.

Parpadée, sorprendido.

Tal vez... ¿un metro? ¿Menos? Su figura era delicada, casi frágil, y sus alas —porque sí, ahora podía verlas bien— se extendían a su espalda como dos enormes pétalos transparentes con destellos verdes y dorados.

Me quedé mirándola sin poder evitarlo.

—Wow... —se me escapó.

Ella se tensó al instante.

—¿Qué... qué pasa? —preguntó, apretando las manos contra su vestido.

Reaccioné rápido.

—No, no, nada malo —dije enseguida—. Es solo que... tu disfraz está increíble.

Sus cejas se fruncieron.

—¿Disfraz?

—Sí... —añadí, señalando sus alas con cuidado—. O sea, está muy bien hecho. De verdad. Parece real.

Ella bajó la mirada, confundida.

—No es un disfraz...

Ahí fue cuando pensé que, probablemente, tenía alguna condición. Tal vez una enfermedad. Algo que hacía que se viera más pequeña de lo normal. Y lo de las alas... bueno, seguro era parte de su caracterización. Alguna convención, algún evento raro, no sé.

Tenía sentido. O al menos, eso quería creer.

—Oye... —dije con suavidad—. Si estás aquí sola, no deberías quedarte tanto tiempo. Puede ser peligroso.

Ella levantó la vista.

—¿Peligroso?

Asentí.

—Sí. No todos son buenos.

Ella frunció ligeramente el ceño, pensativa, como si estuviera analizando mis palabras con cuidado.

—¿Peligroso... como un saxborn? —preguntó de pronto—. ¿O como un gea? ¿Tal ves un duende? ¿O Viridia?

Parpadeé.

—¿Unos qué?

Ella continuó, más tranquila ahora, moviendo un poco as manos mientras hablaba.

—Si es por eso, no hay peligro —añadió—. Bueno... tal vez solo los duendes. A veces roban cosas brillantes y que les gustan.

Señaló con el mentón el objeto negro que tenía en mi mano.

—Como ese rectángulo extraño que traes.

La miré.

Luego miré mi cámara.

Luego volví a mirarla.

Y no pude evitarlo: solté una carcajada.

—¿Me estás diciendo que tengo que cuidarme de duendes ladrones? —pregunté entre risas.

—¿No? —respondió, completamente seria.

Eso hizo que riera todavía más. Me llevé una mano al rostro, negando con la cabeza.

—Eres muy rara —admití—. Pero en el buen sentido.

Ladeó la cabeza.

—¿Rara?

—Sí. Pero interesante —sonreí.

Frunció un poco el ceño al escucharme.

—No soy rara —dijo con firmeza—. Solo no es común para un humano ver a un hada todos los días.

Me quedé en silencio y volví a parpadear.

—¿Un hada?

Ella asintió, como si acabara de decir algo completamente normal.

—Sí. Un hada del bosque.

Por un segundo pensé que me estaba bromeando.

—Ja... buena esa —dije—. Ahora resulta que estoy hablando con Campanita versión real.

Ella me observó, confundida.

—¿Campanita?

—Olvídalo —murmuré, moviendo la mano.

Pero algo en su mirada no encajaba con una broma. No estaba sonriendo. No parecía querer impresionarme. No había burla en sus ojos. Solo sinceridad.

Demasiada.

—Oye... —añadí con más cuidado—. ¿Estás segura de que estás bien? Digo... a veces, cuando uno se asusta mucho, empieza a decir cosas raras.




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