Alas Para Volar

CAPÍTULO 2

Fui a buscar a Lua.
Llegué al dormitorio. No estaba.

Decidí ir a la sala donde solíamos remendar nuestros uniformes. Tampoco.

Un vacío incómodo empezó a formarse en mi pecho.

Me dirigí al comedor, pero al pasar cerca de la oficina de la señorita Poarts… la vi.

Sentada.

Derecha. Callada.

Como si estuviera esperando algo.

Me escondí junto a la pared, conteniendo la respiración. Me incliné lo suficiente para escuchar.

—Has hecho lo correcto —decía la señorita Poarts con una voz inusualmente suave—. La lealtad siempre tiene recompensa.

Sentí un escalofrío.

—Por haber informado sobre la bolsa… aceleraremos tu proceso de adopción.

Mi corazón se detuvo por un segundo.

—Tus nuevos padres serán personas importantes. Muy poderosas.

El silencio que siguió fue distinto.

Pesado.

Miré el rostro de Lua.

No sonreía.

Pero tampoco parecía sorprendida.

Como si ya lo supiera.

Como si ya lo hubiera decidido.

Y entonces entendí.

No había sido un accidente.

No había sido miedo.

Había sido una elección.

Una parte de mí se sintió feliz.

Iba a salir de ahí.

Iba a ser libre.

Pero otra parte…

otra parte se retorció dentro de mí.

Porque lo había hecho a costa de todas nosotras.

Y de mí.

Me aparté antes de que pudieran verme.

Esa noche no dije nada.

Ni al día siguiente, ni nunca.

Pero algo cambió.

En ella y en mí.

Lua dejó de ser la niña dulce que ayudaba a todos.

Su mirada se volvió fría.

Distante, arrogante.

Y lo peor…

comenzó a contarle todo a la señorita Poarts.

Todo.

Cada susurro, Cada error, Cada secreto.

Yo dejé de buscarla.

No porque no quisiera…

sino porque entendí que ya no estaba ahí.

A veces me hablaba.

Pero solo para pedirme favores.

Como si nada hubiera pasado.

Como si no me hubiera traicionado.

Y yo…

no decía nada.

Porque dolía.

Pero no soy de las que mendigan atención.

El silencio se volvió costumbre.

Entre nosotras… y dentro de mí.

Al final, lo único que ambas queríamos era lo mismo:

salir de ahí.

Pero ahora ya no era juntas.

Yo solo…

anhelaba escapar de ese lugar.

A la semana siguiente, mientras limpiaba los baños, me di cuenta de que Andy entró sin decir nada y, de un golpe, tiró el agua de la cubeta.

—Oye, fíjate —le grité, mirándola fijamente—.

Me tiraste el agua.

Ella me sostuvo la mirada, con esa altivez que siempre cargaba encima.

—¿Me puedes explicar por qué carajo revisaste atrás del armario?

Enderecé la espalda.

—Olía muy mal. Tenía que hacerlo, estaba limpiando.

—¡Ah! —soltó, dando un paso hacia mí—. ¿Y por qué fuiste a contarle a la señorita Poarts?

Casi me dio risa.

—Yo no le conté.

Su expresión cambió.

Y entonces explotó.

—¡Eres una maldita estúpida!

No dije nada.

Pero había algo más…

algo que no terminaba de encajar.

¿Por qué Andy estaba tan enojada por lo de la bolsa?

No le dije que Lua era la única que lo sabía.

No quería meterla en problemas… o tal vez no quería aceptar lo que eso significaba.

Andy se fue furiosa en cuanto se dio cuenta de que la madre Lunghuid había entrado al baño.

El silencio cayó de golpe.

Yo seguí limpiando.

Recogí el agua que Andy había derramado.

La madre Lunghuid no me hizo preguntas. Se lavó las manos en silencio y se marchó hacia la capilla.

Tal vez no escuchó nada.

O tal vez… decidió no escuchar.

Fui a buscar a la madre Lunghuid.
Tal vez debía contarle lo que había pasado.
o la actitud de lua hacia mi.
Después de todo... ella era la única que parecía comprenderme.

la encontré en la capilla.

Arrodillada.

Inmóvil.

Orando en un susurro tan bajo que apenas distinguía entre el silencio.

Me acerque despacio.

El suelo estaba frío bajo mis rodillas
me persigno por inercia... no por fe
y me arrodillé a su lado, con la cabeza agachada.

El olor a humedad lo impregnaba todo.

Madera vieja.

Cera derretida.

Un rastro leve de incienso qué ya no lograba ocultar el encierro.

Respire hondo.

El aire se sentía pesado.

Como si cada palabra que aun no se decía... se quedará atrapada ahí dentro.

Quería hablar.

Decirlo todo.

Pero las palabras no salían.

se quedaban atoradas en mi garganta.
Quemando.

Esperando...




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