El mar no parecía agua.
Parecía metal.
Gris. Denso. Inquieto.
Las naves macedonias se alineaban como bestias contenidas en la costa europea, listas para lanzarse hacia Asia. El viento agitaba los estandartes con la estrella de Vergina mientras miles de soldados esperaban en silencio.
No era miedo.
Era consciencia.
Estaban a punto de abandonar el mundo conocido.
Alejandro permanecía de pie en la proa de la nave principal. Bucéfalo relinchaba inquieto en la cubierta inferior. Hefestión se acercó con paso firme.
—Los hombres murmuran —dijo en voz baja—. Dicen que al otro lado nos espera el mayor ejército del mundo.
Alejandro no apartó la vista del horizonte.
—Que murmuren.
—¿Y si tienen razón?
Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
—Entonces la historia será interesante.
Hefestión lo observó con una mezcla de admiración y preocupación.
—No es Tebas lo que enfrentamos ahora.
—No —respondió Alejandro—. Es el destino.
Antes de embarcar, Alejandro había hecho algo que nadie esperaba.
Había visitado las ruinas de Troya.
Caminó solo entre las piedras antiguas. Tocó con reverencia el túmulo que se decía guardaba los restos de Aquiles.
El héroe de su infancia.
El guerrero que eligió gloria breve en lugar de vida larga.
Alejandro se arrodilló.
—Aquiles —murmuró—, tú tuviste a Homero para cantar tus hazañas. Yo… tendré el mundo entero como testigo.
Una brisa cálida cruzó el lugar.
Hefestión apareció a su lado.
—Si tú eres Aquiles… —dijo suavemente— ¿quién soy yo?
Alejandro lo miró.
No como rey.
Como amigo.
—Mi Patroclo.
El silencio entre ambos fue más profundo que cualquier juramento.
El cruce comenzó al amanecer.
Las velas se inflaron. Los remos golpearon el agua con ritmo firme. Las costas de Macedonia se hicieron pequeñas, casi irreales.
Parmenión se acercó.
—Majestad, aún podemos retroceder si Persia moviliza su flota.
Alejandro giró hacia él.
—Si retrocedemos ahora, jamás volveremos a cruzar.
Un soldado joven, apenas un muchacho, se inclinó desde otra nave.
—¡Majestad! —gritó— ¿Es cierto que los persas nos superan diez a uno?
Alejandro levantó la voz para que todos lo escucharan.
—Es cierto que nos superan en número.
Pausa.
—Pero no en voluntad.
Un murmullo recorrió la flota.
—Ellos luchan por un rey que apenas conocen —continuó—. Vosotros lucháis por vuestra propia gloria.
El silencio se transformó en energía.
El mar comenzó a agitarse.
Una ola golpeó la nave con violencia.
Bucéfalo relinchó desde abajo.
Hefestión miró el cielo.
—No me gusta este viento.
Alejandro apoyó una mano en la baranda.
—El mar solo prueba a quienes intentan cruzarlo.
Cuando la quilla de la nave raspó tierra asiática, el aire pareció cambiar.
Alejandro descendió primero.
Saltó al suelo con lanza en mano.
La clavó en la arena.
—En nombre de los dioses —proclamó— tomo Asia como territorio ganado por la lanza.
Los hombres vitorearon.
Pero en la distancia, en lo alto de una colina, una figura observaba.
Un jinete persa.
Silencioso.
Inmóvil.
Y luego desapareció.
El primer enfrentamiento no tardó.
Exploradores macedonios regresaron al campamento con heridas recientes.
—Sátrapas persas se concentran cerca del río Gránico —informó uno, sangrando por el hombro—. Nos esperan.
Alejandro desplegó el mapa.
El río serpenteaba como una cicatriz.
—¿Cuántos?
—Miles.
Parmenión frunció el ceño.
—Deberíamos esperar refuerzos.
—Si esperamos —dijo Alejandro—, les daremos tiempo para reunir más tropas.
—Atacar cruzando un río es una locura.
Alejandro lo miró fijamente.
—La locura es lo que convierte a un hombre en leyenda.
El río Gránico rugía.
Las aguas rápidas chocaban contra las piedras, levantando espuma blanca.
Al otro lado, las fuerzas persas formaban una línea brillante de armaduras y estandartes.
Caballería pesada.
Arqueros.
Mercenarios griegos.
El sol reflejaba en miles de puntas de lanza.
Parmenión se acercó una última vez.
—Majestad… si caes hoy, todo termina.
Alejandro ajustó su casco.
—Si no cruzo hoy, todo comienza a terminar.
Hefestión montó junto a él.
—Entonces crucemos.
Sin esperar señal formal, Alejandro espoleó a Bucéfalo.
Y se lanzó al río.
El agua golpeó con violencia. La corriente intentó arrastrarlos. Las flechas comenzaron a silbar.
Un proyectil impactó el escudo de Alejandro.
Otro rozó su casco.
Pero avanzaba.
Avanzaba.
Cuando emergió en la orilla opuesta, un noble persa cargó directamente contra él.
El choque fue brutal.
Espadas chocaron.
Caballos se empujaron.
Alejandro recibió un golpe en el casco que lo hizo tambalear.
El mundo giró por un segundo.
El noble persa alzó su arma para asestar el golpe final.
Y entonces…
Una lanza macedonia atravesó el pecho del persa desde atrás.
Clito el Negro.
—¡Majestad!
Alejandro recuperó el equilibrio.
La batalla explotó alrededor.
Caballos cayendo.
Hombres gritando.
Sangre mezclándose con agua.
Alejandro avanzó como si el caos fuera su elemento natural.
Pero en medio del combate, algo cambió.
Un grupo de mercenarios griegos, antiguos aliados, se interpusieron.
—¡Rendíos! —gritó uno de ellos— ¡No luchamos contra Grecia!
Alejandro detuvo su espada a centímetros del rostro del hombre.
—Habéis elegido servir a Persia.
—Somos soldados. No políticos.
Alejandro bajó la espada lentamente.
—Entonces hoy aprenderéis la diferencia.
Ordenó rodearlos.
La batalla continuó hasta que el sol comenzó a caer.
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suspenso psicológico, novela histórica épica, aventura bélica
Editado: 21.02.2026