Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 4 - El Rey que Espera

El campamento macedonio amaneció en silencio.

No era el silencio posterior a la victoria.

Era el silencio que precede a algo más grande.

El emisario persa seguía arrodillado donde lo habían dejado, vigilado por dos soldados. No había pedido agua. No había suplicado. Solo observaba.

Alejandro salió de su tienda cuando el sol apenas tocaba el horizonte. Su armadura aún tenía manchas oscuras del Gránico.

Se detuvo frente al prisionero.

—¿Cómo te llamas?

El hombre lo miró con dignidad intacta.

—Mitrídates.

—Sirves directamente a Darío.

—Sirvo al Rey de Reyes.

Alejandro sonrió apenas.

—Aquí solo hay un rey.

Mitrídates no bajó la mirada.

—Eso está por verse.

Un murmullo incómodo recorrió a los oficiales presentes.

Parmenión dio un paso adelante.

—Majestad, no necesitamos su arrogancia. Podemos ejecutarlo.

Alejandro levantó la mano.

—No.

Se inclinó frente al persa.

—Dime algo, Mitrídates… ¿Darío teme que avance?

—Darío no teme.

—Todos los hombres temen.

—No cuando poseen el mundo.

Alejandro sostuvo esa frase en el aire como si pudiera pesarse.

—Entonces dile a tu rey algo de mi parte.

Los soldados tensaron las manos en sus lanzas.

—Dile que no vengo por su mundo.

Se acercó más.

—Vengo por él.

Por primera vez, los ojos del persa titilaron.

Solo un instante.

Pero Alejandro lo vio.

—Liberadlo —ordenó.

El campamento quedó inmóvil.

—¿Majestad? —preguntó Hefestión.

—Que regrese. Que lleve el mensaje completo.

Mitrídates se levantó lentamente.

—Te arrepentirás.

Alejandro dio media vuelta.

—Eso lo decidirán los dioses.

Mientras el emisario partía escoltado hasta los límites del campamento, Alejandro reunió a sus generales.

El mapa de Asia estaba extendido sobre la mesa.

—Hemos ganado una batalla —dijo—. No la guerra.

Parmenión señaló hacia el interior.

—Sardes caerá pronto. Después, las ciudades costeras. Debemos asegurar las rutas navales.

—No —respondió Alejandro con firmeza.

El general lo miró sorprendido.

—¿No?

—El corazón del imperio no late en sus puertos. Late donde está Darío.

Hefestión cruzó los brazos.

—¿Quieres marchar directamente hacia él?

—Quiero obligarlo a salir.

Parmenión negó con la cabeza.

—Eso es arriesgar demasiado. Necesitamos consolidar.

Alejandro lo miró largo rato.

—Si consolido, le doy tiempo. Si avanzo, lo obligo a reaccionar.

Se hizo el silencio.

El joven rey apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No hemos cruzado el mar para ser prudentes.

Días después, Sardes abrió sus puertas sin resistencia.

Los persas comprendieron que el joven macedonio no era un simple invasor.

Era una tormenta organizada.

En la sala del tesoro, Alejandro caminó entre columnas de oro y cofres rebosantes de plata.

Un oficial sonrió.

—Majestad… con esto podríamos regresar y gobernar Grecia durante generaciones.

Alejandro ni siquiera tocó el oro.

—No crucé el Helesponto por monedas.

Se detuvo ante una estatua persa tallada en marfil.

—Crucé por gloria.

Pero la gloria tiene precio.

Esa noche, un grupo de soldados macedonios fue encontrado muerto en las afueras del campamento.

Degollados.

Sin ruido.

Sin testigos.

Alejandro examinó los cuerpos.

—No fue combate —dijo Hefestión.

—No.

Parmenión se arrodilló junto a uno.

—Corte limpio. Profesional.

Alejandro miró hacia la oscuridad.

—No estamos solos.

Un explorador llegó corriendo.

—Majestad… hemos encontrado señales en las colinas. Jinetes persas. Observándonos.

Alejandro sintió algo distinto al entusiasmo de la batalla.

Una inteligencia opuesta.

Alguien estudiándolo.

Alguien paciente.

En una tienda persa, lejos de allí, un hombre contemplaba un mapa similar.

No llevaba corona visible.

Pero todos a su alrededor inclinaban la cabeza.

—Ha liberado al emisario —dijo un general.

El hombre asintió lentamente.

—Quiere que yo venga.

—Podemos esperar. Desgastarlo.

—No.

El Rey de Reyes apoyó un dedo sobre el mapa.

—Si lo dejamos avanzar, se convertirá en leyenda.

Sus ojos eran oscuros, calculadores.

—Yo no lucho contra leyendas. Las destruyo antes de que nazcan.

—¿Entonces marchamos?

Darío III levantó la vista.

—Movilizad el ejército imperial.

El general dudó.

—¿Personalmente, Majestad?

Darío sonrió apenas.

—Quiero ver el rostro del muchacho que cree poder desafiarme.

De vuelta en el campamento macedonio, la tensión era palpable.

Hefestión entró en la tienda de Alejandro sin anunciarse.

—Los hombres sienten que algo se acerca.

Alejandro estaba solo, observando una lámpara de aceite.

—Lo sé.

—¿Tienes dudas?

Alejandro alzó la mirada.

Por un instante, el muchacho de dieciséis años que domó a Bucéfalo parecía volver.

—No dudas.

Pausa.

—Expectativa.

Hefestión se sentó frente a él.

—¿Y si no es como los otros? ¿Y si Darío no huye?

Alejandro inclinó la cabeza.

—Entonces será digno.

El silencio se cargó de significado.

—¿Te das cuenta de lo que eso implica? —susurró Hefestión—. Si mueres aquí… todo lo que hiciste será recordado como arrogancia.

Alejandro sonrió.

—Si muero aquí, al menos morí avanzando.

Un trueno distante resonó en el cielo despejado.

No había tormenta.

Solo eco.

Al amanecer siguiente, un jinete llegó cubierto de polvo.

Cayó de su caballo antes de alcanzar la tienda.

—¡Majestad…!

Alejandro salió de inmediato.

—Habla.

—El ejército persa… no es un destacamento.

Respiró con dificultad.




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