El sol de la mañana se derramaba sobre el claro del bosque, la cascada aurea del firmamento pintaba de verde esmeralda las hojas de los robles y los pinos. El aire fresco cargado con el aroma a tierra húmeda y resina vibraba con el sonido rítmico y agudo de unos choques de madera. En el centro del claro, dos figuras se movían en una coreografía de combate tan fluida y precisa que parecía haber sido ensayada mil veces. El chasquido de las espadas de entrenamiento las cuales constaban de ser dos varas de roble pulido marcaba el compás de una melodía peligrosa.
Aiden, con el sudor perlando en su frente y pegando mechones de su cabello castaño a las sienes, se movía con una agilidad que desmentía sus casi sus dieciséis años. Vestía una camiseta negra sin mangas, exponiendo sus músculos, ya no los de un niño, sino largos y definidos bajo su pálida piel, se tensaban con cada frenada y cada estocada. Apenas había crecido en el último año, no logrando superar en altura a Tania por unos pocos centímetros, pero su cuerpo había comenzado a adquirir la complexión de un hombre. Sus ojos verdes, estaban fijos en su oponente, agudos y concentrados, siguiendo cada mínimo movimiento, cada cambio en el equilibrio de su cuerpo.
Frente a él, Tania se movía con una elegancia predatoria, su espada de madera surcaba el aire en un arco fluido y preciso. El sudor trazaba caminos brillantes por su cuello esbelto, acentuando las curvas de sus brazos tonificados y la línea elegante de su cuello. Llevaba puesto una sencilla camiseta sin mangas de color negro que se ceñía a su torso, revelando la firmeza de su abdomen, la fuerza latente en sus hombros con cada giro y cada embestida.
Su trenza blanca, ahora más larga y suelta en mechones rebeldes, se había soltado parcialmente, y algunos mechones plateados se adherían a sus mejillas sonrojadas por el esfuerzo, enmarcándole su hermoso rostro y destacando sus ojos esmeralda centelleando con una concentración afilada, mientras sus caderas se inclinaban con cada paso, sus pies apenas parecían tocar la alfombra de hojas y musgo. Todos sus bloqueos eran perfectos, cada esquive dejaba a Aiden golpeando el aire. Apenas se esforzaba, y eso era lo que más frustraba al joven.
Cerca de ellos, sentada en una mancha de sol junto a un roble, Nyx, una gata atigrada de pelaje largo oscuro con rayas doradas, se lamía una pata con una atención perezosa. Sus orejas se movían al compás de los golpes, y de vez en cuando, levantaba la cabeza, sus ojos verde oliva observaban el combate antes de volver a su aseo, como si estuviera juzgando su técnica. Había crecido junto a Aiden durante los diez años transcurridos desde que Tania lo había acogido, pasando de ser una bola de pelo a una gata de gran tamaño e inteligencia.
—Más rápido, Aiden —la voz de Tania era firme, pero con un matiz de aliento—. Anticípate mejor. Veo venir esa finta desde el otro lado del claro. Tu oponente debe reaccionar a tu ataque, no preverlo.
Aiden gruñó de frustración en respuesta. Lanzó una serie de ataques rápidos, una tormenta de cortes ascendentes y circulares terminando con una estocada. Tania desvió con paradas casi casuales. Él sabía que ella estaba jugando con él, conteniéndose para no abrumarlo. Era un recordatorio constante de la inmensa distancia que todavía los separaba en habilidad. Pero esto lejos de desanimarlo, lo empujaba a esforzarse más, a buscar esa grieta en su defensa, por pequeña que fuera.
Él intentó un movimiento complejo, una finta baja seguida de un golpe giratorio a la cabeza. Era rápido, el mejor que había ejecutado en toda la mañana. Por un instante, una fracción de segundo, creyó que la alcanzaría. Pero Tania simplemente se inclinó hacia atrás, eludiendo el golpe por milímetros, arqueando su cuerpo en una postura defensiva que acentuaba la curva de su cintura. El aire silbó donde su cabeza había estado un instante antes. Antes de que Aiden pudiera recuperar el equilibrio, la espada de Tania se deslizó por su defensa y le golpeó con un chasquido seco en las costillas en un toque que podría haber sido devastador si ella no contuviera su fuerza. Sin embargo, el impacto le robó el aliento Aiden, haciéndolo trastabillar.
—Lento —dijo ella, sin una pizca de burla, solo una evaluación honesta—. Y te has abierto por completo. Estás muerto.
Aiden apretó los dientes, ignorando el dolor punzante en su costado. Volvió a la carga, pero el patrón se repitió. Podía seguirle el ritmo, su resistencia era formidable, pero no podía romper su guardia. Recibió otro golpe en el hombro y uno más en el muslo que lo hizo cojear.
—Cambio —anunció Tania de repente.
Con una fluidez asombrosa, dejó caer su espada de madera al suelo. El sonido sordo fue la señal para la siguiente fase del entrenamiento. Aiden, sin dudarlo, hizo lo mismo. El combate con armas había terminado; elevo sus manos en guardia para el combate cuerpo a cuerpo.
El cambio fue instantáneo. La distancia entre ellos se acortó, y el aire se cargó con una nueva tensión. Aquí no había espadas de madera para detener los golpes, solo carne y hueso. Aiden se lanzó hacia adelante, intentando usar su velocidad para sorprenderla. Buscaba un derribo, una llave que pudiera neutralizar su ventaja. Pero luchar contra Tania cuerpo a cuerpo era como intentar apresar el humo.
Puños y antebrazos chocaban en una sinfonía de golpes practicados. Tania lo esquivaba con movimientos sinuosos, su silueta volvía a curvarse como una rama flexible en el viento, su camisa se pegaba más a su piel con cada torsión. Aiden conectó un jab sólido en su guardia, pero ella lo contrarrestó con una palma abierta contra su esternón, empujándolo hacia atrás con una fuerza medida, solo lo suficiente para recordarle la lección sin herirlo.
Sus manos volvieron a encontrarse en un agarre, y Aiden sintió la fuerza férrea que se escondía bajo la piel suave de sus muñecas. Intentó girar, usar su peso para desequilibrarla, pero ella se movió con él, convirtiendo su propio impulso en su contra. Con un giro de cadera que fue a la vez elegante y devastador, lo levantó del suelo y lo arrojó sobre su hombro. Aiden aterrizó de espaldas con un golpe sordo que le sacó el aire de los pulmones. El suelo estaba frío y duro contra su espalda. Nyx soltó un maullido corto, esta vez con un tono que sonaba a curiosidad, y se acercó para olfatearle la cara.