El día que Lua conoció a su nueva familia… discutimos.
Ya se iba del orfanato.
Y le importaba muy poco lo que pasara aquí… o conmigo.
La puerta se abrió de golpe.
Rebotó contra la pared.
Yo me giré, confundida.
—¿Qué pasó? ¿Algo salió mal?
Lua no respondió de inmediato.
Caminó directo hacia mí, rígida… tensa.
—¿Puedes explicarme dónde están mis cosas?
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosas? No sé de qué estás hablando.
—No te hagas la mustia —escupió—. Sabes perfectamente que me las robaste.
Sentí un vacío en el estómago.
—¡Claro que no! Pero dime qué es, te ayudo a buscar.
—No necesito tu ayuda.
—Solo devuélvemelas.
Mis manos empezaron a sudar.
—Lua… de verdad yo no tengo nada. ¿Por qué querría robarte a ti?
Entonces sonrió.
Pero no era una sonrisa.
Era algo frío… ajeno.
—Porque me tienes envidia. ¿Por qué más?
Sentí cómo algo dentro de mí… se tensaba.
—¡Yo no te tengo envidia!
—Claro que sí —dio un paso hacia mí—.
Yo ya me voy de este maldito lugar…
Mi respiración se volvió irregular.
—…y tú—
hizo una pausa, mirándome de arriba abajo—
—tú te vas a quedar aquí, viviendo como la maldita rata que eres.
No respondí.
No porque no quisiera…
sino porque algo… se quebró.
Mis uñas se clavaron en la palma de mi mano,
tan fuerte que sentí el ardor subir por los dedos.
Pero no solté nada.
No le iba a dar ese gusto.
—¿Cómo que te vas? —pregunté, fingiendo no entender—. ¿A dónde?
Lua soltó una risa corta.
—¿De verdad no sabías?
Gracias a lo de la bolsa… yo me voy de aquí.
El mundo se me quedó en silencio.
—Es el premio por decir la verdad.
Tragué saliva.
—…¿Así que fuiste tú?
No respondió.
Solo me miró un segundo más…
y salió de la habitación.
Rápido.
Decidida.
Como si ya tuviera otro lugar al que pertenecer.
La seguí con la mirada hasta que desapareció por el pasillo.
Algo en mi pecho… se hundió.
Pero no corrí tras ella.
No esta vez.
—
Minutos después, escuché su voz.
Venía desde la oficina de la señorita Poarts.
Me acerqué lo suficiente para escuchar.
—…también me robó mi ropa —decía Lua—. La blusa… y los zapatos.
Sentí el pulso en la garganta.
—¿Está segura? —preguntó la señorita Poarts.
—Completamente.
Silencio.
Luego otra voz.
Andy.
—Yo la vi cerca de las cosas de Lua.
Y después…
Lottie.
—Siempre anda revisando donde no debe.
Mi estómago se encogió.
No era solo Lua.
Eran todas.
—Muy bien —dijo la señorita Poarts—. Tráiganla.
—
No tuve que esperar mucho.
Dos de las mayores vinieron por mí.
No dijeron nada.
No hacía falta.
Cuando entré a la oficina, el aire era distinto.
Pesado.
Lua estaba ahí.
De pie.
Sin mirarme.
Andy y Lottie a un lado.
Observando.
—¿Puede explicar esto? —preguntó la señorita Poarts.
Sobre el escritorio…
estaban la blusa y los zapatos.
No eran míos.
Nunca los había visto ahí.
—Yo no… —mi voz salió más baja de lo que esperaba—
yo no hice eso.
—Ya basta —interrumpió.
Su tono fue seco.
Cortante.
—Tiene antecedentes de comportamiento sospechoso.
Sentí cómo la sangre me ardía.
—Eso no es cierto.
—Tres testigos dicen lo contrario.
Miré a Lua.
Ni siquiera levantó la vista.
Algo dentro de mí terminó de romperse.
—No fui yo —dije, más firme.
La señorita Poarts me sostuvo la mirada.
Largo.
Frío.
Como si ya hubiera decidido desde antes.
—Encierro.
El golpe de la palabra fue seco.
—Tres días.
Sentí que el aire desaparecía.
—Sin comida.
—
El sótano olía a humedad y encierro.
La puerta se cerró detrás de mí con un golpe hueco.
Oscuro.
Frío.
Silencioso.
Me dejé caer contra la pared.
Mis manos seguían tensas.
Las uñas marcadas en la piel.
Dolía…
pero no tanto como lo otro.
Cerré los ojos.
Y por primera vez…
entendí algo con claridad.
Aquí no se trataba de ser buena.
Ni de decir la verdad.
Ni de confiar.
No podía creer que Lua me hubiera metido en esa situación.
¿Por qué lo haría?
Pero Andy…
¿ella qué tenía que ver?
Y Lottie…
Ellas ni siquiera le hablaban al principio.
Algo no encajaba.
Nada encajaba.
Pero aun así…
lo que más dolía
no era el encierro,
ni el hambre…
era Lua.
—
El segundo día en el sótano…
el hambre empezó a cambiar de forma.
Ya no era solo un vacío en el estómago.
Era algo más.
Algo que subía por el pecho…
que mareaba…
que hacía que el tiempo se doblara.
Me costaba mantener los ojos abiertos.
Y cuando los cerraba…
ya no estaba ahí.
—
Regresé.
Al accidente.
El sonido llegó primero.
Metal retorciéndose.
Vidrio estallando.
Un grito que no supe si era mío.
El aire olía a humo… y a sangre.
Miré a mi alrededor.
Mi madre…
estaba prensada.
Su cuerpo atrapado entre los fierros.
Su rostro… descompuesto por el dolor.
—Itzva… —intentaba decir algo—
pero su voz se rompía entre jadeos.
Lloraba.
No de tristeza.
De dolor.
Un dolor que no se podía esconder.
Giré la cabeza.
Mi padre…
inconsciente.
La sangre cubriéndole el rostro, el cuello… la camisa.
Demasiada.
No se movía.
No respiraba.
—Papá… —mi voz salió como un susurro—
pero no respondió.
Entonces…
la vi.
Mi hermana.
Pequeña.
Demasiado pequeña.
El mundo se quedó en silencio.
Su cuerpo…
no estaba completo.
Mis ojos no entendían lo que veían.
Mi mente intentó negarlo.
Pero ahí estaba.
Inmóvil.
Rota.
—
Quise gritar.
Quise correr.
Quise despertar.
Pero mi cuerpo no respondía.
Solo podía mirar.
Solo podía quedarme ahí…
atrapada.
Otra vez.
—
Abrí los ojos de golpe.
El sótano.
Oscuro.
Frío.
El mismo olor a humedad.
Pero ahora…
mezclado con algo más.
Me llevé la mano a la cara.
Estaba temblando.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Ni si realmente había salido de ahí.
Tragué saliva.
Y lo entendí.
No eran solo recuerdos.
Era mi mente…
rompiéndose para no sentir.
—
Me encogí contra la pared.
Las uñas volvieron a clavarse en mi piel.
Más fuerte.
Como si el dolor físico pudiera tapar lo otro.
Pero no lo hizo.
Nada lo hacía.
Y en medio de todo…
solo una idea se quedó.
Fría.
Clara.
Firme.
Aquí no hay amigos.
Aquí no hay justicia.
Aquí…
solo sobreviven
las que dejan de sentir.