Albireo: La espada que trazó el firmamento

Capítulo 5: Los Hijos del Azote

La declaración de Aiden quedó suspendida en el aire cargado de humo, tan simple y definitiva que durante un instante el silencio pesó más que el propio desastre. “Voy a entrar”, pronunció apenas. Klaus abrió la boca para protestar, Manfred dio un paso al frente y Gilbert extendió una mano desesperada para sujetarlo del brazo, pero ninguno llegó a tiempo. Antes de que la vacilación pudiese paralizarlo, el joven dio media vuelta y se sumergió de lleno en el resplandor anaranjado del bosque ardiente.

Apenas unos metros atrás, Gaspar alcanzó el límite del caos con el pecho desbocado por la carrera. Tras abrirse paso a empujones entre los aldeanos aterrorizados, encontró únicamente a Klaus, Manfred y Gilbert petrificados ante la muralla de ceniza.

—¿Dónde está? —demandó Gaspar, aferrando el hombro de Klaus con fuerza desmedida—. ¡¿Dónde está mi sobrino?!

La mirada desolada del centauro respondió antes que su voz:

—Acaba de entrar, señor. Intentamos detenerlo, pero fue demasiado rápido.

Gaspar contempló las llamas que devoraban los pinos, trepando por las copas entre el crepitar furioso de la madera y el retumbo lejano de los disparos. Su instinto inicial lo impulsó a internarse a ciegas tras el muchacho, pero una década de disciplina militar frenó en seco la imprudencia. Estaba desarmado, en ropa de trabajo y desprovisto de protección contra la humareda. Entrar en semejantes condiciones no significaría salvar a Aiden, sino convertirse en una víctima más.

Una mano pesada se posó sobre su espalda. Elian, el herrero del pueblo, mostraba el rostro surcado de hollín y la camisa empapada.

—La situación es crítica, Gaspar —advirtió con voz ronca—. Los Hijos del Azote atacaron el asentamiento élfico e iniciaron varios incendios para dividirnos. Ya enviamos a alguien a la cabina telefónica para pedir auxilio a la ciudad, pero los bomberos no llegarán a tiempo; la distancia es desmedida.

Con un gesto firme señaló hacia la ribera. Mientras una hilera de pobladores transportaba cubos desde la orilla hasta los sectores críticos y los magos de agua canalizaban chorros hacia las viviendas amenazadas, en la retaguardia los niños llenaban recipientes pequeños bajo el resguardo de los adultos.

—Estamos reclutando a cualquiera capaz de empuñar un arma —continuó Elian—. Sin embargo, no podemos avanzar a ciegas. Aguarda un momento, entraremos en cuanto abramos un corredor seguro.

—Aiden no va a esperar ningún corredor —espetó Gaspar.

—Eres padre de familia, Gaspar.

—¡Y él también es mi familia! —replicó con una ferocidad que obligó al herrero a retirar la mano—. Es como mi propio hijo.

Sin añadir palabra, se giró y echó a correr hacia su hogar. Irrumpió en la casa con la fuerza de una tormenta. Aurelia y Beatrice se pusieron en pie de golpe, mientras Annabella, asustada, se ocultaba tras los pliegues de la falda de su abuela.

—¡Aurelia, escúchame bien! —ordenó Gaspar al tiempo que abría de un manotazo el baúl del dormitorio—. Ve al río de inmediato y busca a Tania. Aiden dijo que estaba por allí. Encuéntrala y explícale lo que ocurre. ¡Corre!

Bajo una manta polvorienta descansaba el antiguo uniforme de su regimiento mágico. Despojándose del atuendo cotidiano, comenzó a vestirse con la precisión autómata adquirida en sus años de servicio.

—Ella es la única capaz de poner fin a esta masacre con rapidez —agregó mientras ajustaba las cartucheras y calzaba dos pistolas automáticas en sus fundas—. Tania es una reina bélica, una de las combatientes más mortíferas de este país. Puede exterminar a esa guerrilla si llega a tiempo; mi deber es hallar a Aiden y mantenerlo con vida hasta entonces.

Comprobó el mecanismo de una escopeta y cerró la recámara con un chasquido seco. Luego, clavando la mirada en Beatrice, sentenció:

—Cuida de Annabella. No le permitas cruzar esa puerta bajo ninguna circunstancia.

Se acercó a Aurelia y la besó con una mezcla de rudeza y desesperada ternura que ninguno de los dos quiso nombrar.

—Encuéntrala, mi amor.

Aurelia asintió con un nudo en la garganta y echó a correr por la puerta trasera hacia la ribera, mientras Gaspar empuñaba sus armas y retornaba a toda prisa al bosque.

En las entrañas del incendio, Aiden comprendió que la determinación se desvanece cuando el oxígeno escasea. El humo denso le laceraba las vías respiratorias y le nublaba la vista. Tras recorrer apenas unas decenas de metros, se dobló en un ataque de tos violenta. Todo olía a resina hirviente y ceniza. Al divisar un balde olvidado con un resto de agua sucia, se arrancó la manga de la camisa, la empapó y se cubrió el rostro. No constituía un filtro real, pero le concedería unos minutos más.

De pronto, la sombra de un tronco chamuscado se deformó anómalamente, cobró volumen y proyectó la silueta atigrada de Nyx, quien aterrizó entre las brasas sacudiéndose el pelaje con irritación.

«Guardemos las preguntas para después, humano», resonó la voz perezosa de la gata en su mente, ahora tensa por el peligro. «Percibo disparos y gritos por doquier. También escucho un llanto débil, muy cerca».

—¿Puedes ubicarlo? —preguntó Aiden, presionándose el pecho sofocado.

«Podemos, pero debemos asimilarnos. Necesitas mis oídos».

Aiden observó su mano izquierda. La calidez del anillo se intensificó; la plata brotó sobre su piel y la gema felina desprendió un destello verde bajo la tela quemada. Nyx de un salto se posó sobre su hombro.

«Abre el vínculo. No te me opongas».

Al cerrar los ojos, una masa atronadora de sonidos estalló en el interior de su cráneo. Se llevó las manos a la cabeza por instinto, comprendiendo al instante lo inútil del gesto: la percepción no provenía de sus oídos, sino directamente de la unión mental. Percibía el crepitar de cada rama, la savia hirviendo tras la corteza, el crujido de las piñas estallando, pasos metálicos, recargas de armas y gritos agónicos entrelazados en una masa caótica.




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