*Se necesita mirar atrás, no para retroceder si no más bien para ver cuánto has logrado*
Mi nombre es Itzva.
Nací y crecí en Atlanta. Mis padres fallecieron en un accidente en un pueblo llamado Schiphol, camino a Edam, en Ámsterdam.
Cuando fui rescatada, me llevaron a un hospital y de ahí a un orfanato llamado OHVG Huis Van God Orphanage (Casa de Dios). Así comenzó mi infierno.
Conocí a Lua dos días después de mi llegada. Caminaba por uno de los pasillos cuando la vi, sentada en un rincón, llorando desconsoladamente. Sus hombros temblaban en silencio, como si intentara no hacer ruido.
Me acerqué despacio, me arrodillé para estar a su altura.
—¿Te encuentras bien?
—¡No! —respondió entre sollozos—. Ella… me quitó… lo único que me recordaba a mis padres.
—Tranquila… todo estará bien —le dije, aunque ni yo misma lo creía—. Yo estaré para ti.
Desde entonces se convirtió en mi mejor amiga.
El orfanato era dirigido por la señorita Poarts. Según los rumores que corrían por los pasillos, ella había llegado ahí desde los tres años y nunca fue adoptada. Tal vez ese era el origen de su amargura.
También estaba la madre Lunghuid. La conocí dos semanas después. Iba apresurada a terminar mis deberes cuando me asomé a la capilla. Ahí estaba, arrodillada frente al altar, rezando.
Cuando notó mi presencia, me invitó a acercarme.
Yo nunca he sido muy creyente… pero desde ese día, nunca dejó de mirarme como si fuera su hija.
El día que llegué, todo lo que tenía se fue al carajo: mis padres, mi escuela, mis amigos… mi vida.
Todo por unas estúpidas vacaciones.
Aquí nos levantábamos a las 5:00 a.m. para bañarnos con agua helada. El frío no solo te tocaba la piel… se metía en los huesos. A las 5:30 ya estábamos en la capilla, rezando a alguien que no sabíamos si existía… como si eso fuera a cambiar algo.
A las 6:40 desayunábamos.
La comida era un asco. Casi siempre lo mismo: arroz blanco, patatas y huevo sin sal. Aún puedo sentir el huevo frío pegándose a mi paladar.
A las 7:30 comenzábamos a limpiar todas las recámaras, incluyendo la oficina de la señorita Poarts.
Un día, mientras limpiaba, encontré algo.
Primero fue el olor.
Un olor denso, húmedo… podrido. Se me metió por la nariz como si quisiera quedarse ahí para siempre. Me quedé inmóvil unos segundos antes de buscar de dónde venía.
Detrás de un armario, en la habitación de las mayores, había una bolsa negra.
Dudé...
Algo dentro de mí me decía que no la abriera… pero lo hice.
El plástico crujió entre mis dedos.
Y entonces lo vi.
Era pequeño. Demasiado pequeño.
Un cuerpo cubierto de un líquido negro, espeso, casi como alquitrán. Larvas se movían sobre él, retorciéndose lentamente. No sabía si era un ratón… o algo peor.
Solté la bolsa de golpe.
El olor se intensificó.
Sentí náuseas.
Esa noche apenas pude dormir.
Se lo conté a Lua.
Esperaba que se horrorizara… y sí, lo hizo. Pero hubo algo más. Algo en su mirada. Un segundo de silencio de más.
—¿Estás segura de que nadie más lo vio? —preguntó.
Negué con la cabeza.
No le di importancia en ese momento… pero algo dentro de mí se movió.
Al día siguiente, la señorita Poarts nos mandó llamar al patio.
El sol caía directo sobre nosotras. Nos formaron y nos dejaron ahí, en silencio, durante lo que se sintió como una eternidad. Podía sentir mi piel arder.
Andy y Lotte murmuraban detrás de mí.
Yo no entendía nada.
O tal vez sí…
Escuché mi nombre.
Di un paso al frente.
El corazón me latía tan fuerte que creí que todos podían oírlo.
Miré a Lua.
Ella evitó mi mirada.
Y en ese instante lo entendí.
¿Había sido ella?
—¿Puede explicar el contenido de esta bolsa? —preguntó la señorita Poarts, con su tono autoritario.
—Solo la encontré. No sé qué es… ni de quién es —respondí, tratando de mantener la voz firme.
Ella se acercó más. Mecía su látigo lentamente.
—¿Está usted segura?
Tragué saliva.
—Sí. Completamente.
Me sostuvo la mirada unos segundos más… como si intentara romperme desde dentro.
—Muy bien. Regrese a su lugar.
Caminé de vuelta sintiendo todas las miradas clavadas en mí.
Cuando pasé junto a Lua, no me miró.
Después interrogó a todas. Éramos 32.
Nadie habló.
Entonces comenzó su discurso.
—Esta es una institución de respeto. No permitiremos actos impuros. Más le vale a la dueña de esa bolsa dar un paso al frente… o las consecuencias serán para todas.
El silencio fue absoluto.
Desde ese día, todo empeoró.
Nos obligaban a encerrarnos en nuestras habitaciones desde las 7:00 p.m. hasta el amanecer.
Cuando llegaba nuestro periodo, teníamos que ir a dirección y entregar una muestra como prueba de “pureza”. Nos daban toallas… y debíamos guardar las usadas para entregarlas al final.
Era humillante.
Como si nuestra dignidad desapareciera poco a poco.
Día tras día.
Mes con mes.
Seguíamos limpiando, obedeciendo, soportando.
La música estaba prohibida.
Los juguetes.
Los libros.
Lo dulce.
Todo lo que pudiera hacernos sentir… humanas.
Y aun así, lo peor no era el frío. Ni el hambre.
Era la duda.
Porque desde ese día…
Ya no sabía si Lua seguía siendo mi amiga.