Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 8 - Babilonia: La Ciudad que Se Arrodilla

El polvo de Gaugamela aún flotaba en la memoria de los hombres cuando las puertas de Babilonia comenzaron a abrirse.

No fue un crujido.

Fue un suspiro.

La ciudad más antigua del mundo, corazón del imperio persa, se rendía sin lucha.

Alejandro cabalgaba al frente, Bucéfalo avanzando con paso firme sobre el camino ceremonial. A ambos lados, sacerdotes babilonios vestían túnicas blancas y sostenían ramas de palma. El aire estaba impregnado de incienso y expectativa.

No había gritos de guerra.

Había música.

Flautas.

Tambores suaves.

Un desfile preparado para un conquistador.

Parmenión se inclinó ligeramente hacia él.

—Es una trampa demasiado elegante.

Alejandro observó las murallas colosales, las puertas decoradas con toros alados, el azul profundo de la Puerta de Ishtar.

—No —dijo con calma—. Es política.

Hefestión sonrió apenas.

—Te reciben como rey.

—Porque saben que lo soy.

El sátrapa babilonio se adelantó con pasos medidos. Se arrodilló ante Alejandro.

—Gran señor —dijo en persa fluido—, Babilonia te reconoce como legítimo soberano.

Un murmullo recorrió la multitud.

Alejandro desmontó.

Caminó hasta quedar frente al hombre.

—¿Y vuestro antiguo rey?

El sátrapa bajó la cabeza.

—Ha huido hacia el este.

La palabra quedó suspendida en el aire.

Huido.

Alejandro sostuvo su mirada.

—Entonces Babilonia no se arrodilla ante mí por lealtad.

—Se arrodilla por supervivencia.

Alejandro sonrió.

—Eso es más honesto.

La entrada fue majestuosa.

Los jardines colgantes —si realmente eran tan magníficos como los relatos— se alzaban como un milagro suspendido en piedra y vegetación. Los soldados macedonios caminaban con asombro apenas disimulado.

Un joven murmuró:

—Es más grande que cualquier ciudad que haya visto.

Otro respondió:

—Y ahora es nuestra.

Alejandro escuchó aquello sin corregir.

Pero en su interior, algo cambió.

No era conquista lo que sentía.

Era absorción.

El imperio no caía.

Se transformaba.

Y comenzaba a incluirlo.

En el templo de Marduk, los sacerdotes esperaban.

Uno de ellos, anciano y de ojos penetrantes, habló en voz baja:

—Los dioses observan a los reyes con severidad.

Alejandro sostuvo su mirada.

—Entonces que observen.

El sacerdote se acercó con una corona ceremonial.

No persa.

Babilonia.

La colocó sobre su cabeza.

Por un instante, el joven macedonio sintió el peso simbólico.

No era solo metal.

Era legitimidad.

Hefestión observaba desde la distancia.

Parmenión, más atrás, murmuró a un capitán:

—Está adoptando sus costumbres.

El capitán respondió:

—¿Eso es malo?

Parmenión no contestó.

Esa noche, en el palacio de Nabucodonosor, Alejandro caminaba por salones inmensos decorados con relieves de antiguas victorias.

Se detuvo frente a una escena tallada en piedra.

Un rey dominando enemigos.

Un león bajo sus pies.

Hefestión se acercó.

—Ahora entiendes por qué no huyeron.

Alejandro pasó la mano sobre la piedra fría.

—No me temen.

—Te respetan.

—No.

Giró hacia su amigo.

—Me reconocen.

Silencio.

—¿Eso te preocupa?

Alejandro caminó hacia una ventana abierta.

La ciudad brillaba bajo la luna.

—Un conquistador destruye.

Pausa.

—Un rey gobierna.

Hefestión lo miró con intensidad.

—¿Y qué eres ahora?

Alejandro no respondió de inmediato.

—Aún lo estoy decidiendo.

Pero no todos celebraban.

En una sala privada, algunos oficiales macedonios conversaban con tono tenso.

—Se inclina ante sacerdotes extranjeros.

—Acepta coronas que no son nuestras.

—Se viste con seda persa.

Uno golpeó la mesa.

—¡No cruzamos el mar para convertirnos en ellos!

Clito escuchaba en silencio.

Sus ojos reflejaban algo más profundo que simple descontento.

Duda.

Mientras tanto, al este, en las montañas de Media, Darío III cabalgaba bajo el frío viento nocturno.

No llevaba carro.

No llevaba séquito majestuoso.

Solo leales.

Y traidores potenciales.

Uno de sus sátrapas, Bessos, cabalgaba cerca.

—Majestad —dijo con tono cuidadosamente medido—, el imperio aún te pertenece.

Darío no respondió.

—Las provincias orientales te son fieles.

Silencio.

—Pero debemos reorganizarnos.

Darío se detuvo abruptamente.

—¿Reorganizar… o abandonar?

Bessos sostuvo su mirada.

—Preservar.

Darío descendió del caballo.

Miró hacia el oeste.

Hacia el lugar donde había dejado dos ejércitos destruidos.

—El macedonio me persigue no por territorio…

Giró lentamente.

—Sino por mí.

Bessos inclinó la cabeza.

—Entonces debemos hacerlo pagar por cada paso.

Pero en su mente, otro pensamiento crecía.

Si Darío ya no era capaz de vencer…

Quizá otro debía ocupar su lugar.

En Babilonia, Alejandro recibió una carta interceptada.

Un oficial la entregó con cautela.

—Interceptada en el camino hacia el este.

Alejandro rompió el sello.

Sus ojos recorrieron el texto rápidamente.

Hefestión observaba cada gesto.

—¿Qué dice?

Alejandro levantó la vista.

—Que Darío no huye solo.

—¿Aliados?

—Sí.

Pausa.

—Y desconfianza entre ellos.

Hefestión comprendió.

—¿Traición?

Alejandro asintió lentamente.

—Si sus propios hombres dudan…

Dejó la frase inconclusa.

Parmenión entró en ese momento.

—Majestad, los hombres celebran tu coronación como Rey de Asia.

Alejandro lo miró con intensidad.

—No soy rey de Asia.

Parmenión frunció el ceño.

—¿No?

—Aún no.




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