Alas Encantadas

8. La casa coleccionista

Elian

La puerta se abrió de golpe.

El estruendo me hizo dar un pequeño salto detrás de Lyssane mientras entrábamos a su casa como si nos estuviera persiguiendo algo.

Le dije a esta mujer que era raro para mí aparecer y desaparecer por las ventanas, así que entrar por la puerta principal no fue de su agrado por lo que veo.

Su casa estaba tranquila... demasiado tranquila.

Al fondo, detrás de una mesa de comedor, vi movimiento. Un chico de cabello plateado y piel morena levantó lentamente la cabeza de un libro que estaba sobre la mesa como si hubiera estado durmiendo ahí. Tenía la cara marcada por el sueño y los ojos medio cerrados.

Parpadeó un par de veces. Luego se frotó los ojos, y de repente soltó un bostezo escandaloso que resonó por toda la sala.

—¡Aaaah!

El sonido me hizo pegar un pequeño respingo. El tipo ni siquiera parecía darse cuenta de que casi me da un infarto.

Lyssane frunció el ceño.

—¿Karl, qué haces aquí en mi casa?

El tal Karl volvió a parpadear varias veces, como si su cerebro estuviera intentando ponerse al día con lo que estaba pasando.
Su mirada pasó de Lyssane a mí. De mí a Lyssane. Luego bostezó otra vez mientras estiraba los brazos con total tranquilidad.

—Lyssane… —dijo con voz todavía dormida—. No me dijiste que había visitas.

Se levantó de la silla y voló directo hacia mí. Instintivamente di un paso hacia atrás.

Entonces las vi: unas enormes alas verdes se desplegaron ligeramente detrás de su espalda cuando se movió. Eran grandes… mucho más grandes que las de Lyssane.

—Ah.

Retrocedí otro paso hasta sentir el borde de la puerta detrás de mí.
Karl pareció notarlo recién entonces. Me observó con curiosidad, como si yo fuera el raro en la habitación.

—Así que tú eres el humano —comentó con total naturalidad.

Yo seguía mirando sus alas.
Karl levantó una mano y me la extendió para saludarme. Pero mi cerebro todavía estaba procesando varias cosas a la vez:
alas gigantes, un desconocido en la casa de Lyssane, y el hecho de que nadie parecía pensar que todo esto era raro.

Miré la mano y luego miré a Lyssane.

Ella simplemente hizo un pequeño gesto con la cabeza, como diciendo tranquilo, no pasa nada.

No parecía preocupada. Ni un poco.

Suspiré y decidí confiar en ella.
Le estreché la mano.

—Sí… soy el humano —admití.

Karl sonrió apenas.

—Karl —dijo.

—Elian.

Soltamos el saludo y, antes de que pudiera preguntar cualquier cosa más, Lyssane nos agarró a los dos del brazo con cero delicadeza.

—Entren bien a la casa —ordenó.

Nos jaló unos pasos hacia el interior y cerró la puerta detrás de nosotros.

—Karl, pasó algo —comenzó a decir mientras caminaba hacia lo que creo era su habitación.

El tono de su voz cambió completamente. No sonaba molesta ni apurada… sonaba preocupada.

—¿Y bien? —respondió.

—Ignis me encontró en el reino del fuego hace un rato.

—Eso ya suena mal.

—Quiere una junta urgente con los reyes de las estaciones.

—¿Ignis pidió eso?

—No. Omnía.

Dejó escapar un pequeño silbido.

—Ah… entonces sí es grave.

Mientras ellos hablaban, me quedé parado en medio de la estancia, completamente ignorado.

—Dijo que es a las ocho—continuó Lyssane.

Ya estaba en su habitación y empezó a hacer ruido ahí dentro. Cajones abriéndose, cosas moviéndose, telas arrastrándose… no tenía idea de qué estaba haciendo exactamente.

El de alas verdes en el comedor, estaba apoyado en la mesa mientras escuchaba.

—Eso no me gusta nada.

—A mí tampoco.

Yo miré entre la puerta de la habitación y Karl. Claramente nadie me iba a explicar nada.

Así que decidí hacer lo único que podía hacer: mirar la casa.

Era… distinta a lo que esperaba.
Había trastes, algunos libros polvorientos y apilados sobre mesas, otros en estanterías torcidas. Varias plantas colgaban cerca de las ventanas y algunas cosas en colores en su mayoría de plateado con blanco que parecían artefactos extraños descansaban sobre muebles de madera. Impecables a comparación de sus libros, cómo si fueran algo muy preciado para ella.

Sus muebles eran en su mayoría de madera. El mantel de su casa era rosa con amarillo. Su sala con cojines en color lila. Por finalizar su área de cocina era muy poco convencional, parecía más un horno qué una estufa.

Parecía la casa de alguien que vivía… a medias entre el orden y el caos. Era más como una casa de colecciones.

Desde la habitación de Lyssane seguían escuchándose ruidos.

—¿Dónde dejé eso? —la escuché decir.

Karl ni siquiera se movió.

Yo me acerqué un poco a una de las estanterías, tratando de no tocar nada por si explotaba o algo parecido.

—Karl… —dijo Lyssane desde la habitación—. ¿Crees que esto tenga algo que ver con lo la transformación?

Fruncí el ceño. ¿Estaba involucrado yo en un asunto que no era mi mundo?

—Si Omnía los llamó, preocupate.

Otro cajón se abrió con fuerza.

—Genial —respondió ella con evidente sarcasmo.

Yo seguía mirando la casa. Cada vez tenía más preguntas. Y la sensación de que nadie pensaba responderlas pronto.

Los ruidos dentro de la habitación finalmente se detuvieron. Un segundo después, Lyssane salió.

Levanté la cabeza de inmediato.

Algo en ella se veía distinto. No era la misma Lyssane relajada y sarcástica que me había llevado a un volcán y a ver dragones unas horas antes.

Ahora su expresión era más seria.

—No sé cuánto tardaré —dijo mirando primero a Karl y luego finalmente a mí.

Cruzó el chico los brazos con tranquilidad.

—¿Así de grave?

—No lo sé todavía.

Luego señaló hacia mí con la barbilla.

—Karl, cuida de Elian.

Me miró de reojo.

—¿Cuidarlo de qué?

—De ti, principalmente.




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