ALFRIED KRUPP HOSPITAL RÜTTENSCHEID
— Madre, por qué Gina aun no ha venido?
— Quizás tenía ocupaciones, hijo. Sabes muy bien que sus horarios en el Aalto son diversos.
— Ella me dijo que vendría en la noche, pero no lo hizo. Necesito mi teléfono. ¿Puedes traérmelo?
— Lo tiene tu esposa
— Entonces préstame el tuyo.
— Lo dejé cargando en la casa, hijo.
— ¿Madre, por qué me mientes? Tú no dejarías por nada del mundo el teléfono en la casa porque debes estar al pendiente de mi padre. ¿Es solo una mala impresión mía o sucedió algo que no quieren que sepa?
— Nada de eso, Michael
— Si no hablo con Gina en este mismo instante, te juro que me levantaré de esta cama., me daré el alta yo solo y me iré de aquí.
— ¿Qué amenazas son esas?
Cuando Michael se había incorporado ya sobre la cama y estaba a punto de arrancarse la intravenosa, repentinamente ingresó Gina, su esposa.
— ¿Puedo saber qué haces?
— Ah… Hasta que al fin apareces. ¿Puedo saber en qué andas, Gina? Sé que han sucedido cosas allá afuera que nadie quiere que sepa. Necesito mi teléfono móvil.
— ¿Puedes calmarte un poco?
— Gina…
Gina Alicia, en un absoluto silencio, observó de reojos a Norah.
— Mi teléfono…
— Lo dejé en la casa
Sin decir más nada, Michael acabó levantándose de la cama.
— Michael, si no te comportas llamaré al doctor
— Haz lo que quieras, pero yo no permaneceré aquí un solo instante más. ¿Me oyes?
— Por favor, Michael. Tú aún no estás recuperado.
— Dime lo que están ocultándome.
— ¿Y es que acaso tú me dirás lo que estás ocultándome?
— No sé de que hablas
— Sabes muy bien de que te hablo. Hasta ahora desconozco quién fue la persona que te hirió, y creo que todos lo saben, pero me lo han ocultado.
— No sé nada de cuando me hirieron. Desconozco que fue lo que sucedió en ese momento.
— Mientes, y lo haces muy mal.
— Pues tú tampoco sabes mentir. Te conozco como la palma de mi mano, Gina.
Gina fue a sentarse al borde de la cama volviendo a observar de reojos a la señora Norah quien la observó también imaginando que ella le contaría a su hijo finalmente lo del bebé.
— Michael, han sucedido cosas realmente terribles —decía entre lágrimas una agotada y rendida Gina—
— Lo suponía. Mi amor, cuéntame. ¿Qué fue lo que sucedió? ¿Los niños están bien?
— Ellos están bien. Michael, acabo de enterarme de algo terrible. Julius Tarantino está muerto. Le arrancaron la cabeza.
Despavorida, la señora Norah no daba crédito a lo que oía.
— ¿Qué dices, Gina?
— Ocurrieron muchas cosas mientras estabas aquí, pero necesito que estés tranquilo para que te las cuente.
— Si me lo dices en ese tono no podré estar tranquilo. ¿Por qué razón le harían algo así de terrible a Julius? ¿Cómo es posible? ¿Y Bella? Ha de estar sintiéndose terrible.
— Esa generó conmoción en todos. Imagínate cómo ha de estar ella. Quedó viuda en apenas dos días. Aún no la he visto, pero el Fiscal General Federal me dijo que ya fue notificada del terrible suceso
— Pobre de mi niña Isabella —exclamó Norah entre lágrimas—
— ¿El Fiscal General Federal? —se preguntaba Michael así mismo, confundido intentando comprender—
— ¿Cómo es eso de que le arrancaron la cabeza a Julius. ¿Qué película de terror es esa, Gina. Explícame.
— Lo encontraron muerto en Rasplatz, y… también al Fiscal Lutič y a aquel oficial que siempre andaba detrás de él.
Estupefacto, Michael se sentó al borde de la cama junto a su esposa, mientras el silencio se tornó por breves momentos.
— Hay más…
— ¿Más? ¿Qué demonios sucedió en la ciudad mientras yo estaba en el hospital?
— Te digo que ha sucedido de todo, Michael. Juro que ya te necesitaba a mi lado, amor mío —dijo abrazando a su esposo—
— No llores… Ya me siento mejor. Yo en verdad deseo ir a casa.
— Aún no te dan el alta, Michael
— No me interesa ningún alta.
— Hijo, mejor esperemos al médico. No ganas nada precipitándote
— También lo creo. Esperemos las indicaciones del médico.
— Cuéntame que más ha sucedido.
— A la mañana siguiente de la boda, con una falsa orden de cateo ingresaron a la mansión de Herdecke con el supuesto objetivo de buscar a Paulita. Isabella y Julius dieron su aprobación para ello, pero lo que mi hermana ignoraba era que aquella orden no había sido emitida por orden de la fiscalía. Todo aquel procedimiento se realizó con la única intención de llevarse a Akins. Le tendieron una trampa a mi hermanito. Se lo llevaron detenido no para interrogarlo. Lo sedaron para usarlo como carnada y atraer a aquellos criminales de Voronyi Klynch.
