La tienda real estaba iluminada con lámparas persas.
El oro no brillaba con arrogancia; parecía observar.
Alejandro permanecía de pie frente a la madre de Darío, Sisigambis. La mujer no se inclinaba por completo. Tampoco desafiaba.
Lo estudiaba.
Como si intentara decidir si aquel joven de mirada intensa era un bárbaro con suerte… o algo más peligroso.
—¿Sabes quién soy? —preguntó ella finalmente.
Alejandro sostuvo su mirada sin arrogancia.
—La madre del hombre que huyó hoy.
Un murmullo tenso recorrió a los oficiales macedonios presentes.
Sisigambis no se ofendió.
—Mi hijo no huyó. Se retiró para preservar el imperio.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—Yo preservo el mío enfrentando el peligro.
Silencio.
La esposa de Darío apretó las manos con nerviosismo. Las jóvenes princesas observaban con miedo contenido.
Hefestión, de pie a un lado, percibía la tensión invisible.
Sisigambis habló de nuevo.
—¿Qué harás con nosotras?
Alejandro respondió sin dudar.
—Nada que no desearía para mi propia madre.
Parmenión alzó apenas las cejas.
Alejandro continuó:
—Seguiréis siendo tratadas como realeza. Vuestros sirvientes serán respetados. Nadie os tocará.
Sisigambis inclinó levemente la cabeza.
Pero antes de que pudiera hablar, algo inesperado ocurrió.
Se levantó y caminó hacia Hefestión.
Se inclinó ante él.
—Gran Rey.
Un silencio absoluto.
Hefestión quedó inmóvil.
Alejandro contuvo una sonrisa.
Sisigambis comprendió el error al instante.
—He confundido…
Alejandro la interrumpió con suavidad.
—No te has equivocado.
Todos lo miraron.
—Él también es Alejandro.
Hefestión lo miró, sorprendido.
Sisigambis respiró aliviada.
Alejandro agregó:
—En mi reino, el honor no es exclusivo.
La tensión se disipó lentamente.
Pero el mensaje fue claro.
No solo había derrotado a Darío en el campo.
Estaba comenzando a ocupar su lugar.
Esa noche, solo en su tienda, Alejandro observaba el manto real persa extendido sobre una mesa.
No lo había tocado desde la batalla.
Lo miraba como si fuera un enemigo.
Hefestión entró sin anunciarse.
—La madre de Darío te respeta.
—No busco su respeto.
—Lo has ganado.
Alejandro se acercó al manto.
—¿Sabes lo que representa esto?
—Poder.
—No.
Lo levantó con ambas manos.
—Continuidad.
Hefestión lo observó con atención.
—Si tomo esto —continuó Alejandro—, no seré solo conquistador. Seré heredero.
—¿Y eso te asusta?
Alejandro guardó silencio unos segundos.
—No vine a reemplazar a Darío.
Se volvió hacia su amigo.
—Vine a superarlo.
Al amanecer, el campamento se agitó con noticias urgentes.
Un mensajero exhausto cayó de rodillas ante Alejandro.
—Majestad… Darío ha convocado a todos los sátrapas. Babilonia, Susa, Media… todos marchan hacia él.
Parmenión frunció el ceño.
—Eso significa cientos de miles.
—Más —susurró el mensajero.
Alejandro no mostró reacción visible.
—¿Dónde se concentran?
—En las llanuras al este… un lugar llamado Gaugamela.
El nombre quedó suspendido en el aire.
—Terreno amplio —murmuró Parmenión— perfecto para su caballería y carros falcados.
—Perfecto para aplastarnos —añadió un capitán con tono sombrío.
Alejandro caminó lentamente hacia el mapa.
Gaugamela.
Plano.
Extenso.
Sin refugio natural.
—Él elige el terreno —dijo Hefestión.
—Porque cree que controla el resultado.
Alejandro apoyó el dedo sobre el mapa.
—Entonces iremos.
Parmenión lo miró fijamente.
—¿Directamente?
—Directamente.
—Majestad… esta vez no huirá.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Eso espero.
Mientras tanto, en el corazón del Imperio Persa, Darío III se encontraba en consejo.
El salón era inmenso. Columnas de piedra decoradas con relieves de leones y toros alados.
Los generales se inclinaban ante él.
—El macedonio avanza hacia el este —informó uno.
Darío no parecía alterado.
—Que avance.
—Majestad… su audacia no debe subestimarse.
Darío se levantó lentamente.
—En Issos fue la sorpresa. En Gaugamela será la certeza.
Se acercó a una ventana abierta.
El sol iluminaba el horizonte infinito.
—He ordenado alisar el terreno. Quitar piedras. Nivelar la tierra.
Los generales intercambiaron miradas.
—¿Para qué, Majestad?
Darío giró.
—Para que sus caballos no encuentren excusas.
El silencio fue profundo.
—Esta vez —continuó— no retrocederé.
Sus ojos ardían con algo nuevo.
No duda.
Determinación absoluta.
—Que el mundo vea cómo cae el conquistador.
En el campamento macedonio, la tensión crecía con cada jornada de marcha.
Las noticias del tamaño del ejército persa se multiplicaban.
Algunos hablaban de un millón.
Otros de criaturas exóticas y carros con cuchillas capaces de segar filas enteras.
Un joven soldado se acercó a Hefestión una noche.
—¿Es verdad que el Gran Rey tiene elefantes?
Hefestión sonrió apenas.
—Quizá.
—¿Y que su guardia es invencible?
—Nada es invencible.
—¿Ni siquiera él?
Hefestión miró hacia la tienda real.
—Especialmente él.
Esa misma noche, Alejandro soñó.
No con victoria.
Con caída.
Se vio solo en medio de una llanura infinita.
Sin ejército.
Sin estandartes.
Solo él y Darío.
El persa no llevaba espada.
Solo una corona.
Y la colocaba sobre la cabeza de Alejandro.
—Tómala —decía en el sueño—. Si puedes sostenerla.
Alejandro despertó sobresaltado.
Respiraba con dificultad.
El fuego de la lámpara parpadeaba.
#1825 en Otros
#337 en Novela histórica
#135 en Aventura
suspenso psicológico, novela histórica épica, aventura bélica
Editado: 21.02.2026