La llanura de Gaugamela respiraba oscuridad.
El viento arrastraba arena fina que golpeaba los rostros como un presagio. A lo lejos, miles de antorchas persas comenzaban a moverse como un enjambre de luciérnagas decididas a envolver su presa.
Alejandro permanecía inmóvil sobre una elevación leve del terreno.
—Están extendiéndose en arco —murmuró Parmenión—. Intentan rodearnos antes del amanecer.
—Quieren que despertemos ya derrotados —respondió Alejandro con serenidad helada.
Hefestión se acercó.
—¿Atacamos ahora?
Alejandro observó el movimiento enemigo con atención obsesiva.
—No.
—¿Esperamos?
—Nos movemos.
Parmenión frunció el ceño.
—¿Mover todo el ejército en la oscuridad?
Alejandro lo miró con firmeza.
—Si el terreno es su ventaja, la incertidumbre será la nuestra.
Las órdenes se propagaron en susurros veloces.
Sin tambores.
Sin trompetas.
Solo señales con antorchas cubiertas y oficiales corriendo de tienda en tienda.
La falange comenzó a desplazarse en silencio, girando ligeramente hacia el norte.
Los persas no lo esperaban.
Un joven soldado, temblando, susurró a su compañero:
—No veo el final de su ejército.
—No necesitas verlo —respondió el otro—. Solo necesitas mantener tu lanza firme.
Alejandro cabalgaba despacio, inspeccionando las líneas.
Se detuvo junto a un grupo de veteranos.
—¿Miedo? —preguntó.
Uno de ellos, cicatrices cruzando su rostro, respondió:
—Siempre.
Alejandro asintió.
—Bien.
El soldado parpadeó.
—¿Bien?
—El miedo mantiene vivos a los hombres inteligentes.
En el campamento persa, Darío observaba el desplazamiento macedonio desde una colina.
—Se mueven —dijo un general.
—Lo veo.
—¿Nos persiguen?
Darío negó lentamente.
—Nos evitan.
Sus ojos se estrecharon.
—Quiere obligarnos a reorganizarnos antes del amanecer.
El general dudó.
—¿Ordenamos ataque inmediato?
Darío guardó silencio unos segundos.
—No.
—¿Majestad?
—Quiere que reaccionemos. Quiere caos.
Su voz se volvió más fría.
—Mañana lucharemos con claridad.
Pero en el fondo de su mente, una grieta comenzó a abrirse.
El macedonio no actuaba como un joven imprudente.
Actuaba como un estratega.
La noche avanzó.
Ambos ejércitos se observaron desde la distancia, reajustándose como dos titanes que midieran su postura antes de golpearse.
Hefestión se acercó a Alejandro cuando las primeras luces del alba comenzaron a insinuarse.
—No han atacado.
—No.
—¿Eso te tranquiliza?
Alejandro miró el horizonte.
—Me preocupa.
Antes de que el sol emergiera por completo, Alejandro reunió a sus generales.
El polvo flotaba en el aire como humo suspendido.
—Hoy no luchamos solo contra hombres —dijo—. Luchamos contra una imagen.
Parmenión cruzó los brazos.
—¿Imagen?
—La imagen de que son invencibles.
Señaló hacia el vasto ejército persa que ya comenzaba a alinearse.
Carros con cuchillas relucientes.
Caballería masiva.
Infantería interminable.
—Si destruimos esa imagen —continuó Alejandro—, destruimos su voluntad.
Hefestión sostuvo su mirada.
—¿Y cómo destruyes algo tan grande?
Alejandro respondió con una calma que inquietaba.
—Rompiendo el centro.
Parmenión lo miró fijamente.
—Directo hacia Darío otra vez.
—Sí.
—Es lo que esperará.
—Exacto.
Silencio.
Alejandro explicó el plan con precisión quirúrgica.
Avanzarían en diagonal hacia la derecha, forzando a los persas a extender su línea. Cuando el centro enemigo se debilitara para cubrir el movimiento, la caballería de compañeros penetraría en el hueco.
—Si fallamos —dijo Parmenión en voz baja—, nos rodearán.
Alejandro asintió.
—Entonces no fallaremos.
El sol emergió.
Y con él, el rugido.
Tambores persas.
Cuernos macedonios.
El aire vibraba.
Los carros falcados comenzaron a avanzar primero.
Sus cuchillas laterales giraban bajo la luz como alas mortales.
Un murmullo recorrió la falange.
Alejandro alzó la voz.
—¡Abrid filas cuando se acerquen!
Los carros aceleraron.
El suelo temblaba.
Algunos soldados retrocedieron instintivamente.
—¡Mantened posición! —gritó Hefestión.
En el último instante, las filas macedonias se abrieron.
Los carros atravesaron el vacío… y fueron rodeados.
Los conductores cayeron bajo lanzas precisas.
Los caballos desbocados fueron abatidos.
El arma más temida del imperio quedó neutralizada en minutos.
Parmenión exhaló con fuerza.
—Uno menos.
Pero la caballería persa ya avanzaba en oleadas masivas.
El choque en el flanco izquierdo fue brutal.
Parmenión resistía con dificultad creciente.
—¡Nos superan cinco a uno! —gritó un capitán.
Alejandro observaba.
Esperaba.
Esperaba el momento exacto.
El centro persa comenzaba a estirarse para sostener el avance.
Ahí.
Una grieta.
Pequeña.
Pero real.
Alejandro giró hacia su caballería.
—¡Conmigo!
Bucéfalo se lanzó hacia adelante.
La formación macedonia cambió de ritmo, como un latido acelerándose.
La diagonal se convirtió en embestida.
Darío lo vio.
Por primera vez, su rostro perdió serenidad.
—¡Refuercen el centro!
Pero ya era tarde.
Alejandro penetró el espacio abierto como una lanza humana.
El choque fue devastador.
Caballos cayendo.
Gritos.
Metal chocando con violencia.
Hefestión luchaba a su lado.
—¡Estamos dentro!
Alejandro avanzaba sin mirar atrás.
Todo su mundo se redujo a un punto.
El carro real.
Darío.
Cada golpe que daba era más que combate.
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suspenso psicológico, novela histórica épica, aventura bélica
Editado: 21.02.2026