— ¿Y qué sucedió con él?
— Afortunadamente sus guardias pudieron rescatarlo a tiempo. Mi hermanito está bien. Al día siguiente ocurrió todo lo demás.
— ¿Es enserio, Gina?
— Al día siguiente corrió la noticia de que la Fiscalía General Federal tomaría los casos de la ciudad. Eso yo no lo supe hasta hace un par de horas. El fiscal Lutič ya no estaría a cargo de ninguna de las investigaciones. En horas de la tarde, Akins y Aurora sufrieron un atentado.
Michael palideció.
— Mi hermanito logró proteger a Aurorita, Michael. Ellos están bien. Michael…
— ¿Hijo, qué tienes?
— Madrina, llama al doctor.
La señora Norah Bruchhagen fue de inmediato
— Amor mío, no fue mi intención alterarte con tan malas noticias, pero tú insististe. Ves porqué intenté protegerte.
— ¿Protegerme? Tu no podrías ocultarme todo eso por mucho tiempo
— ¿Señor Bruchhagen, que hace levantado? Usted no puede.
— Por supuesto que puedo. Es más, en este mismo momento me doy el alta yo solo.
— ¿Te volviste loco? ¿Crees que una recaída tuya es lo que necesitamos ahora?
— Me dices que Aurorita sufrió un atentado, y pretendes que siga aquí de brazos cruzados? Tuvo que haber quedado muy asustada, Gina. Tú y yo la hemos protegido de algo así toda su vida.
— Lo sé, pero te digo que ella está bien.
— ¿Bien? ¿Cómo podría estarlo.
Michael sintió un ardor en el cuello. La herida aún bastante reciente volvió a sangrar.
— Michael, por favor, obedece
— Hijo, no nos hagas esto. Te lo suplico.
— Se lo pediré una vez más, señor Bruchhagen. Vuelva a la cama.
— Y yo se lo diré por última vez. En este mismo momento vuelvo a mi casa.
— También creo que debes volver a la casa —irrumpió de la nada una voz que no podría confundirse con ninguna otra por nada— Ya has reposado suficiente.
Se trataba de Said Majewski, quien apareció en la habitación, por no decir como un mismísimo fantasma, como una visita inesperada.
Con ojos entornados, Michael no daba crédito a lo que observaba.
— Disculpe señor, pero no estoy de acuerdo. El paciente atravesó por momentos muy críticos en el quirófano.
— El paciente está vivo y de pie gracias a que casi me quedo sin sangre. Lo sabe, doctor. Es hora de que Michael abandone el hospital, pero no se preocupe que recibirá asistencia médica en la casa. Y no se preocupe que esta decisión queda bajo mi responsabilidad.
Sin más que decir, el médico que asistió a Michael Bruchhagen desde su ingreso, asentó
— Prepararé su acta de salida entonces, y lo firmará usted mismo
— Padre, esa decisión no te corresponde a ti. ¿Qué se supone qué haces?
— Por supuesto que no me corresponde a mí. ¿No acabas de oír a tu esposo acaso? Desea abandonar el hospital en este mismo momento. ¿Cierto, Michael?
Michael, en un aparente estado de shock, ni siquiera pudo contestar.
— No se aflija, señora Bruchhagen —prosiguió Said dirigiéndose a la madre de Michael— Le prometo que su hijo estará bien.
En esos instantes, Norah Bruchhagen, lejos de sentirse en concordancia con el estado de shock de su hijo por la presencia de Said Majewski, no perdió ocasión en expresar su gratitud.
— Mi hijo no estaría aquí con nosotros ahora si no hubiese sido por ti. Sebastian y yo te estaremos eternamente agradecidos.
— Yo solo hice lo que me correspondía. Michael tiene una familia que proteger, y yo no iba a permitir que dejara sus responsabilidades y dejara sola a mi hija. A final de cuentas todo aquel desagradable episodio fue por mi culpa.
— ¿Qué significa, padre? ¿Por qué dices que fue por tu culpa? —irrumpió Gina Alicia—
— ¿Podemos irnos? Quisiera descansar en la casa. En mi cama —habló finalmente Michael con el único propósito de que aquella conversación no prosiguiera—
— Nos iremos cuando mi padre conteste mi pregunta. ¿Acaso fuiste tú quien hirió a Michael?
— Nada de eso, Gina, hablaremos en la casa. ¿De acuerdo? —insistió Michael—
— Entonces sí sabes quien fue. ¿Fuiste tú, padre? ¿Por eso nadie quería contármelo?
Said Majewski dio unos pasos frente a Gina.
— Hija, jamás en mi vida he errado un solo disparo, y créeme que herir en el cuello a alguien no es precisamente mi especialidad. ¿Ahora podemos irnos? Hay un coche afuera esperándonos.