Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 10 - La Sombra del Traidor

El cuerpo de Darío partió hacia Persépolis bajo escolta real.

Alejandro observó la procesión alejarse en silencio. No había júbilo en su rostro. Tampoco compasión visible. Solo una gravedad nueva, más profunda que la victoria.

—Ahora eres el único rey —murmuró Hefestión a su lado.

Alejandro no respondió.

Porque sabía que no era cierto.

Mientras Bessos respirara bajo el nombre robado de Artajerjes, el imperio seguiría dividido.

Y un imperio dividido no se gobierna.

Se desangra.

Las montañas del este se alzaban como muros de piedra oscura.

Bactria.

Tierra áspera. Indómita. Leal no a coronas, sino a hombres fuertes.

Alejandro avanzaba con caballería ligera. El resto del ejército seguía a distancia.

—Se mueve rápido —informó un explorador—. Bessos intenta ganar tiempo.

—¿Cuántos hombres conserva? —preguntó Parmenión.

—No muchos. Pero suficientes para provocar guerrillas.

Alejandro asintió.

—Entonces no luchará en campo abierto.

—Nos obligará a perseguirlo montaña arriba —añadió Hefestión.

Alejandro sonrió apenas.

—Perfecto.

Parmenión frunció el ceño.

—No parece perfecto.

—Lo es —respondió Alejandro—. Un traidor que huye demuestra debilidad. Y la debilidad descompone alianzas.

En un campamento improvisado entre colinas, Bessos observaba el horizonte con inquietud.

Había tomado la corona.

Pero no el respeto.

—Se acerca rápido —dijo uno de sus oficiales.

—Lo sé.

—Algunos de los nuestros… dudan.

Bessos se volvió con brusquedad.

—¿Dudan de qué?

—De ti.

El silencio fue pesado.

—Juraste que Darío era el obstáculo —continuó el oficial—. Pero Alejandro lo honró como rey. Eso ha confundido a muchos.

Bessos apretó los puños.

—Honrar a un muerto es fácil. Gobernar un imperio es distinto.

—Pero él ahora es visto como vengador.

La palabra cayó como un golpe.

Vengador.

No conquistador.

Bessos comprendió demasiado tarde el error.

Al matar a Darío, había entregado a Alejandro la legitimidad moral.

—Entonces debemos matarlo antes de que llegue aquí.

Pero en su interior sabía la verdad.

No era tan sencillo.

La persecución se volvió despiadada.

Alejandro redujo aún más su escolta.

Marchaban casi sin descanso.

Un soldado cayó agotado y no volvió a levantarse.

Otro perdió su caballo en una pendiente traicionera.

Hefestión se acercó una noche mientras Alejandro estudiaba un mapa iluminado por fuego tenue.

—Estás forzando demasiado.

—Él también.

—No somos iguales.

Alejandro levantó la mirada.

—Exacto.

—¿Qué significa eso?

—Significa que yo no huyo.

Silencio.

Hefestión sostuvo su mirada con intensidad.

—¿Y si esto no es sobre Bessos?

Alejandro no respondió.

—¿Y si es sobre ti? —insistió—. Sobre probar que no eres como Darío.

El fuego parpadeó entre ambos.

Alejandro finalmente habló.

—Si dejo que un traidor gobierne lo que he ganado… entonces todo lo que hice carece de sentido.

Hefestión comprendió.

No era venganza.

Era coherencia.

Al tercer día, un grupo de jinetes bactrianos desertó y se presentó ante Alejandro.

Se arrodillaron.

—Bessos nos ha mentido —dijo su líder—. No es rey. Es asesino.

Alejandro descendió del caballo.

—¿Dónde está?

El bactriano dudó.

—Se dirige hacia el norte… hacia el río Oxo.

Parmenión intercambió una mirada con Hefestión.

—Si cruza el río, lo perderemos entre tribus nómadas.

Alejandro no necesitó más.

—Partimos ahora.

La marcha final fue brutal.

El terreno se volvió más traicionero.

Rocas sueltas.

Senderos estrechos.

Viento cortante.

Pero el río apareció finalmente en el horizonte.

Y en su orilla opuesta…

Un campamento disperso.

Demasiado silencioso.

Alejandro alzó la mano.

—Cuidado.

La caballería avanzó en formación abierta.

No hubo resistencia.

No hubo flechas.

Solo tiendas abandonadas.

Y una figura atada a un poste.

Bessos.

Despojado de túnicas reales.

Golpeado.

Traicionado por los suyos.

Uno de los bactrianos se inclinó ante Alejandro.

—Te lo entregamos.

Alejandro descendió lentamente.

Se acercó al hombre que se había proclamado rey.

Bessos levantó la mirada con mezcla de odio y miedo.

—No tienes derecho —escupió.

Alejandro lo observó en silencio largo.

—¿Derecho?

Se inclinó hasta quedar a su altura.

—Mataste a tu rey.

—Era débil.

—Era legítimo.

Bessos intentó sonreír.

—Tú no eres persa.

Alejandro sostuvo su mirada.

—Ya no importa.

Silencio.

—¿Qué harás conmigo? —preguntó Bessos con voz más baja.

Alejandro se puso de pie.

—Lo que pedía Darío.

Parmenión observaba con atención.

Hefestión también.

Alejandro dio la orden:

—Será llevado ante las ciudades persas. Juzgado como traidor. Y ejecutado como ejemplo.

Bessos gritó:

—¡No eres rey! ¡Eres invasor!

Alejandro se detuvo sin volverse.

—No —dijo con voz helada—. Soy el hombre que castiga a los traidores.

Esa noche, el ejército acampó junto al río Oxo.

La tensión se disipaba lentamente.

Pero Alejandro permanecía despierto.

Observaba el agua fluir bajo la luna.

Hefestión se acercó.

—Lo has conseguido.

Alejandro no apartó la vista del río.

—Sí.

—Entonces ¿por qué no parece victoria?

El viento sopló frío.

—Porque cada vez que elimino a un enemigo…

Pausa.

—Me acerco más a algo que no comprendo del todo.

Hefestión lo miró.

—¿Qué cosa?

Alejandro finalmente giró.

—A convertirme en lo que antes combatía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.