El río Oxo era más que agua.
Era frontera.
El viento descendía desde las montañas con un filo que cortaba la piel. El ejército macedonio se desplegaba a lo largo de la orilla, preparando balsas improvisadas, tensando cuerdas, asegurando caballos.
Alejandro permanecía de pie sobre una roca elevada, contemplando el otro lado.
No veía ejércitos.
No veía estandartes.
Y eso lo inquietaba más que cualquier formación persa.
—Demasiado silencio —murmuró Hefestión.
Parmenión asintió.
—Eso no es silencio. Es espera.
Alejandro descendió de la roca.
—Entonces no les daremos tiempo.
El cruce fue tenso.
Las aguas eran frías y traicioneras. Algunos soldados fueron arrastrados por la corriente antes de ser rescatados. Caballos relinchaban con desesperación.
Alejandro cruzó entre los primeros.
No era imprudencia.
Era mensaje.
Cuando alcanzó la otra orilla, clavó la lanza en la tierra húmeda.
—Adelante.
El ejército se reagrupó lentamente.
Pero el enemigo no apareció.
No en masa.
No en formación.
Solo sombras.
Un arquero cayó sin que nadie viera la flecha que lo alcanzó.
Un explorador desapareció entre colinas.
Un centinela fue hallado muerto con la garganta abierta.
Parmenión frunció el ceño.
—Guerrilla.
Alejandro asintió.
—No quieren vencer.
—Quieren desgastarnos.
—Entonces aprenderemos a ser más resistentes que ellos.
Las montañas de Sogdiana se alzaban como murallas naturales.
Senderos estrechos serpenteaban entre precipicios.
El ejército macedonio, diseñado para la guerra abierta, se veía obligado a fragmentarse.
Esa fragmentación era peligrosa.
Un destacamento de cincuenta hombres no regresó una tarde.
Solo encontraron escudos abandonados.
Hefestión entró en la tienda de Alejandro con expresión grave.
—Nos observan desde lo alto.
Alejandro estudiaba un mapa rudimentario.
—¿Los ves?
—Apenas sombras.
—Eso basta.
Hefestión lo miró fijamente.
—Esto no es Persia. No hay ciudades que tomar. No hay reyes visibles.
Alejandro levantó la vista.
—Entonces tomaremos el terreno.
—¿Cómo se toma una montaña?
Alejandro no respondió de inmediato.
Pero en sus ojos apareció algo nuevo.
Determinación obstinada.
Días después, un mensajero trajo noticia inesperada.
—Majestad… un líder local desea hablar contigo.
Parmenión bufó.
—¿Trampa?
Alejandro sonrió apenas.
—Tal vez.
El encuentro fue en una llanura estrecha entre dos elevaciones.
El líder sogdiano apareció sin escolta visible.
Alto. Delgado. Ojos penetrantes.
—Soy Espitamenes —dijo con voz serena.
Alejandro desmontó, dejando a su guardia a unos pasos.
—Habla.
—No luchamos por Darío.
—Lo sé.
—No luchamos por Bessos.
—También lo sé.
Espitamenes inclinó ligeramente la cabeza.
—Luchamos porque no te reconocemos.
Silencio.
El viento silbaba entre rocas.
—¿Qué necesitas para reconocerme? —preguntó Alejandro.
Espitamenes lo observó con intensidad.
—Que no seas otro invasor.
Alejandro sostuvo su mirada.
—No soy invasor.
—Entonces ¿qué eres?
Pausa.
—Soy rey.
Espitamenes negó lentamente.
—Rey no es quien conquista.
—Es quien gobierna.
Un leve brillo apareció en los ojos del sogdiano.
—Entonces gobierna sin destruirnos.
Parmenión dio un paso adelante.
—¡Majestad, no podemos confiar—!
Alejandro alzó la mano.
—Si me ayudas a pacificar estas tierras… conservarás tu posición.
Espitamenes sonrió apenas.
—No busco posición.
—¿Entonces?
—Busco libertad.
Silencio denso.
Alejandro respondió con calma.
—La libertad sin orden es caos.
—Y el orden sin libertad es esclavitud.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Era más que negociación.
Era choque de visiones.
Finalmente, Espitamenes dio un paso atrás.
—Veremos qué tipo de rey eres.
Y desapareció entre las rocas.
Esa misma noche, un ataque sorpresa golpeó un campamento secundario macedonio.
Fuego.
Flechas desde la oscuridad.
Gritos.
Alejandro llegó cuando las llamas aún ardían.
Vio cuerpos de sus hombres.
Vio miedo en los ojos de los supervivientes.
—Espitamenes —murmuró Parmenión.
Alejandro observó el cielo oscuro.
No era furia lo que sentía.
Era desafío.
—Quiere probarme.
Hefestión se acercó.
—¿Responderemos con brutalidad?
Alejandro tardó en hablar.
—Responderemos con inteligencia.
Durante semanas, la guerra se volvió invisible.
Emboscadas.
Ataques relámpago.
Desapariciones.
El ejército macedonio comenzó a cansarse.
Un grupo de oficiales discutía en voz baja.
—No era esto lo que firmamos.
—Persia tenía ciudades, tesoros.
—Aquí solo hay piedras y muerte.
Clito escuchaba en silencio otra vez.
La tensión crecía.
Una noche, Alejandro decidió algo inesperado.
Reunió a sus generales.
—Adoptaremos tácticas locales.
Parmenión levantó la vista.
—¿Qué significa eso?
—Unidades más pequeñas. Movilidad. Aprenderemos su terreno.
—Eso diluye nuestra fuerza.
—O la transforma.
Hefestión comprendió antes que nadie.
—Te estás adaptando.
Alejandro sostuvo su mirada.
—El que no se adapta, muere.
Días después, una unidad macedonia logró sorprender a un grupo de guerrilleros sogdianos.
Entre ellos había jóvenes apenas mayores que adolescentes.
Uno fue capturado vivo.
Lo llevaron ante Alejandro.
El joven escupió a sus pies.
—No nos dominarás.
Alejandro lo observó largo rato.
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suspenso psicológico, novela histórica épica, aventura bélica
Editado: 21.02.2026