Alas Negras

LO RECORDÓ TODO

GARNER HOTEL BY HANDELSHOF IHG – ESSEN
Ihsân Majewski le había prometido a la joven Vasilisa que iría a visitarla al hotel donde se hospedaba con su madre, un día antes de que ambas partieran nuevamente a Moldavia. No obstante, debido a todo lo sucedido, el chico no pudo acudir tal y como habían quedado.
Al día siguiente le aseguró que iría para acompañarlas hasta el aeropuerto de Dortmund, saliendo del Element Yoga, pero en su trayecto, una llamada desesperada de la propia Tatiana Zeytzeva le comunicó que su hija había escapado en un descuido imperdonable de sus guardias.
— Он с тобой не связывался? (¿No se ha comunicado contigo?)
— Нет. Я как раз сейчас приезжаю в отель. Что произошло? (No. Estoy llegando ahora al hotel. ¿Qué fue lo que sucedió?)
— Моя дочь отказывается возвращаться в Молдавию. (Mi hija se rehúsa en volver a Moldavia)
— Она не могла уйти так далеко. Через минуту я буду там. (Ella no pudo haber ido tan lejos. En un minuto estaré allí)
— Хорошо. В любом случае охранники уже её ищут. (De acuerdo. De todos modos los guardias ya están buscándola)

APARTAMENTO DE SAID MAJEWSKI – ESSEN
— Hijo, ponerte en ese estado te hará daño. Alex, por favor has alguna cosa.
— Hermano, no servirá absolutamente de nada que compliques tu estado de salud. Necesitas calmarte.
Said Majewski, quien parecía perder el aire, tuvo que ser improvisadamente asistido por su hermano Alexander, teniendo en cuenta que el hombre se rehusaba en volver al hospital.
El doctor Haggard lo ayudó a que se acostara en su cama y acercó el cilindro de oxígeno portátil que por prescripción médica, Said Majewski tenía regulado en casos necesarios. Su hermano giró el flujómetro y le colocó cuidadosamente con todos los protocolos requeridos la cánula nasal.
Minutos más tarde, cuando su respiración volvió a la normalidad y se arrancó la cánula, se incorporó sobre la cama mientras aquellas afirmaciones de su hija Aurora, en su mente una y otra vez resonaba.
— Decidí confiar en ese hombre a pesar de tener pruebas en mis manos de que las empresas que alguna vez pertenecieron a su madre figuraban en la lista de nexos para traficar personas. Le creí porque mi hija trabajaba para dichas empresas, pero más le creí porque me jurabas que se trataba de un hombre intachable y de buena familia. Ahora resulta que es un agente encubierto. ¿Te das cuenta de lo que significa? —vociferó el hombre más aterrado que enfurecido— Se infiltró a sus anchas dentro de la familia y lo peor de todo. Tiene a mi hija Isabella en sus manos.
— Hermano, te lo pediré por última vez. Si te calmas comprenderemos mejor la situación.
— ¿Cómo podía sospecharlo siquiera? Vi crecer a ese hombre como a un hijo más. Su madre y yo fuimos amigas desde que llegué a Inglaterra con Lukasz y me metí a estudiar diseño de modas. Compartimos los mismos sueños y proyectos hasta que logramos levantar nuestros respectivos negocios y trabajar en sociedad. No comprendo absolutamente nada —aseguraba la mujer con la voz quebrada—
— Está bien, madre. No tenías porque saberlo ni sospecharlo —irrumpió Alexander intentando calmar a la señora Elwira—
Said Majewski se incorporó sobre su cama y no tardó mucho en ponerse de pie. El doctor Haggard volvió a cerrar el flujómetro y colocar el cilindro de oxígeno en su sitio.
— Primero ese fiscal Lutič y ahora un agente encubierto. Todos detrás de mi hijo.
— Hermano, si vuelves a recaer no podrás hacer absolutamente nada. Ni siquiera tendrás fuerzas para mantenerte al tanto de la situación. Aun estás débil.
El hombre se dirigió hasta la sala. Tomó asiento sobre el sofá y le pidió a su madre que por favor buscara su teléfono móvil. La señora Elwira que lo había guardado en su bolso, se lo entregó.
Al revisarlo encontró unas cuantas llamadas perdidas y un mensaje de Khaleb Hafez.
— Necesitamos hablar. ¿Puedo ir a la mansión?
