Albireo: La espada que trazó el firmamento

Prólogo

El dolor tenía un sonido. Era el murmullo ahogado de su madre, un río de palabras rotas que se filtraba bajo la puerta de caoba del estudio de su abuelo. Aiden, con sus seis años recién cumplidos, estaba sentado en el suelo del pasillo. Acurrucado con las rodillas pegadas al pecho en un rincón oscuro, jugueteaba con un soldado de madera que su padre le había tallado, intentando descifrar aquel lenguaje de sollozos. El aire en la mansión Bóreas era espeso, cargado con el perfume de los lirios del funeral y la humedad de una lluvia que no cesaba, una llovizna fina y persistente que golpeaba los vitrales como dedos fantasmales.

Desde el pasillo adyacente, voces filtradas llegaban hasta él, bajas y entrecortadas. Su madre, Maribel, estaba allí, hablando con el abuelo Aether. Aiden aguzó el oído, reconociendo el tono quebrado de su madre, un sonido que rara vez oía: lágrimas.

—Padre, ¿cómo pudo pasar? —decía ella, la voz ahogada en sollozos que reverberaban contra las paredes de mármol—. ¿Y ahora? ¿Qué haré con el niño?

El abuelo respondía con murmullos suaves, palabras que Aiden no podía captar del todo, pero que sonaban como consuelo envuelto en gravedad. El niño frunció el ceño, su pequeño corazón latía con una confusión que no sabía nombrar. ¿Por qué lloraba su madre? ¿Era por algo que él había hecho? Se levantó con sigilo, olvidado el soldado de madera en el suelo, y se acercó a la puerta entreabierta, asomando apenas su cabeza de cabello castaño revuelto.

Pero antes de que pudiera entrar, un bullicio repentino llenó la mansión. Puertas se abrieron de golpe en la entrada principal, un tropel de voces familiares irrumpió: tías con faldas oscuras y primos ruidosos que corrían por los pasillos. Aiden retrocedió, ocultándose tras una columna, observando cómo sus tías —mujeres altas y severas con rostros pálidos como la nieve— se reunían alrededor de su madre, envolviéndola en abrazos que parecían más formales que cálidos. Sus primos, un grupo de niños mayores que él, merodeaban cerca.

Ukko, el mayor de ellos, un chico de siete años con el cabello rubio enmarañado, lo divisó primero. Se acercó con pasos deliberados, como un lobo acechando a un cordero perdido. Aiden lo miró con sus amplios ojos verdes, esperando algún juego o una broma, pero el rostro de Ukko era una máscara de crueldad infantil, esa que surge de la ignorancia y el deseo de herir para sentirse grande.

—¿Qué haces aquí, escuchando a escondidas? —dijo, con un tono burlón que era más afilado que un cuchillo.

Aiden no respondió. Solo se encogió más, deseando ser invisible. Ukko soltó una risa corta, un sonido feo que no encajaba con el luto de la casa.

—¿Acaso no lo sabes? —inquirió, inclinándose hasta que su aliento, con un rastro dulzón de los pasteles que había estado comiendo, llegó al rostro de Aiden—. Tu papá se murió.

Aiden parpadeó, el mundo inclinándose como si el suelo se hubiera vuelto líquido. Las palabras de Ukko rebotaban en su mente, sin sentido al principio, como un eco distorsionado. Eran solo sonidos, sílabas vacías que su mente se negaba a ensamblar.

—No es verdad —susurró Aiden, más para sí mismo que para su primo.

Ukko se encogió de hombros, soltando una risa, una corta y cruel que atrajo miradas de los adultos, aunque ninguno intervino.

—Sí, se murió, todos lo saben, eres el único tonto que no. Por eso tu madre no para de llorar. Tu papá no volverá.

El pecho de Aiden se apretó, un nudo de incredulidad y dolor helado se extendió por sus venas, un invierno repentino que congeló la expresión de su rostro. Lágrimas calientes brotaron sin permiso derritiendo su mirada. Antes de que Ukko pudiera decir más, el niño giró sobre sus talones y corrió. Sus pies descalzos golpeaban el suelo frío de los pasillos. No fue hacia el estudio, no hacia su madre. Corrió hacia su propia habitación, un lugar silencioso que ahora se sentía como una tumba. Cerró la puerta de un golpe y se deslizó hasta el suelo, con la espalda apoyada en la madera fría. Sus manos temblorosas buscaron en el bolsillo de su pantalón hasta encontrarla.

La insignia de alto rango de su padre. Un disco de plata pulida, grabado con el emblema de los Aster, una estrella de siete puntas. Estaba fría al tacto, pesada con el peso de un legado que él apenas comenzaba a comprender. La apretó contra su pecho, el metal afilado se clavó en su piel a través de la fina tela de su camisa pinchándole sin que él lo notara.

Y entonces, finalmente, lloró. Un llanto silencioso y desgarrador que sacudió su pequeño cuerpo.

—No es verdad… —sollozó contra la insignia, sus lágrimas calientes empaparon la plata—. Mi papito no está muerto. Él no puede… él dijo que era el más fuerte del mundo, va a volver estoy seguro.

La puerta se abrió con un crujido suave, y pasos pesados entraron. El abuelo Aether Boreas, un hombre alto con barba blanca como la nieve y figura alta encorvada lleno el umbral. Sus ojos, normalmente de un azul brillante como el cielo de verano, estaban velados por una tristeza profunda.

No dijo nada. Simplemente se arrodilló en el suelo junto a su nieto y sus brazos envolvieron al niño, atrayéndolo hacia su pecho amplio donde el latido constante del corazón del anciano era un ancla en la tormenta. Aiden se aferró a él, escondiendo el rostro en el hombro de su abuelo. El olor a tabaco y libros viejos lo envolvió, un aroma familiar que era lo único real en aquel mundo que se desmoronaba.

—Lo sé, mi pequeño vendaval —susurró Aether—. Lo sé. Está bien llorar, pero escúchame: tu padre era un héroe, y su espíritu vive en ti.

—Abuelo... ¿por qué? ¿Por qué se fue?

Aether lo meció suavemente, como si aún fuera un bebé.

—A veces los héroes deben partir para protegernos.

Se quedaron así, abrazados en el suelo, mientras la lluvia seguía cayendo afuera. Después de un tiempo que pareció una eternidad, su abuelo se apartó suavemente.

—Aiden, escúchame —dijo, con sus manos en los hombros de su nieto—. Prepara tus cosas. Mañana, muy temprano, saldremos a una pequeña excursión, solo tú y yo. ¿De acuerdo?




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