Alas Encantadas

3. Donde Nacen Las Consecuencias

Lyssane.

Habían pasado varios días desde aquel encuentro extraño en el bosque humano, y aun así no lograba sacarlo de mi mente.

Intenté concentrarme en mis deberes, en recorrer los senderos del bosque, en ayudar a las criaturas menores, en supervisar los límites entre los mundos... pero todo parecía distraerme. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver esa mirada confundida, esa forma tan humana de reír, esa voz preguntándome cosas que no debías responder.

Sacudí la cabeza, no debía pensar en eso. Estaba en casa, en mi mundo.

El Bosque Central se extendía ante mí con sus árboles gigantes, cuyas hojas brillaban suavemente con tonos verdes y dorados. La luz se filtraba entre las ramas como polvo de estrellas, y el aire olía a flores mágicas y savia antigua. Mis alas se movían despacio mientras volaba a baja altura, recorriendo uno de los senderos principales.

—Lyssane.

Me detuve en seco.

Giré.

Era Kael, un hada masculina igual del bosque. Sus alas eran más grandes que las mías, de un verde oscuro casi esmeralda, y su cabello plateado caía desordenado sobre su rostro serio.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Se acercó volando hasta quedar frente a mí.

—Vengo de parte del Consejo —dijo—. Omnía está cerca.

Sentí cómo mi corazón daba un pequeño salto.

—¿Cerca...? —repetí.

—Sí —asintió—. Ha convocado a todos los reyes de los reinos. Quiere verlos hoy mismo.

Fruncí el ceño.

—¿Hoy?

—Hoy —confirmó—. Y no parece estar de muy buen humor.

Suspiré.

Eso no sonaba nada bien.

—Gracias por avisar —murmuré.

Kael me observó con atención, como si quisiera decir algo más.

—Lyssane... —dijo al final—. Ten cuidado.

Lo miré, confundida.

—¿Con qué?

Él negó con la cabeza.

—No lo sé —respondió—. Solo... tengo un mal presentimiento.

Lo vi alejarse entre las ramas, y por primera vez en días, una sensación incómoda se instaló en mi pecho.

...

Llegué tarde.

Lo supe incluso antes de entrar al Salón Raíz, porque el aire se sentía pesado, denso, como si el mismo bosque estuviera conteniendo la respiración. Aceleré el vuelo entre las ramas gigantes hasta llegar a la entrada formada por raíces entrelazadas y flores luminosas. Me acomodé el vestido como pude y crucé sin hacer ruido.

Demasiado tarde.

Todos ya estaban ahí.

En el centro, sobre el estrado de madera viva, se encontraba Omnía. Su figura imponía respeto sin necesidad de alzar la voz. Sus ojos azul profundo recorrían el lugar con una calma peligrosa, y los tatuajes que representaban los cuatro elementos parecían brillar levemente sobre su piel.

Y no estaba contenta, para nada.

A su alrededor se encontraban los demás gobernantes.

A la izquierda, Ignis, la reina del fuego, destacaba de inmediato con su cabello rizado y rojo como llamas vivas, su piel salpicada de pecas y sus ojos verdes mezclados con café, ardientes e intensos. Sobre sus brazos y cuello se extendían tatuajes en tonos rojos y negros que parecían moverse como fuego vivo. Permanecía sentada con los brazos cruzados, transmitiendo una energía poderosa e impaciente. Junto a ella estaba Cynthia, reina de la tierra, de cabello verde corto, piel morena clara y ojos grises como piedra pulida. Su postura era firme y tranquila, tan estable que parecía imposible hacerla dudar.

Al otro lado se encontraban los reyes: Kaelis, rey del aire, de cabello negro despeinado, piel blanca y ojos verdes brillantes, tenía una presencia imposible de ignorar. Sobre su piel se marcaban apenas unos tatuajes blancos casi invisibles, como trazos de viento, que lo hacían verse aún más imponente y atractivo. Fingía despreocupación mientras miraba al techo, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con una pluma. A su lado, Neryon, rey del agua, de cabello y ojos azules, piel morena y sin un solo tatuaje, mantenía una expresión serena, con la mirada fija en Omnia, como si intentara leer cada uno de sus pensamientos.

Y luego estaba yo.

La última en llegar.

—Lo siento... —murmuré, avanzando hasta mi lugar—. Me retrasé.

Nadie respondió, ni una sola palabra. Tomé asiento lentamente, tratando de no hacer ruido, pero sentía las miradas sobre mí como agujas.

Omnía entrecerró ligeramente los ojos.

—Me alegra que hayas decidido acompañarnos, Lyssane —dijo por fin, con voz suave... demasiado suave.

Enderecé la espalda.

—Siempre acompaño al Consejo —respondí,

Ella me sostuvo la mirada por unos segundos interminables, y luego apartó los ojos para dirigirse al resto.

—He convocado esta reunión —comenzó— porque algo está ocurriendo en los límites entre los mundos. Algo que no debería estar pasando.

Caminó lentamente por el centro del salón, con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Cada uno de sus pasos resonaba sobre la madera viva, haciendo que el silencio se volviera aún más pesado.

—En los últimos días —continuó—, los límites entre ambos mundos han mostrado actividad inusual.

Alzó una mano, y una imagen se formó en el aire como si fuera humo brillante.

Primero apareció el mar: olas agitadas, espuma blanca, barcos humanos balanceándose peligrosamente cerca del velo invisible que separaba ambos mundos.

—En el límite del Reino del Agua —dijo—, numerosos marineros han intentado cruzar. Algunos por accidente. Otros por curiosidad.

Neryon frunció el ceño.

—El resto de los Náyades y las ondinas han tenido que intervenir más de lo normal —comentó—. Nunca había ocurrido tan seguido.

La imagen cambio. Ahora eran cuevas profundas, iluminadas por cristales y raíces.

—En las fronteras del Reino de la Tierra —prosiguió Omnía—, se han detectado derrumbes provocados por exploradores humanos que se acercan demasiado a nuestras puertas sagradas.

Cynthia apretó los labios.




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