Alas Encantadas

6. Dolor Y Angustia

Elian

Estaba temblando de frío como gelatina, literalmente, con los dientes castañeteándome. Luego de la petición de la reina hada, tomando en cuenta el infernal frío y que la campanita versión copia creyó buena idea despertarme con un balde de agua encima, al fin estábamos caminando por el bosque de la vez anterior.

Esperaba que fuera verdad lo que me explicó en el camino sobre una transformación; mientras no intentara exorcizarme, todo bien.

El sendero apenas estaba iluminado por la linterna de mi celular. Avanzaba con cuidado, observando de vez en cuando el suelo por si se cruzaba alguna rama gruesa de los árboles —que solían quedar incrustadas en la parte baja de los troncos— o por si aparecía algún hueco cubierto de hojas secas.

Alcé la vista para observar un momento al hada. Ella volaba lentamente sin siquiera temblar. En cambio, yo parecía que moriría en cualquier momento por hipotermia.

—Lyssane —giró la cabeza por encima del hombro—, ¿a ustedes las hadas, no les da frío?

Hizo una breve pausa y dejó de volar poco a poco hasta quedar a la altura del suelo. Comenzó a caminar a mi paso.

—Depende del hada —explicó—: Por ejemplo, mi Diosa Omnía y las hadas del bosque, como yo, al ser de los cuatro elementos podemos provocar cualquier tipo de viento: constantes, estacionales, locales, brisas, extremos y polares. Por ello soportamos el frío, ya que podemos generar cualquier aire, por muy cálido o helado que sea. En cambio, los sílfides o hadas del aire, como andan en los cielos, solo pueden provocar vientos extremos o estacionales. Una náyade, hada del agua, únicamente brisas. Ellos sí sienten algo de frío.

Alcé ambas cejas y abrí la boca formando una pequeña "o". Realmente sonaba interesante su mundo y cómo cada uno tenía su función.

—¿Existen hadas del invierno?

—Sí. Solo generan aire polar.

—¿Son parte de tu mundo?

Lyssane agachó la mirada y se rascó la nuca.

—No realmente. Están en el mundo de las estaciones.

—¿En serio? —abrí los ojos como platos—. ¿Cuántos mundos existen?

Volteó la cabeza de golpe hacia mí y puso una expresión de fastidio.

—Elian, solo te mostraré mi mundo. Los demás no puedo describírtelos con exactitud porque es información poco conocida para mí.

Asentí.

—¿Son como países?

—Sí —hizo una breve pausa—. Ya hemos llegado.

Le di una mirada breve a la zona. Era la misma de la vez anterior: los dos troncos de árbol formando una especie de arco extraño.

—¿Qué sigue? —interrogué con el corazón dándome un salto.—Solo necesito que te pares en medio de esos dos árboles y yo me encargo del resto.

Tragué saliva y apreté las manos en puños.

—Ok.

Caminé con pasos lentos e inseguros.

Divagué entre si era buena idea o si mejor volvía corriendo hasta salir del bosque; pero, tomando en cuenta que ella podía volar, tuve que hacerle caso. Ahora estaba en medio de ambos troncos.

Me sentía como en esas películas de guerra o paranormales donde te colocan en una zona específica para sacrificarte o lanzarte alguna maldición. ¿En este caso sería... maldición? No, no. ¿Un hechizo? ¿O era lo mismo? Dios, esto de la magia era tan extraño e irreal para mí.

—¿Estás listo? —preguntó con emoción, sacándome de mi trance

—S-sí, supongo.

Asintió y dio un aplauso de felicidad. Se colocó de espaldas frente a mí mientras volaba en el mismo sitio sin moverse.

Elevó ambas manos y las mantuvo así durante un buen rato. Un rato que me pareció eterno. Luego de varios minutos comencé a sentir poco a poco un viento ligero alrededor de mí, el cual se intensificó hasta mezclarse con tierra. ¿Eso era un remolino?

Después llegó la lluvia, y con ella comencé a sentir más frío.

—Lyssane... —me abracé a mí mismo—. ¿Puedes volar aun con lluvia?

No me respondió.

O eso creí.

En vez de una respuesta verbal, comencé a levitar lentamente; creo fue un tipo de respuesta.

Miré hacia abajo y mis pies ya no tocaban el lodo: flotaban en el aire. Era una sensación de miedo, pero a la vez asombrosa.. Increíble y aterrador.

De pronto, el arco comenzó a llenarse de fuego en las orillas. Abrí los ojos como platos y un miedo se instaló en mi pecho, acompañado de una desesperación porque juraba que no podía moverme. ¿Y si el fuego me quemaba? Dios, si no moría de hipotermia, sería quemado.

Lyssane se giró y me regaló una sonrisa cálida.

—Tranquilo. No te quemarás —respondió como si me leyera la mente.

Asentí, un poco más relajado, aunque con temor de que alguna flama me rozara.

—No puedo moverme —confesé.

—Tranquilo, es parte de la transformación —respondió—. Necesito que te relajes y cierres los ojos.

—¿Ahora? —asintió—. De acuerdo.

Respiré profundamente e hice lo que me pidió.

Seguía sin poder moverme. Pero podía sentir, a cada segundo, lo que sucedía con mi cuerpo y la magia de Lyssane haciéndome reaccionar: mi cuerpo se volvía más ligero, la lluvia más intensa, pero el frío se disipaba; comenzaba al fin a tener calidez. La sensación de morir quemado se iba desvaneciendo poco a poco. Un pinchazo se instaló de la nada en mi espalda. Solté un grito y abrí los ojos de golpe por el dolor.

—¡¿Lyssane?!

—¡No abras los ojos!

Los cerré de inmediato.

—¡¿Por qué me duele tanto la espalda?!

—Se te están formando alas —la escuché responder.

Apreté los dientes y los párpados. El dolor en la espalda era cada vez más intenso e insoportable.

Ardía y quemada, cómo si el elemento fuego se forjara dentro de mi espalda; si así se podía describir esta sensación tan desgarradora.

—¿Es necesario este proceso tan doloroso?

—Supongo que sí.

Por fin pude mover mi cuerpo por voluntad propia. Arqueé la espalda y el dolor se trasladó a mi pecho, como si me estuvieran dando una apuñalada y untando algo irritante después.




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