El amanecer en Babilonia no fue dorado.
Fue gris.
El calor aún no se levantaba de las piedras cuando un jinete exhausto cruzó la Puerta de Ishtar sin detenerse ante los guardias. Su caballo sangraba por los ijares. Él también.
—¡Para el rey! —gritó con voz quebrada.
Lo condujeron al palacio de inmediato.
Alejandro estaba ya despierto. No había dormido más de unas horas. Desde la ventana alta observaba la ciudad que ahora lo llamaba señor.
Cuando el mensajero fue arrojado de rodillas ante él, el aire se tensó.
—Habla —ordenó Alejandro.
El hombre respiraba con dificultad.
—Majestad… Darío… ha sido traicionado.
El silencio cayó como una espada.
Hefestión dio un paso adelante.
—¿Qué significa eso?
—Sus propios hombres… Bessos… lo han arrestado. Lo llevan hacia el este… dicen que ya no es digno de reinar.
Parmenión frunció el ceño.
—¿Arrestado?
—Encadenado —susurró el mensajero.
Alejandro no parpadeó.
—¿Está vivo?
—Sí… pero debilitado.
Un latido.
Dos.
Alejandro descendió lentamente los escalones del salón.
—¿Dónde?
—En las rutas hacia Bactria.
Hefestión comprendió antes que nadie.
—Si Bessos lo ejecuta…
Alejandro terminó la frase.
—Se proclamará rey.
Parmenión asintió.
—Y legitimará la resistencia oriental.
El joven macedonio cerró los ojos apenas un segundo.
La guerra cambiaba de forma.
Ya no era solo persecución.
Era carrera contra el tiempo.
—Preparen el ejército —ordenó—. Partimos hoy.
Parmenión lo miró con incredulidad.
—¿Hoy? Necesitamos consolidar Babilonia.
Alejandro sostuvo su mirada con fuego contenido.
—No vine hasta aquí para que otro mate a mi enemigo.
La marcha hacia el este fue implacable.
El calor babilonio dio paso a vientos secos y paisajes ásperos. Las celebraciones quedaron atrás como un recuerdo distante.
El ejército avanzaba con urgencia nueva.
No perseguían ya a un rey soberbio.
Perseguían a un hombre encadenado.
Hefestión cabalgaba junto a Alejandro.
—Si lo encuentras vivo… ¿qué harás?
Alejandro no respondió de inmediato.
El polvo se levantaba bajo las patas de Bucéfalo.
—Lo trataré como rey.
Hefestión lo miró con atención.
—Aunque sea tu enemigo.
—Precisamente porque lo es.
En algún lugar al este, bajo un cielo abrasador, Darío III era transportado en un carro improvisado.
No llevaba corona.
No llevaba cetro.
Sus muñecas estaban atadas con cuerdas gruesas.
El hombre que una vez gobernó desde Egipto hasta la India ahora apenas podía sostener la mirada.
Bessos cabalgaba cerca.
—No era necesario esto —dijo Darío con voz debilitada.
Bessos no lo miró.
—Era inevitable.
—Me juraste lealtad.
—Se la juré al imperio.
Darío sonrió con amargura.
—El imperio era yo.
Bessos finalmente se detuvo y lo enfrentó.
—El imperio necesita un rey que no huya.
La palabra fue una herida.
Darío sostuvo su mirada.
—¿Y tú lo eres?
Silencio.
Un viento seco atravesó la llanura.
—Si Alejandro te alcanza —continuó Darío—, no te reconocerá como rey.
Bessos inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces debo asegurarme de que no te alcance.
La persecución se volvió brutal.
Alejandro redujo equipaje. Dejó atrás parte de la infantería pesada. Avanzó con caballería ligera y lo esencial.
—Estamos forzando demasiado —advirtió Parmenión.
—Ellos también lo están —respondió Alejandro.
Un explorador llegó con noticias.
—Los persas están a menos de dos jornadas. Se mueven rápido… pero hay tensión entre ellos.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Eso es bueno.
Pero en su interior sabía algo distinto.
Cada hora que pasaba aumentaba la probabilidad de que Bessos tomara una decisión irreversible.
La segunda noche de persecución fue fría.
El desierto cambió de rostro.
Alejandro permanecía despierto junto al fuego bajo.
Hefestión se sentó a su lado.
—¿Qué te preocupa?
Alejandro miró las llamas.
—Que llegue tarde.
—No puedes controlar eso.
—No.
Pausa.
—Pero puedo acelerar.
Hefestión lo observó.
—¿Por qué es tan importante para ti capturarlo vivo?
Alejandro tardó en responder.
—Porque si lo matan como a un animal… el mundo dirá que el Rey de Reyes murió huyendo.
—Y si tú lo encuentras vivo.
—Morirá como rey.
Hefestión comprendió entonces.
No era compasión.
Era narrativa.
Legitimidad.
Historia.
Al amanecer siguiente, el horizonte reveló señales claras.
Restos de carros.
Cuerdas cortadas.
Huellas caóticas.
Alejandro desmontó y examinó el terreno.
—Aquí discutieron —murmuró.
Un oficial señaló hacia adelante.
—Hay sangre.
Un silencio espeso cayó sobre los presentes.
Alejandro sintió el pulso golpear en su cuello.
—Avanzad.
La caballería aceleró.
Y entonces lo vieron.
Un carro abandonado en medio de la nada.
Dos cuerpos persas muertos cerca.
Y dentro…
Un hombre.
Aún respirando.
Alejandro desmontó antes de que Bucéfalo se detuviera por completo.
Se acercó lentamente.
Darío III yacía herido, atravesado por varias lanzas.
Su túnica real estaba manchada de sangre oscura.
Sus ojos apenas podían sostenerse abiertos.
Cuando vio la silueta del macedonio inclinarse sobre él, una extraña calma cruzó su rostro.
—Llegaste… tarde —susurró.
Alejandro se arrodilló junto a él.
—No.
Darío tosió sangre.
—Mi imperio… ya no es mío.
Alejandro sostuvo su cabeza con cuidado.
—Aún eres rey.
Una leve sonrisa apareció en los labios del persa.
#1825 en Otros
#337 en Novela histórica
#135 en Aventura
suspenso psicológico, novela histórica épica, aventura bélica
Editado: 21.02.2026