— Ya no me encuentro en la mansión —fue todo lo que dijo enviándole su nueva dirección— Hermano, sé que tienes cosas que hacer. Puedes irte si lo deseas. Ya me encuentro mejor —habló posteriormente refiriéndose a su hermano Alex—
— Es verdad, hijo. Yo me quedaré con tu hermano hasta que llegue la enfermera.
— Está bien, pero llámame si necesitas alguna cosa, hermano. ¿De acuerdo?
— Lo haré. Ve tranquilo.
El doctor Haggard se despidió de su madre y de su hermano y se marchó rumbo al hospital donde tenía pacientes que atender aquel día.
— Hijo, en verdad lo siento mucho. Todo esto que está sucediendo no podría haberlo imaginado.
— Madre, nada de esto es culpa tuya. Yo lo siento. Ni siquiera sé porqué te hice esos reproches —se disculpaba el hombre mientras su madre lo abrazaba recostándolo sobre uno de sus hombros— Me siento amarrado de pies y manos ante todo esto porque ya no puedo defender a mi familia del modo en que quisiera. Confiaría en mi hijo porque se convirtió en un hombre fuerte y valiente, pero todo el odio que me tiene le ha dañado la cabeza. Es capaz de lanzarse a la boca de sus enemigos solo por desquitarse conmigo y que su muerte quede en mi conciencia.
— Ni lo digas, cariño. No lo vuelvas a repetir.
— Es la verdad. Mi única esperanza es Khaleb. Él continúa teniendo las fuerzas que yo ya he perdido y sé que sigue cuidando de mi hijo como siempre lo ha hecho. Estuve muy molesto con Khaleb todos estos años por no haber llevado a mi hijo a Oberwolfach ninguno de aquellos días en los que no hice otra cosa que esperarlo. No lo hizo porque estaba protegiéndolo tal y como me lo había prometido que lo haría. No lo quise entender, pero solo estaba cumpliendo su palabra de que lo cuidaría por sobre todas las cosas.

APARTAMENTO DE ISABELLA MAJEWSKI
— ¿Podrías dejar de apuntarme con esa arma?
— No hasta que me digas dónde tienes a mi hija.
— Nuestra hija, aunque te empeñes en negártelo constantemente.
— ¿Dónde tienes a Paulita? Habla…
— En un lugar donde no volverás a intentar alejarla de mi. ¿En qué clase de ser sin escrúpulos te has convertido, Isabella? No solo permitiste que un extraño reconociera a mi hija como suya. Tenías planeado llevártela lejos de aquí, y no conforme con eso ibas a entregar a tu hermano a las autoridades.
— Yo jamás habría hecho tal cosa. Solo quería que me dijera dónde te habías llevado a mi hija. Todo esto es por tu culpa —vociferaba sin dejar de apuntar el arma hacia el ex agente— Nunca tuviste que haber accedido a sus locuras.
— En todo este desastre no hay más culpables que tu, Isabella —replicó Steen abalanzándose para sujetar su muñeca izquierda y arrebatarle el arma. ¿Tienes idea de lo que planearon con ayuda de tu flamante esposo para capturar a tu hermano? —prosiguió empujándola sobre el sofá— ¿La tienes?
La joven amargamente se echaba a llorar.
— Te lo contaré yo porque estuve ahí. Una vez más fui yo quien salvó a tu hermano porque nunca olvidé la promesa que te hice aunque tú la hayas olvidado. Julius Tarantino, quien resultó ser un informante de la Fiscalía General Federal entregó a Akins con intenciones no solo de capturarlo, sino de usarlo como carnada para atraer a los miembros de la mafia ucraniana que anda tras sus pasos. Al parecer un agente encubierto se había infiltrado desde hacía años en Voronyi Klynch, y ese mismo agente fue quien se hizo pasar por enfermero en la unidad fiscal y le daría aviso a los cuervos de que pudo capturar a Akins y que lo tenía en una cabaña. Con esa información, desde luego, los miembros de Voronyi Klynch acudirían hasta ese lugar, y cuando eso sucediera, la Kripo sitiaría la cabaña para capturarlos a todos, incluyendo a tu hermano.
Incapaz de pronunciar una sola palabra, Isabella no dejaba de llorar.
— Desee tantas veces poder explicártelo, Isabella. Decirte que yo era un agente encubierto del SIID porque mi padre me heredó ese cargo al momento de retirarse, y que las investigaciones para mi operativo nada tenía que ver con dañar a tu familia. Todo lo contrario. Tenía planeado liberarles de la amenaza que representaba Dabir Kazım, desmantelando a toda la red de traficantes que por su causa continuaban operando bajo la antigua firma de las navieras, pero no me diste la oportunidad de hacerlo. Me alejaste de tu vida. Me ocultaste que teníamos una hija y tiraste a la basura todo el amor que por ti sentía.
