Lyssane
Karl abrió la boca tanto, que parecía que algún momento se le caería la quijada.
—¿Es en serio Lyssane? —inquirio estupefacto.
Hice una afirmación con la cabeza. Le di un sorbo a mi tacita de té, y hundí sobre mis manos mi rostro.
—¿Ahora que voy a hacer Karl? —Eleve mi rostro—. Debo acelerar esto pronto antes de Omnía se de cuenta y me regañe. O me quite poderes... ¡O algo peor!
El chico se levantó de repente de su silla y camino hasta el ventanal, cruzando sus brazos tras su espalda. Observó a través de la ventana al pueblo del bosque, así estuvo unos segundos sin omitir palabra alguna.
—Lyssane... —pronunció apenas—. ¿Por qué nunca sabes decir que no?
Elevé una ceja.
—¿Eso tiene algo de malo?
Suspiró con desgano.
—Sabes que es casi imposible hacer eso que él te pidió, ¿cierto?
—No lo es... —murmuré—. Solo es un poco difícil, eso es todo.
Giró el rostro hacia mí, frunció el ceño, alzó una ceja y apretó los puños a sus costados. Me pareció graciosa esa pose suya.
—¿Cómo pretendes meter a un humano al mundo mágico sin que sea descubierto por los dioses y sus reyes?
Agaché la mirada. Me mordí el labio, pensativa.
Buenooo... creo que Karl tiene parte de razón cuando dice que jamás sé decir que no.
Resulta que Elian aceptó que le borraran la memoria, pero solo si antes le mostraba mi mundo: el bosque de los cuatro elementos —tierra, agua, aire y fuego—. Hadas, criaturas protectoras, espíritus elementales, magia, secretos... incluso a los exiliados, quizá.
No sé en qué estaba pensando cuando acepté esa propuesta tan descabellada.
—Tú podrías ayudarme —respondí con suavidad. Era mi intento de convencerlo.
Se echó a reír en mi cara.
—Estás loca si piensas que haré eso, Lyss —dijo aún entre risas.
—Karl... —lo miré con ojos suplicantes—. Necesito a alguien que me cubra. Tú eres el único que puede ayudarme a que los dioses no nos descubran.
—¿Por qué yo? —se señaló con un dedo.
—Porque trabajas para mí —respondí, diciendo lo primero que me sonó lógico.
Cruzó los brazos y puso cara de estarlo pensando seriamente.
—No me convence.
Sonreí desafiante y también crucé los brazos.
—¿Y si Omnía se enterara de que viajas al mundo de tierra mientras estamos en el Consejo de los Diez... solo para ver a alguien?
Alzó los brazos en señal de rendición.
—Okey, okey. Solo era una broma —suspiró con pesadez—. Claro que te ayudaré. Pero primero necesitamos saber cómo hacer que el humano atraviese el límite.
Chantaje perfecto.
Aunque sabía que me ayudaría, no tenía corazón para echar de cabeza a mi leal Karl.
Cada vez que los cinco dioses y los cinco reyes nos reuníamos en el Consejo, él aprovechaba;×con mi previa autorización y cubriéndolo ante sus padres, para ir a visitar a su novia. Una joven georja.
Quién sabe cuánto tiempo más podríamos seguir así, ocultándolo todo.
¿Años?
¿Siglos, quizá?
Después de todo, un hada del bosque no podía enamorarse de una náyade, un flarer, un sílfide o una georja.
Eso desestabilizaba el equilibrio, debido a la enorme diferencia y fuerza de los poderes que cada uno poseía. Y si dos seres así se unían más allá de una simple vibración mágica... El caos estaba asegurado. Un caos que incluso a los dioses les costaría estabilizar.
Cruel. Pero real. La realidad de unos cuantos.
Solté un suspiro de alivio y alejé esos pensamientos tan crudos de mi mente.
—¿Sabes alguna forma de hacerlo entrar aquí?
El peliplateado apoyó una mano en su barbilla y comenzó a dar vueltas por la pequeña estancia. Tras unos segundos de silencio y profunda concentración, sus ojos se iluminaron como luciérnagas en plena noche estrellada.
—En la biblioteca general debe haber algo sobre eso —dijo con emoción—. Suelo ir ahí de vez en cuando con Avani.
Avani, claro. Siempre la amada por delante. Sonreí con ternura ante la forma en que la mencionaba.
—Perfecto. Entonces, ¿qué estamos esperando? —Abrí la ventana y salí de mi casa en pleno vuelo— ¡Vamos!
Emprendí el vuelo y aún alcancé a escucharlo gritar detrás de mí que por qué nunca usaba la puerta y siempre prefería escapar por las ventanas.
Volé por encima de mi pueblo.
Eran distintas casas, todas muy coloridas, compuestas de maderas de todo tipo, hongos gigantes, techos de ramitas, enredaderas y pequeñas cuevas talladas en los troncos de los árboles. Todas distribuidas de forma desordenada por el inmenso bosque.
Algunas hadas, tanto femeninas como masculinas, me saludaban durante el trayecto por los aires.
Sabios nhomos, desde sus balcones, leían atentamente mientras solo me dedicaban un leve movimiento de cabeza a modo de saludo.
Los elfos practicaban sus miles de trucos mágicos con la flora del bosque.
Duendes corrían siendo perseguidos por los centauros; seguramente les habían robado algo, como era su costumbre. Reían y gritaban mientras escapaban, y uno que otro solo me decía al pasar: reina.
Al salir de entre las copas de los altos y frondosos árboles, llegué a las grandes montañas del bosque.
Allí vislumbré aquellas bellezas de colores blanco, rosa y azul pastel, con un cuernito en medio de la frente: los unicornios.
Más arriba, volaban otro tipo de caballos, pero en lugar de cuerno, poseían hermosas alas tornasoladas. Se elevaban tan alto... más alto de lo que yo jamás podría: pegasos.
No las veía, pero podía sentir la vibración de las viridia en cada metro que recorría del bosque. Ellas siempre estaban ahí.
La Biblioteca General.
Era el único lugar donde los cuatro elementos podían convivir sin restricciones, aunque manteniendo su respectiva distancia.
Se encontraba en lo más alto de una montaña, con inmensas puertas de mármol blanco. Más que una biblioteca, parecía un templo antiguo.