Todo era oscuridad. Aiden flotaba en un vacío silencioso, una nada ausente de frío y de calor. Ante él, en aquella inmensidad sin estrellas, un dragón colosal descansaba enroscado. Sus escamas parecían azabache en la penumbra; sin embargo, cada vez que la luz del huevo recorría su torso, dejaba entrever un carmesí tan oscuro como la sangre seca. Sus ojos eran dos luceros verdosos resplandecientes, similares a estrellas binarias que ardían con una luz fija y severa.
Entre las curvas de su cuerpo serpentino, acunado con una delicadeza contradictoria a su porte, reposaba una esfera de energía pura que pulsaba con un resplandor celeste suave y constante, siendo el único punto de color en aquel universo inerte. Aiden sintió un tirón instintivo en el centro de su ser, una atracción irresistible que lo arrastraba sin violencia.
El dragón alzó la testa y fijó en él sus pupilas estelares. Lejos de mostrarse hostil, no emitió gruñido alguno ni enseñó los colmillos; simplemente desplegó su cuerpo y le abrió paso en el vacío. Flotando grácilmente en la ingravidez, Aiden avanzó hasta quedar frente al núcleo pulsante. La emanación de la esfera resultaba cálida y familiar, evocación de un hogar olvidado antes de aprender a nombrarlo. Al extender una mano temblorosa y rozar la superficie, la barrera no opuso resistencia: cedió como una membrana translúcida y reveló su interior.
Lo que contempló dentro le cortó el aliento. Acurrucado en posición fetal, flotaba un reflejo de sí mismo. De su espalda brotaban cuatro alas membranosas, plegadas y bañadas por el mismo fulgor celeste que henchía la esfera. Aquel otro Aiden abrió unos ojos idénticos a los suyos y le devolvió la mirada. Con parsimonia, extendió la palma desde dentro y la apoyó contra la cáscara justo donde se posaba la mano del Aiden exterior. Durante un instante, ambos convergieron a través del destello. Entonces, una fisura cegadora fracturó la superficie y el sueño se hizo añicos.
Aiden despertó de golpe con una inhalación áspera. El aire gélido le raspó la garganta, provocándole una convulsión de tos que desencadenó un dolor seco y punzante en las costillas. Supeditado por la punzada, tuvo que contener el aliento antes de poder incorporarse.
La penumbra del recinto le pareció por un segundo tan vasta como el vacío del sueño, pero tras parpadear con desorientación mientras el corazón le martilleaba el pecho, el aroma a lavanda comenzó a ubicarlo. Reconoció la cómoda antigua, el armario tallado a mano, el espejo empañado por la humedad y a Pétalo Ígneo descansando junto a la silla. No estaba en su habitación, sino en la de Tania.
Las sábanas frescas le cubrían la cintura. Aunque conservaba la ropa interior, su torso descubierto lucía vendajes apretados en diversos puntos. A su lado, ataviada aún con el camisón blanco de la noche previa, dormía Tania.
Su cabello plateado se derramaba sobre la almohada y mantenía la mano sujeta a la suya. Había pasado la noche velando su respiración y el curso irregular de sus canales de reminee hasta que el cansancio la venció sin llegar a soltarlo. Al intentar acomodarse, el leve crujido del colchón la espabiló de inmediato; su descanso había sido demasiado ligero para sumergirse en un sueño profundo. Una tenue pincelada de alivio cruzó su rostro antes de que la sombra de la preocupación volviera a afincarse en sus facciones.
—Aiden… —murmuró ella, incorporándose sobre un codo y escrutándolo con fijeza—. Estás despierto.
—¿Y Edith? —solicitó él sin rodeos, con la voz afónica por la sequedad de la garganta.
Tania parpadeó, tomándose un segundo para asimilar la brusquedad de su inquietud antes de responder con voz firme.
—Está viva.
—¿Silke? ¿Mi tío? ¿Los demás? —insistió Aiden, haciendo ademán de erguirse.
—Todos están bien. Respira, por favor —le pidió ella, apoyando una mano sobre su hombro para frenar su impulso—. Silke resultó herida, pero está fuera de peligro. Edith y su madre lograron ponerse a salvo. Gaspar está ileso, al igual que tus amigos. Una gran parte de los elfos consiguió evacuar el asentamiento a tiempo.
Tania hizo una pausa ponderada, dejándole entrever la verdad amarga que silenciaba.
—Sin embargo… la cifra de bajas es alta —continuó ella, revelando la cruda verdad—. Pero la masacre habría sido absoluta de no haber intervenido.
El aire acumulado abandonó despacio el pecho de Aiden, que se dejó caer exhausto contra la almohada mientras cerraba los ojos. El alivio no disipó el malestar físico, pero aflojó el nudo opresivo que le agarrotaba el estómago desde que se adentró en la espesura.
—¿Cuánto tiempo he perdido? —inquirió tras un breve silencio.
—Has estado inconsciente toda la noche.
Aiden volvió a abrir los ojos y reparó conscientemente en la escena: su torso desnudo cubierto de gasas, las sábanas de Tania y sus dedos entrelazados con los de ella. Una pequeña sonrisa inclinó la comisura de sus labios.
—Qué decepción —murmuró intentando aflojar la tensión—. La primera vez que amanezco en tu cama y solo me llevo moretones de recuerdo.
Tania lo contempló con una mezcla de severidad y desconcierto, evaluando si regañarlo o auscultarle la fiebre
—Aunque si querías verme sin camisa, podrías haberlo pedido directamente —señaló él, con una tonta expresión que intento ser provocativa.
—Ya te gustaría —replicó Tania. La pequeña risa que intentó articular se quebró a mitad de camino, transformándose súbitamente en un sollozo ahogado. Su postura firme se desmoronó y un par de lágrimas le surcaron las mejillas.
Aiden borró de inmediato la ironía de sus facciones.
—Tania…
—¿Cómo se te ocurre bromear después de lo que hiciste? —le reprochó ella mientras se limpiaba el rostro con dureza empleando el dorso de la mano—. Irrumpiste solo en un bosque envuelto en llamas. Te plantaste ante una patrulla entera de orcos y ogros. Desplegaste el aura dracónica dos veces en una misma jornada sabiendo el desgaste que implica y, por si fuera poco, me ocultaste que Nyx era tu vínculo. ¿En qué demonios estabas pensando? Cuando te vi emerger de entre los escombros, con el aura extinguiéndose y bañado en sangre, creí que…