Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 1 - El Hijo del Trueno

El cielo sobre Pela ardía.

No era fuego real, aunque así lo juraban los campesinos que se arrodillaban fuera de los muros. Era una tormenta negra, eléctrica, que desgarraba la noche con relámpagos violentos. Cada trueno parecía golpear directamente las columnas del palacio de Macedonia, como si los dioses reclamaran algo… o a alguien.

Dentro, en la cámara real, un niño de cabellos oscuros miraba el resplandor azul que se filtraba por las rendijas de las ventanas.

No lloraba.

—No aparta la vista del cielo —susurró la partera, con un hilo de temor en la voz.

Olimpia, aún sudorosa y pálida, sostuvo al recién nacido contra su pecho. Sus ojos brillaban con una intensidad casi febril.

—Porque el cielo le pertenece —murmuró—. Zeus ha marcado esta noche.

Un relámpago estalló tan cerca que el suelo vibró.

En el patio, los caballos relincharon con furia.

Dieciséis años después, la tormenta regresó.

Alejandro estaba de pie frente al caballo más salvaje que había visto en su vida.

Bucéfalo.

El animal era una masa negra de músculos tensos y espuma en los belfos. Había arrojado a tres jinetes al suelo. Uno no se levantó.

Los nobles murmuraban alrededor, divertidos. Algunos sonreían con desprecio.

Filipo II, rey de Macedonia, observaba con el ceño fruncido.

—Es inútil —gruñó un general—. Esa bestia no sirve ni para el matadero.

Alejandro dio un paso al frente.

—Padre —dijo, sin apartar la vista del animal—. No es la bestia la que falla. Son los hombres quienes no saben mirarla.

Un murmullo recorrió el patio.

Filipo entrecerró los ojos.

—¿Y tú sí sabes?

Alejandro sintió las miradas clavadas en su espalda. El peso del escepticismo. El juicio constante. El hijo del rey. El niño instruido por filósofos. El príncipe que debía demostrar algo cada día.

—Sí.

Caminó lentamente hacia Bucéfalo.

El caballo retrocedió, relinchando, alzándose sobre sus patas traseras. Los soldados llevaron la mano a la empuñadura de la espada.

—¡Alejandro! —la voz de Olimpia, desde el balcón.

Él no la escuchaba.

Se acercó aún más.

Entonces lo vio.

La sombra.

Bucéfalo se aterraba de su propia sombra proyectada por el sol poniente.

Alejandro tomó las riendas con firmeza y giró al caballo hacia la luz.

—Mírame —susurró, apoyando la frente contra la del animal—. No temas lo que está detrás de ti.

El caballo dejó de resistirse.

El patio quedó en silencio.

Alejandro montó.

Y Bucéfalo corrió.

No fue una carrera descontrolada. Fue una explosión. Un trueno sobre la tierra. El joven príncipe se inclinó hacia adelante, fundiéndose con el animal, sintiendo la fuerza vibrar bajo él.

Por primera vez en su vida, no era el hijo de Filipo.

Era algo más.

Cuando regresó, sudoroso pero intacto, el patio estalló en gritos.

Filipo bajó lentamente las escaleras.

Se acercó a su hijo.

Lo miró largo rato.

Y entonces, con voz grave, pronunció palabras que marcarían la historia:

—Hijo mío… busca un reino que esté a tu altura. Macedonia es demasiado pequeña para ti.

Alejandro sostuvo la mirada.

No sonrió.

Porque no había escuchado un elogio.

Había escuchado un desafío.

Esa noche, mientras la tormenta rugía sobre Pela, Alejandro no pudo dormir.

Caminaba por los corredores del palacio con la capa sobre los hombros. Las antorchas chisporroteaban en las paredes.

En la sala de mapas, una figura lo esperaba.

Aristóteles.

—Sabía que vendrías —dijo el filósofo sin levantar la vista del pergamino.

—¿También sabes lo que haré con mi vida? —preguntó Alejandro.

Aristóteles lo miró por fin. Sus ojos eran profundos, inquisitivos.

—Sé que deseas conquistar el mundo.

Alejandro apretó los puños.

—No quiero conquistarlo. Quiero comprenderlo… y luego hacerlo mío.

El filósofo sonrió apenas.

—Esa diferencia es más peligrosa de lo que crees.

Un trueno sacudió el palacio.

Alejandro caminó hasta el mapa extendido sobre la mesa.

Asia.

Persia.

Egipto.

Territorios inmensos, desconocidos, cargados de misterio.

—¿Qué hay más allá? —preguntó.

—Siempre hay algo más allá.

Alejandro deslizó el dedo por el borde del pergamino.

—Entonces llegaré hasta allí.

Aristóteles lo observó en silencio.

—Recuerda esto, Alejandro: ningún hombre conquista el mundo sin perder algo irremplazable.

—¿Y qué perderé yo?

El filósofo no respondió.

Días después, la sangre manchó el mármol del palacio.

Filipo II cayó en plena celebración, atravesado por la traición.

El grito de Olimpia resonó como un animal herido.

Alejandro sostuvo el cuerpo de su padre mientras la vida se escapaba entre sus manos.

—No… —susurró—. No ahora.

Filipo intentó hablar.

Sus labios se movieron.

Pero la muerte fue más rápida.

Alejandro levantó la mirada.

El asesino yacía muerto a pocos pasos.

Demasiado conveniente.

Demasiado limpio.

El aire olía a conspiración.

Alejandro sintió algo romperse dentro de él.

No era tristeza.

Era fuego.

Horas después, ante la asamblea macedonia, el joven de veinte años fue proclamado rey.

Algunos aplaudieron.

Otros dudaron.

Y en la sombra, hubo quienes sonrieron con la certeza de que aquel muchacho no sobreviviría al invierno.

Alejandro alzó la espada de su padre.

—Quien dude de mi derecho… que lo haga ahora.

Silencio.

Un general avanzó.

—Eres joven.

Alejandro descendió del estrado con calma letal.

Se detuvo frente a él.

—¿Eso te tranquiliza… o te aterra?

El general tragó saliva.

—Los tracios ya preparan rebelión.

—Entonces marcharemos al amanecer.

—¿Sin consolidar el trono?

Alejandro lo miró con una intensidad que hizo bajar la vista al veterano.




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