Alas Negras

DECLARACIÓN

INSTITUT FÜR RECHTSMEDIZIN (Instituto de Medicina Legal) ESSEN
Timothy Haggard, en compañía de su esposa Mara, habían llegado hasta el lugar indicado por Philip, y ambos se dirigieron hasta el pasillo donde se encontraban.
En esos precisos momentos Isabella Majewski acababa de recibir una orden de comparecencia ante el Fiscal General Federal para prestar declaración ese mismo día.
Al ver llegar a su primo, la joven, hundida en llanto, se abalanzó entre sus brazos.
— Juro que habría venido antes, pero acabo de enterarme de todo lo sucedido, Isabella. Lo siento mucho en verdad.
— Mi vida es un desastre, Timo, porque no he hecho más que cometer errores. Merezco todo lo que me ha sucedido.
— No hables así
— Lo perdí todo, y si no fuera por ustedes, me sentiría la persona más sola de este mundo.
— Tú nunca has estado sola y nunca lo estarás
— Siento mucho tu pérdida, Isabella —irrumpió Mara, abrazándola— Ven, sentémonos un momento.
— ¿Has ingerido algún calmante? —preguntó el joven Haggard mientras las mujeres tomaban asiento—
— Intenté que se la tomara pero no ha querido
— No puedo. Recibí un citatorio del Fiscal General Federal y es preciso que esté con mis cinco sentidos bien intactos para decir todo lo que sé. Para que Louis pague por su crimen. Él no solo me arrebató a mi hija, mató a Julius, y seré yo misma quien lo entregue a las autoridades. Quiero que se pudra en la cárcel —dijo Isabella poniéndose nuevamente de pie mientras hacía a un lado sus lágrimas—
— ¿Louis? Eso que dices Isabella es muy grave.
— Fue lo que ocurrió, y no pasará de este día para que de mi declaración.
— ¿Y será el propio Fiscal General Federal quien tome tu declaración?
— No lo sé, pero sí sé que estará presente. De todos modos oí que nombrará a otra persona en el lugar del Fiscal Lutić. Yo agradezco que estén aquí, de verdad.
Isabella Majewski abrazó a sus primos Philip y Timothy, y también a Mara.
— No quiero robarles más tiempo.
— ¿Qué dices? Estamos aquí y te acompañaremos a donde tengas que ir ahora —dijo Philip—
— Por supuesto. ¿Mara, mi amor, tú te quedas o prefieres volver a la casa?
— Me quedo con ustedes, claro.
— En cuanto llegue a la Unidad debo anunciarme para que la Fiscal me reciba. Ya hablé con mi abogado y estará allá cuando lleguemos.
— Vamos entonces
— Mara y yo los seguiremos en nuestro coche

MANSIÓN DE BYFANG
Ni bien llegaron a la mansión, y antes de cualquier tipo de conversación, Gina Alicia se había asegurado de que su esposo estuviera adecuadamente instalado en la habitación.
Michael, en largos días no había visto a ninguno de sus hijos, y a pesar de que Ezra aún se encontraba en la escuela, la pequeña Hebâ lo había recibido con una alegría que no le cabía en su pequeño ser.
Cuando ya todo estaba en orden, y por sugerencia del propio Said Majewski, había contactado con la misma enfermera que lo cuidaba a él para que se hiciera cargo de las curaciones de Michael, Gina bajó a buscar a su padre quien se encontraba en el jardín, en compañía de su gata. La que había decidido dejar en la mansión junto a sus crías, entre ellas a Vixen que dio como obsequió a su hija Gina.
— Veo que estás en buena compañía.
— Creo que se alegró un poco de verme. Sabía que la cuidarías bien. Y también a sus hijos.
— Por supuesto que sí. Les gusta mucho estar aquí durante el día. Sus hijos son muy traviesos. No hacen más que intentar atrapar a las mariposas que habitan en el jardín —dijo sonriendo— Oye, papito, pudiste pensar un poco en mi propuesta?
— ¿Cómo ha sobrevivido este jardín sin tu madre? Sin su presencia, sin su voz leyendo historia, sin sus cuidados?
— Quizás porque mi madre nunca se ha ido del todo, padre. Sigue estando aquí entre nosotros. En cada primavera. En cada rosa que florece. En cada florecilla que baila con la brisa. Siempre está en cada uno de nosotros, cuidándonos. ¿Nunca te has puesto a pensar en eso, papito? ¿Que ella nunca nos ha dejado? ¿Que nunca ha dejado de estar a tu lado? Creo que tu tristeza no te ha dejado verla. Solo piensas en el cuerpo que ya no está, pero no le prestas atención al alma. Ahora dime. ¿En verdad piensas que ella nos ha dejado? ¿Que no se encuentra entre nosotros?
Sonriendo, Said Majewski volvió a observar su alrededor, mientras su gata se levantaba posándose sobre su regazo y él la acariciaba.
— Lo creo, hija. Y perdóname que te lo diga, pero este jardín estaría muerto en su presencia. Creo que Paula cuidó muy bien de este lugar. Ella vive en sus rincones favoritos de esta mansión.
— Entonces papito, quédate con nosotros. Si no deseas instalarte en la habitación que era de ambos, ordenaré a que te preparen otra. ¿Qué tal la habitación del ala sur que se encuentra junto a la que pertenece a Aurorita? Será muy cómodo para ti estar allí con tus cosas acomodadas a tu gusto. Padre, es momento de que disfrutes de esta segunda oportunidad que Dios te ha dado. Quizás es lo que él quiere, por eso a conseguido el corazón adecuado para ti y te ha cuidado en una complicada cirugía. Quiere que disfrutes de tu familia del modo en que nunca has podido hacerlo. Quiere que disfrutes de tus nietos. De aquello que tanto te gustaba hacer. Al menos inténtalo. Hazlo por quienes nos hemos quedado aquí a luchar y a continuar con nuestras vidas a pesar de todo lo que nos ha pasado.
— Abuelo, abuelo, volviste!!! Estás aquí —se oyó la voz del niño Ezra quien acababa de llegar de la escuela—
El señor Majewski puso con cuidado a su gata de nuevo sobre el banquillo, y se puso de pie.
Ni bien ingresó a la mansión, Ezra había sido anunciado por el ama de llaves que su padre ya se encontraba de regreso y que su abuelo había llegado con ellos.
— ¿Te quedarás con nosotros? Me prometiste que lo convencerías, madre —prosiguió el niño observando de reojos a su madre mientras abrazaba a su abuelo—
— Ni siquiera me saludas, hijo y ya me reclamas cosas. Para que lo sepas, yo ya he hecho mi parte. Te corresponderá a ti ahora terminar de convencer a tu abuelo para que se quede. Pero antes entraremos a la casa, te cambiarás de ropa e irás a ver a tu padre que ya está de regreso y te ha extrañado mucho.
— Será mejor que obedezcas a tu madre, Erza. Vamos, que ya tendremos tiempo para conversar




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