De repente comenzaron a llamar a la puerta.
— Es Julius —dijo Isabella incorporándose abruptamente mientras intentaba hacer a un lado sus lágrimas—
La puerta volvió a sonar.
— Isabella, sé que estás ahí. Necesitamos conversar.
La joven observó a Steen quien lejos de inmutarse, esbozando una maliciosa sonrisa, de su presencia parecía alegrarse.
— Ni siquiera tuve que hacer el esfuerzo en ir a cazar a ese imbécil.
— Louis, lo que sea que estés pensando, por favor no te atrevas. ¿Me oyes?
— ¿Todavía piensas defenderlo?
— Isabella, abre la puerta.
— Lo que le haré a ese infeliz no podrá evitarlo nadie. Le abrirás la puerta y fingirás querer oír todo lo que tiene que decir.
El ex agente se ocultó y le hizo señas a la joven para que abriera la puerta. Ella respiró profundo y fue a abrirla. Ni siquiera lo miró a la cara. Dio media vuelta y volvió hasta el sofá de la sala.
Julius Tarantino quien ingresó con uno de sus guardias, observó a su alrededor. Por momentos parecía sospechar que Isabella no se encontraba sola, pero al no percibir a más nadie, junto a la joven fue a sentarse.
— Puedes esperar en el pasillo —le dijo Julius a su guardia quien no tardó en salir— Isabella…
— Yo ni siquiera tengo ganas de escuchar media palabra que provenga de ti.
— Pues aunque no lo quieras me tendrás que oír.
— ¿Qué me vas a decir? Tú te aprovechaste de que me sentía ofendida y dolida para entregar a mi hermano a la policía.
— Nada de eso fue así
— ¿Piensas seguir burlándote de mi? Lo sé todo, Julius. Mi familia te abrió las puertas de su casa. Confío en ti. Yo confié en ti.
— Escúchame
— No me toques
— Nada malo iba a sucederle a tu hermano
— Te confabulaste con la FFG para usar a mi hermano como carnada —vociferó poniéndose de pie— Dios!!! Yo solo quería saber dónde estaba mi hija. Mi hermanito nunca me lo perdonará y yo nunca podré volver a mirarlo a la cara.
— Todo lo que hice fue pensando en recuperar a Paulita. Si la FFG tenía otros planes para tu hermano, no tengo nada que ver. Sabes perfectamente porque andan tras sus pasos.
— ¿Te volviste un informante de la FFG?
— ¿Qué?
— Solo contéstame
— No sé de qué estás hablando. ¿De dónde sacaste eso?
— Sabes perfectamente de qué está hablando —irrumpió el ex agente apuntándole en la cabeza con un arma—
Steen, quien había salido de su escondite, sorprendió a Julius Tarantino.
— ¿Qué significa esto, Isabella?
— Cierra la boca. Seré yo quien te explique lo que significa
— Todo el desastre que ha sucedido fue por culpa de este imbécil, y ahora lo encuentro en tu apartamento.
— Te dije que cerraras la boca —vociferó mientras le colocaba unas esposas—
Los gritos alertaron al guardia del pasillo, quien abriendo la puerta con brusquedad, a manos del ex agente cayó abatido.
— ¿Isabella, cómo pudiste? Ni siquiera hemos conversado. Debes escucharme y dejar que te explique la realidad de las cosas.
— Tu suerte está echada, Tarantino. ¿Y sabes por qué? A Isabella no le gustan las explicaciones. No da segundas oportunidades porque detesta las traiciones.
El ex agente redujo al hombre, echándole de rodillas al suelo.
— Incluso si nunca han existido tales traiciones —susurró observando de reojos a la joven—
Isabella, a quien el corazón no le daba más de la tristeza y la pena, observó al guardia abatido, tendido en la puerta. Luego posó sus ojos en Julius. Steen no solo lo había esposado. Le cubrió la cabeza, no sin antes haberlo amordazado.
— ¿Louis, que sucederá con él?
— Isabella, no debiste haberte casado para enviudar tan rápido.
— ¿De qué demonios estás hablando? Louis, no vayas a cometer ninguna locura, por favor.
