El valle era demasiado estrecho para la cantidad de hombres que lo pisaban.
El polvo flotaba en el aire como una niebla seca. A un lado, las montañas se elevaban como murallas naturales; al otro, el mar oscuro respiraba con un rumor constante. Entre ambos extremos, dos ejércitos se observaban.
El mundo estaba contenido allí.
Alejandro avanzó unos pasos al frente de la línea macedonia. Bucéfalo resopló, percibiendo la tensión eléctrica que recorría el campo.
Al otro lado, el carro real persa brillaba con oro y púrpura. Estandartes inmensos ondeaban detrás. Miles de lanzas reflejaban el sol naciente.
—Majestad… —murmuró Parmenión— todavía podemos replegarnos hacia terreno más alto.
Alejandro no respondió.
Miraba al hombre en el carro.
Darío III.
El Rey de Reyes.
La distancia era grande, pero suficiente para sentir la presencia del otro. No como enemigo. Como espejo.
—Hoy —dijo Alejandro sin apartar la vista— no luchamos por territorio.
—¿Por qué entonces? —preguntó Hefestión.
Una leve sonrisa cruzó el rostro del joven rey.
—Por legitimidad.
El ejército persa comenzó a desplegarse con precisión impresionante. La caballería se extendió por los flancos. Los mercenarios griegos ocuparon el centro. Arqueros en segunda línea.
Darío no gritaba órdenes.
Simplemente observaba.
Un general persa se inclinó junto al carro real.
—Majestad, su número es reducido. Podemos envolverlos.
Darío sostuvo el látigo ceremonial en su mano.
—No subestimes a quien cruza un mar para buscarte.
—¿Teme algo?
Darío entrecerró los ojos.
—Temo el azar. No a los hombres.
En la línea macedonia, Alejandro cabalgó frente a sus tropas.
Hombres curtidos. Jóvenes sin barba. Veteranos del Gránico.
—¡Macedonios! —su voz no necesitó esfuerzo para imponerse—. Ante vosotros no está un ejército… está un mito.
Algunos rieron nerviosos.
—Os han dicho que son incontables. Que su rey gobierna desde el amanecer hasta el anochecer. Que el oro fluye como agua bajo sus pies.
Se inclinó levemente sobre la silla.
—Yo os digo algo distinto.
El silencio era absoluto.
—Ese hombre al otro lado sangra igual que vosotros.
Un murmullo comenzó a crecer.
—Hoy no enfrentamos al imperio.
Levantó la espada.
—Hoy enfrentamos a un hombre.
La energía cambió.
El miedo comenzó a transformarse.
—Y cuando ese hombre huya… —continuó— el imperio huirá con él.
El grito que siguió fue ensordecedor.
Los tambores persas golpearon primero.
El sonido era profundo, casi hipnótico.
Luego avanzaron.
Miles de pies levantando polvo. Caballos relinchando. Metal contra metal.
Alejandro no dio la orden de inmediato.
Esperó.
Parmenión lo miró con tensión visible.
—¡Majestad!
—Esperad.
El ejército persa se acercaba.
Más.
Más.
El suelo vibraba bajo las sandalias.
Entonces Alejandro bajó la espada.
—¡Ahora!
La falange macedonia avanzó como un solo organismo.
Las lanzas largas, las sarisas, se inclinaron hacia adelante formando un bosque mortal.
El primer choque fue brutal.
Gritos.
Huesos rompiéndose.
Escudos astillándose.
La caballería persa intentó envolver el flanco izquierdo.
Parmenión resistía con dificultad.
—¡Nos superan! —gritó un capitán.
—¡Resistid! —rugió el general.
En el centro, los mercenarios griegos combatían con fiereza.
Hefestión luchaba cerca de Alejandro.
—El flanco izquierdo cede —advirtió.
Alejandro evaluó en un instante.
Si Parmenión caía, quedarían rodeados.
Si abandonaba el centro, perderían presión sobre Darío.
Sus ojos buscaron el carro real.
Allí.
Aún inmóvil.
Decidió.
—¡Caballería de compañeros, conmigo!
Giró a Bucéfalo hacia la derecha.
No hacia el flanco débil.
Hacia el corazón.
—¡Majestad! —gritó Hefestión, comprendiendo—. ¡Es una locura!
Alejandro no miró atrás.
—Es el único camino.
La caballería macedonia se lanzó como un relámpago hacia el centro persa.
La velocidad fue su arma.
Los persas no esperaban un ataque directo contra el carro real.
El impacto abrió una grieta en la formación enemiga.
Alejandro cortaba, avanzaba, empujaba.
Cada golpe era preciso.
Cada movimiento calculado.
Un noble persa se interpuso.
El choque fue feroz.
Espadas trabadas.
Miradas furiosas.
—¡Muere, invasor!
Alejandro lo desarmó con un giro limpio y lo derribó bajo las patas de Bucéfalo.
Más jinetes se cerraban sobre él.
Una lanza rozó su muslo.
Sangre.
No se detuvo.
El carro real estaba cada vez más cerca.
Darío observaba con el rostro tenso.
No había esperado esto.
Un oficial persa gritó:
—¡Proteged al Rey!
La guardia real formó un muro humano.
Pero Alejandro no buscaba destruir la guardia.
Buscaba romper la ilusión.
Se lanzó directamente hacia el frente del carro.
Por un instante, los ojos de ambos reyes se encontraron a pocos metros.
Alejandro vio algo que no esperaba.
No arrogancia.
No desprecio.
Duda.
Un soldado persa cargó hacia él.
Clito apareció de nuevo, interceptándolo.
La batalla se volvió caos puro.
Caballos cayendo.
Hombres aplastados.
Alejandro levantó la espada para un golpe final contra el círculo protector.
Entonces…
El carro real se movió.
Darío dio la orden.
Retroceder.
No huía aún.
Pero retrocedía.
Y ese movimiento fue suficiente.
Los persas en el centro vacilaron.
La vacilación se convirtió en fisura.
La fisura en pánico.
—¡El Rey se retira!
El rumor fue como veneno en las filas.
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suspenso psicológico, novela histórica épica, aventura bélica
Editado: 21.02.2026