La última risa de la fiesta se había desvanecido hacía horas, disuelta en el silencio de la noche como el azúcar en el agua. Los invitados se habían marchado en grupos dispersos, con sus siluetas desvaneciéndose en la penumbra del bosque bajo la luz menguante de la luna. Klaus y Gilbert habían sido los últimos en marcharse. Edith había sido más discreta, despidiéndose con un abrazo rápido y una mirada que Aiden no había sabido interpretar, su mano se desmorono un instante en su hombro antes de desaparecer entre los árboles con Silke y Manfred.
Ahora, la cabaña estaba sumida en un silencio profundo, roto solo por el ocasional crujido de la madera asentándose en la noche fresca. La familia Aster también se marchó en su carruaje, volviendo al pueblo, dejando solos a Tania y Aiden, como habían estado durante los últimos diez años.
Aiden estaba en su habitación, con la única luz encendida de una lámpara de aceite que parpadeaba sobre la mesilla de noche, proyectando su sombra alargada sobre sus paredes de madera. El aire olía a aceite quemado y al perfume seco del papel viejo. Sentado en su cama, con la espalda apoyada en un par de almohadas y las sábanas enredadas en sus piernas, Aiden estaba completamente absorto en el regalo de Edith. El antiguo tomo de magia reposaba sobre sus rodillas, sus páginas amarillentas y frágiles bajo la caricia de sus dedos. No leía las palabras tanto como las devoraba, sus ojos verdes se movian con una rapidez febril sobre los intrincados diagramas y las runas que parecían retorcerse bajo la luz trémula. Cada símbolo era un acertijo, cada capítulo una puerta a un conocimiento que sentía vibrar en la punta de sus dedos. Aiden apenas comprendía una parte del contenido. Su conocimiento de la magia se limitaba a los libros en casa y a las explicaciones de Tania, pero cada runa y cada diagrama despertaban todavía más su curiosidad.
Un crujido casi imperceptible en la puerta lo sacó de su concentración. Fue un sonido tan leve que podría haber sido el asentamiento de la madera vieja o el juego del viento, pero su instinto, afilado por años de entrenamiento, se tensó. Levantó la vista justo a tiempo para ver la puerta abrirse con una lentitud calculada, revelando una silueta recortada contra la oscuridad casi absoluta del pasillo, era Tania.
Ingresó a la habitación apenas emitiendo algún sonido con sus pies descalzos, cerrando la puerta tras de sí. La luz de la lámpara la recibió, bañando su figura en un resplandor suave que parecía rendirse ante su presencia. No llevaba la ropa práctica que utilizaba para entrenar. Vestía con un camisón de seda blanco que caía suavemente sobre su figura curvilínea aferrándose a su cuerpo con cada movimiento. No era una prenda diseñada para seducir, sino para el simple confort de la noche, pero en ella, se transformaba en una obra de arte.
La tela se ceñía a su cintura antes de caer en pliegues suaves hasta rozar el suelo. El escote, sencillo y sin adornos, enmarcaba la línea elegante de su cuello y sus clavículas. Ella se movía con una cadencia suave y natural con cada paso, su peso y forma eran perfectamente definidos bajo la seda. La luz de la lámpara jugaba sobre la superficie del tejido acentuando cada curva, cada contorno de su cuerpo escultural.
Su largo cabello blanco estaba suelto, liberado de la trenza que solía contenerlo. Caía en cascadas sobre sus hombros y su espalda, una cortina de plata que brillaba con vida propia bajo la luz de la llama, cada hebra un hilo de luz de luna. Se movió hacia la cama, y el aire a su alrededor se impregnó de un aroma sutil a lavanda, una fragancia que era intrínsecamente suya. Para Aiden, verla era como contemplar una obra de arte, pues parecía la encarnación de una diosa lunar cuya sensualidad no radicaba en la provocación, sino en la simple y abrumadora verdad de su existencia.
Se detuvo al pie de la cama, sus ojos esmeralda, que parecían capturar la llama de la lámpara y hacerla arder con más intensidad, se posaron en él.
—¿Aún despierto, cachorrón? —su voz fue un murmullo, apenas un susurro en la quietud, pero claro como el cristal.
Aiden asintió, cerrando el libro con cuidado.
—No podía dormir.
Ella sonrió, una curva suave en sus labios que pareció calentar la habitación.
—Lo sé. Te conozco demasiado bien.
Dio un paso más cerca, rodeando la cama hasta quedar a su lado con una gracia que no buscaba atención, pero que la hacía inevitablemente hermosa.
—Todavía no te he dado mi regalo.
Aiden la miró, notando la forma en que sus manos se entrelazaban en su regazo, un gesto habitual de ella cuando estaba a punto de decir algo importante. Él le prestaba atención a todos los detalles: el camisón sugería que había venido directamente de su cama, el silencio de la casa indicaba discreción.
—¿Otro? Tania, la fiesta fue más que suficiente.
—Este es diferente —dijo ella.
Extendió la mano hacia la oscuridad junto a la puerta y tomó lo que había dejado apoyado contra la pared: una espada envainada. El roce del cuero al deslizarse fue un siseo bajo y prometedor. La sostuvo frente a él, y este contuvo el aliento.
Cuando Aiden desenfundó parcialmente la hoja con manos temblorosas, vio que era recta y de un negro profundo como el vacío entre las estrellas, afilada hasta un filo que parecía cortar el aire mismo. Su guarda, forjada en una plata bruñida, era tan oscura que evocaba la obsidiana y se cerraba sobre la base de la hoja. Pero fue el pomo lo que capturó su atención: no era un simple contrapeso, sino una pequeña estrella de siete puntas, el símbolo de la familia Aster.
La vaina era de un cuero azul oscuro, tan profundo que parecía negro bajo la luz de la lámpara. Sobre su superficie, grabado en plata, estaba el emblema de una casa que Aiden no reconoció, una rosa delicada, cuyas espinas se entrelazaban en un patrón complejo y hermoso sobre el símbolo de una llama estilizada, ambos, tanto la rosa como el fuego eran de color azul.