Te lo advertí muchas veces, pero se te hizo costumbre no tomarme en serio —decía el ex agente mientras arrastraba el cadáver del guardia para cerrar la puerta—
— No es necesario que te ensucies las manos de esa manera.
— ¿Piensas que con todo lo que me ha pasado, me importa ensuciarme las manos? Lo he perdido todo, Isabella. Todo. Incluso a mi hija estuve a punto de perder para siempre por tu culpa y por culpa de este imbécil.
— Pues si le haces algo malo a Julius y te descubren, de todos modos tú no volverás a ver a Paulita
Ya ignorando por completo las palabras de Isabella, tomó su móvil para enviar un mensaje.
— Tengo a Julius. Necesito que envíes un vehículo y unos cuantos guardias para mí
El joven Akins quien se encontraba en el cementerio descansando junto al sepulcro de su madre, oyó la notificación de su celular.
— Seguramente son nuevos problemas. Ya no quiero más problemas en mi vida, madre. Estrujaré el cuello de Julia Gartmann con mis propias manos. Lo haré solo por ti. Luego volveré a Jeju-Do con el maestro Chung.
Por segunda ocasión su móvil volvió a sonar. Fastidiado, Akins se incorporó para poderlo revisar.
— Estoy en el apartamento de Isabella. Apresúrate.
— ¿Qué haces en el apartamento de Isabella? ¿Quieres que envié a mis guardias al lugar donde se encuentra esa traidora?
— Sé lo que estoy haciendo. Tú has lo que te pido.
Akins le enseñó los mensajes a Waldo y le pidió que se encargara de inmediato de enviar el vehículo y los guardias que solicitaba el ex agente.
— Que se comuniquen con él ni bien se encuentren en el lugar.
Waldo asentó y se alejó unos pasos para comunicarse con el segundo guardia de la mansión, mientras Akins marcaba el número del ex agente.
— ¿Eso significa que muy pronto me traerás la cabeza de Julius Tarantino?
Steen, había puesto en altavoz para que tanto el propio Julius como Isabella oyeran la breve pero contundente conversación.
— Pronto tendrás una molestia menos en tu camino, principito de alas negras.
Julius Tarantino, quien la conversación oía, quejumbroso, vanamente se sacudía.
— ¿Qué clase de psicópatas son los dos? —vociferó Isabella ante el altavoz—
— No lo soy tanto como tu hermano. Dile, Akins… recuérdale a tu hermanita Isabella de que modo acabaste con Milo Kocourek.
— ¿Todavía tienes el descaro de hablarme y de defender a ese infeliz? Mejor agradece que no sufrirá. Wieber solo le arrancará la cabeza —dijo Akins ofendido y aún bastante dolido, antes de colgar—
— Jefe, el refuerzo que pidió para Wieber ya se encuentra en camino
Akins asentó y por mensaje avisó al ex agente de inmediato. En esos instantes recordó que Aurorita no lo molestaba desde hace rato. Ingresó al chat y se percató de que unos mensajes habían sido eliminados.
El joven no comprendía. Le enseñó a Waldo la pantalla de su móvil preguntándole si de esas cosas él entendía.
— No recuerdo haber eliminado ningún mensaje —dijo ante su silencioso guardia— ¿No vas a decirme nada? ¿Tan poco entiendes de tecnología igual que yo?
— Si no fue usted tuvo que haber sido la señorita Aurora.
— ¿Por qué lo haría?
— Porque quizás se arrepintió de haberle enviado alguna cosa, entonces eliminó los mensajes antes de que usted pudiera leerlos.
Frunciendo el seño, Akins volvió a sentarse sobre la lápida de su madre. Pensó y pensó, y cuando estaba a punto de marcar el número de Aurora, todo lo recordó. En su habitación, el televisor que por arte de magia se encendió y que del susto casi se le escapó del pecho el corazón. El videoclip, aquel maldito videoclip que no hacía otra cosa que reproducir sus pesadillas, mientras la voz de su ángel, en aquella ocasión en lugar de paz, solo de furia lo envolvía. Recordó el televisor hecho trizas en el piso y que aquella mañana se había alistado para ir al Aalto Teather decidido a poner a Aurora en su sitio.
— ¿Cómo se me pudo haber pasado? ¿Creyó que borrando sus mensajes todo lo habría olvidado?
Enfurecido ante todo lo que había recordado, el joven Akins con gran prisa se dirigió hasta el auto.
— ¿A dónde vamos, jefe —preguntó Waldo—
— Al teatro




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