Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 2 - El Fuego de Tebas

El ejército marchaba bajo la noche.

No había trompetas.

No había estandartes al viento.

Solo el sonido de miles de sandalias golpeando la tierra húmeda y el resuello profundo de los caballos.

Alejandro cabalgaba al frente sobre Bucéfalo, la capa negra fundiéndose con la oscuridad. No llevaba corona. No llevaba insignias reales. Solo armadura y espada.

El joven rey no parecía un monarca.

Parecía una promesa de guerra.

—Majestad —susurró Hefestión, acercándose—. Los hombres están exhaustos. Hemos marchado sin descanso desde Pela.

Alejandro no apartó la vista del horizonte.

—La velocidad es nuestra única aliada.

—Tebas no espera que lleguemos tan pronto.

—Exacto.

Un relámpago iluminó el cielo distante. No era tormenta. Era el resplandor de antorchas en murallas.

Tebas.

La ciudad que se atrevía a desafiar al nuevo rey.

Dentro de la ciudad, el aire era distinto.

Esperanza.

Eso respiraban los rebeldes.

—Filipo está muerto —proclamaba un orador en la plaza—. ¡El niño macedonio no sostendrá el poder!

Gritos de aprobación.

—¡Atenas nos apoyará! ¡Persia nos enviará oro!

En una sala privada, los estrategas tebanos estudiaban mapas.

—Macedonia tardará semanas en reaccionar —dijo uno.

Un centinela irrumpió, pálido.

—¡Señores…!

—¿Qué ocurre?

—El ejército macedonio está aquí.

Silencio.

—Eso es imposible.

—No… señor. Está aquí.

Desde las murallas ya se veían las formaciones.

Compactas.

Silenciosas.

Implacables.

Alejandro desmontó a unos cientos de pasos de las puertas.

Observó las murallas altas, las torres, los arqueros moviéndose nerviosos.

—Majestad —dijo Parmenión—. Podemos negociar. Una demostración de fuerza bastará.

Alejandro giró lentamente hacia él.

—Si negocian hoy, se rebelarán mañana.

—Pero son griegos. Son nuestros.

Alejandro sostuvo su mirada.

—Quien desafía al rey deja de ser “nuestro”.

Se acercó a las puertas.

Un emisario tebano salió, temblando.

—Alejandro… hijo de Filipo… Tebas no desea guerra. Solo libertad.

—¿Libertad? —la voz del joven rey era serena, casi amable—. La libertad se gana, no se proclama mientras otros derraman sangre por ti.

—El pueblo teme que no puedas protegernos.

Alejandro dio un paso más.

—Entonces observen.

Le hizo una señal a un arquero.

Una sola flecha cruzó el aire.

El emisario cayó muerto.

Silencio absoluto en las murallas.

Alejandro alzó la voz.

—¡Entregad a los instigadores de la rebelión y conservaréis vuestra ciudad!

No hubo respuesta.

Solo el golpe seco de las puertas cerrándose.

Hefestión exhaló lentamente.

—Ya está decidido.

Alejandro volvió hacia su ejército.

—Formación de asalto.

Los tambores resonaron por primera vez.

Y el mundo cambió.

El ataque fue brutal.

Las falanges avanzaron como una pared de bronce. Las lanzas brillaban bajo el sol naciente. Las catapultas lanzaban piedras que hacían temblar las murallas.

Desde lo alto, aceite hirviendo y flechas llovían sin cesar.

Un soldado macedonio cayó a pocos pasos de Alejandro.

—¡Majestad, retroceda! —gritó un capitán.

Alejandro tomó la lanza del hombre muerto.

—¡Avanzad!

Su voz no era la de un muchacho.

Era la de un comandante nacido para ser obedecido.

Bucéfalo embistió hacia la brecha recién abierta en el muro.

Alejandro fue el primero en cruzarla.

El combate dentro de Tebas fue cuerpo a cuerpo.

Espada contra espada.

Respiración contra respiración.

Un joven tebano se lanzó contra él.

Alejandro bloqueó el golpe, lo desarmó y lo empujó contra una pared.

El muchacho no tendría más de diecisiete años.

—¡Lucha por tu libertad! —gritó el joven.

Alejandro lo miró.

Por un instante vio su propio reflejo.

Ambición. Fuego. Orgullo.

Lo atravesó sin titubear.

La sangre salpicó su rostro.

No parpadeó.

Horas después, Tebas ardía.

Las casas crujían bajo las llamas.

Los gritos eran más fuertes que los tambores de guerra.

Parmenión se acercó entre el humo.

—La ciudad está bajo control.

—¿Los líderes?

—Ejecutados.

—¿El pueblo?

El general dudó.

—¿Qué ordenas?

Alejandro observó el fuego consumir los techos.

Sabía que Grecia lo estaba observando.

Sabía que Atenas esperaba su reacción.

Sabía que Persia medía su carácter.

Si mostraba debilidad, el reino se fracturaría.

Si mostraba crueldad, el mundo temblaría.

Su mandíbula se tensó.

—Destruid la ciudad.

El silencio fue inmediato.

—¿Majestad… toda?

—Toda.

Hefestión lo miró con intensidad.

—Alejandro…

El joven rey no apartó la vista de las llamas.

—Que el mundo entienda lo que significa desafiarme.

La masacre fue rápida.

Brutal.

Implacable.

Solo templos y la casa del poeta Píndaro quedaron intactos por orden expresa del rey.

El resto fue reducido a cenizas.

Cuando el sol se ocultó, Tebas ya no existía.

Alejandro caminó entre ruinas.

El humo le quemaba los ojos.

No por lágrimas.

Por fuego.

Hefestión se acercó en silencio.

—Lo recordarán.

—Eso espero.

—También te odiarán.

Alejandro se detuvo.

—Prefiero el odio al desprecio.

Un niño apareció entre los escombros, cubierto de polvo y sangre seca.

Miró a Alejandro con terror.

—¿Eres el rey?

Alejandro lo observó largo rato.

—Sí.

—Entonces… ¿por qué hiciste esto?

El joven conquistador no respondió.

Porque no tenía una respuesta que pudiera pronunciar en voz alta.

Se dio la vuelta.

—Que lo vendan como esclavo.

Hefestión cerró los ojos un instante.




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