Albireo: La espada que trazó el firmamento

Capítulo 4: Identidad

El aura escarlata se desvaneció tan abruptamente como había surgido. Aiden cayó de rodillas en el claro, jadeando por el esfuerzo extremo mientras un fino vapor se elevaba de su piel, que aún palpitaba con la energía residual.

Bajo él, el suelo había quedado chamuscado en un círculo perfecto; las cenizas de la hierba se arremolinaban con la brisa ligera de la mañana. Sin embargo, no era el dolor físico ni el cansancio lo que lo mantenía postrado, sino el peso brutal de la verdad.

Nyx se acercó con cautela y, con el pelaje todavía erizado, frotó la cabeza contra su brazo en un silencioso gesto de consuelo. A unos pasos de distancia, Tania permanecía erguida, con sus ojos esmeralda fijos en el joven, observando con una mezcla de orgullo y profunda preocupación cómo digería la revelación.

—Aiden… —pronunció Tania.

Él levantó la vista, su rostro estaba pálido y marcado por el agotamiento. Una lagrima escapo de su ojo izquierdo, mientras le devolvió a Tania una mirada inexpresiva, vacía, como se sentía él en ese momento.

—Para mí... es definitivo —dijo al fin, con una voz plana y serena que contrastaba con la agitación de su interior—. Mi padre jamás habría renunciado voluntariamente a este poder.

Tania se acercó y se arrodilló frente a él. Dudó un instante antes de tocarlo, pero acabó extendiendo la mano para apretar con gentileza el hombro del joven. No lo contradijo; sabía que Aiden necesitaba esa claridad fría para anclar su dolor. Tampoco dijo «lo siento»: esas palabras habrían sido insuficientes, un insulto ante semejante herida. En su lugar, lo estrechó con todas sus fuerzas y posó los dedos con suavidad sobre su cabeza.

—No sabemos cómo llegó hasta ti, Aiden —le dijo Tania—. Puede que tengas razón, pero también existe la posibilidad de que Aloy te lo cediera por un motivo que desconocemos. No quiero darte falsas esperanzas, pero tampoco voy a convertir una suposición en certeza. No puedo saber qué cruzaba por su mente, pero sí conozco el corazón de los Aster. Quiero creer que Aloy te amó y que, si este poder llegó a ti por su voluntad, tuvo una buena razón. Él seguramente te amó más que a nada en este mundo, como aman todos los padres. Este poder... es el último fragmento de él que permanece en este plano. Es su legado: el suyo, el de mi hermano, el de todos los Aster.

Aiden apretó los dientes, tragando el nudo de lágrimas que le quemaba la garganta. Asintió, incapaz de hablar. Se permitió apoyar su frente contra el hombro de ella por un momento, respirando el familiar aroma a lavanda que siempre la rodeaba. Era el olor de su hogar, el olor de la seguridad. Pero ahora, incluso eso se sentía diferente.

Después de un largo momento, Tania se levantó, ayudándolo a ponerse de pie. Sus piernas temblaban al principio, pero pronto recuperó el equilibrio.

Ella apoyó dos dedos sobre su esternón y dejó circular una pequeña cantidad de numen por sus canales. Revisó su pulso, su respiración y la estabilidad del sistema reminee.

—No percibo ningún daño permanente, pero tus canales están exhaustos. El despertar fue más intenso de lo que anticipé —comentó ella, observando el círculo de destrucción a su alrededor con una ceja ligeramente arqueada—. Todo el valle debe haberlo sentido. Has liberado una cantidad masiva de numen; no vuelvas a activarla hoy bajo ninguna circunstancia. Tus canales necesitan recuperarse: si fuerzas otra manifestación antes de que se estabilicen, te expones a un daño irreversible. Ve a casa y descansa. Yo iré al río a buscar truchas eterix; su carne ayuda a restaurar la energía y quiero prepararte algo antes de que anochezca. De paso, recogeré las hierbas necesarias para revisar tus canales más tarde.

—No quiero descansar —replicó Aiden, recuperando un ápice de su firmeza habitual—. Quiero seguir entrenando.

—No te lo estaba sugiriendo, te lo estoy ordenando —dijo ella con un tono más grave en su voz, el cual bastó para que Aiden se lo reconsiderara al instante—. Si no quieres quedarte encerrado, lo entiendo. El día apenas comienza y sería injusto privarte de salir tras el logro que acabas de obtener, pero no quiero que te quedes solo. Ve con tu familia, come y descansa allí. Yo pasaré a buscarte por la tarde. Nyx irá contigo y no se separará de ti. Tampoco pasaste suficiente tiempo con ellos en tu fiesta —continuó Tania, como si leyera sus pensamientos—. Y hoy tal vez necesites recordar quién eres, más allá del entrenamiento. Ve, habla con Aurelia y abraza a tu abuela. Ellos también lo sintieron y ellos también lo saben.

La idea de sumergirse en la normalidad de su familia y escapar por unas horas del peso de su nueva realidad le resultó, de pronto, muy atractiva.

—Está bien —asintió al fin, incapaz de ocultar del todo su desconcierto—. Iré.

—Bien. —Tania le dio una palmada suave en el hombro—. Regresaré más tarde con la cena. Envía saludos de mi parte. Y recuerda… tu cuerpo necesita recuperarse, no vayas a hacer ningún esfuerzo físico en lo que resta del día.

Con un último gesto de complicidad a Nyx, los observó desde la sombra de un roble con una seriedad inusual para ella, Tania se dio la vuelta y se adentró en el bosque con su andar característico, desapareciendo entre la espesura como un fantasma plateado.

Aiden se quedó solo en el claro, con Nyx ronroneando suavemente alrededor de sus tobillos. Respiró hondo. Luego, con una determinación renovada, se dirigió hacia el pueblo.

El camino hacia la casa de los Aster, en el pueblo de Asterion, era familiar: un sendero de tierra batida flanqueado por casas de madera y piedra, con techos de paja o tejas cubiertas de musgo que daban a todo un aire de permanencia, como si el lugar hubiese brotado de la propia tierra. El sol de la mañana iluminaba el polvo que flotaba en el aire, creando haces de luz dorada que se colaban por las ventanas entreabiertas. A diferencia de la cabaña aislada de Tania, aquí la vida bullía: el golpeteo de los herradores sobre el yunque, el aroma del pan recién horneado en la panadería del señor Holden, las risas de los niños correteando entre las casas.




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