Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 12 - La Roca que Desafía a los Dioses

La montaña se alzaba como un desafío tallado por manos divinas.

No era una colina.

No era una fortaleza.

Era una muralla vertical de piedra negra que perforaba el cielo.

—La llaman la Roca Sogdiana —dijo el explorador con voz baja—. Dicen que ni los pájaros se atreven a descansar en su cima.

Alejandro permanecía inmóvil frente a ella.

El viento golpeaba su capa contra las piernas.

Hefestión se acercó.

—¿Ese es el desafío?

Alejandro asintió levemente.

—Espitamenes cree que aquí no podemos alcanzarlo.

Parmenión observó la pared casi imposible.

—No está equivocado.

Desde lo alto, figuras diminutas se movían entre empalizadas improvisadas. Antorchas brillaban aun bajo la luz del día.

Un emisario sogdiano descendió por un sendero estrecho hasta la base.

Se detuvo a distancia prudente.

—Mi señor envía un mensaje.

Alejandro no respondió. Solo lo miró.

El hombre continuó:

—Dice que si tienes alas, subas.

Un murmullo incómodo recorrió las filas macedonias.

El emisario sonrió con burla apenas contenida.

—O que regreses a tus llanuras.

Alejandro sostuvo su mirada en silencio.

Luego preguntó:

—¿Cuántos hombres hay arriba?

—Los suficientes.

Alejandro dio un paso adelante.

—Dile a tu señor que mañana verá alas.

El emisario vaciló por primera vez.

—Eso es imposible.

Alejandro lo miró con calma absoluta.

—Eso es lo que todos dicen… antes de caer.

Esa noche, el campamento macedonio estaba en tensión.

Los soldados observaban la montaña con incredulidad.

—No hay senderos.

—No hay acceso.

—Es suicidio.

Alejandro reunió a sus oficiales más cercanos.

—Necesito voluntarios.

El silencio fue inmediato.

—Treinta hombres. Los mejores escaladores. Los más ágiles.

Parmenión frunció el ceño.

—¿Para qué exactamente?

Alejandro señaló hacia el acantilado.

—Escalarán durante la noche. Usarán estacas y cuerdas.

Hefestión comprendió antes que nadie.

—Si alcanzan la cima…

—Aparecerán al amanecer como fantasmas —terminó Alejandro.

Parmenión negó con la cabeza.

—Es una locura.

Alejandro lo miró fijamente.

—La locura bien dirigida se llama estrategia.

Un silencio denso siguió.

Finalmente, uno de los veteranos dio un paso al frente.

—Yo iré.

Luego otro.

Y otro.

Treinta hombres se alinearon en silencio.

Alejandro caminó frente a ellos.

—No prometo gloria.

Miró sus rostros.

—Prometo que si lo lográis… el mundo sabrá que no hay lugar donde no podamos llegar.

Hefestión sostuvo su mirada.

—¿Y si mueren?

Alejandro respondió con frialdad dolorosa.

—Entonces morirán sabiendo que hicieron temblar una montaña.

La escalada comenzó bajo la luna.

El viento cortaba como cuchilla.

Las cuerdas crujían.

Las manos sangraban.

Uno de los hombres perdió el equilibrio y cayó en silencio, desapareciendo en la oscuridad.

Nadie gritó.

Nadie miró abajo.

Alejandro observaba desde la base con el rostro inmóvil.

Cada sombra que se movía hacia arriba era una extensión de su voluntad.

Las horas se arrastraron.

El frío se volvió insoportable.

Hefestión se acercó.

—No lo lograrán todos.

Alejandro no apartó la vista.

—No necesitan hacerlo.

Al amanecer, el cielo comenzó a aclararse.

Una figura apareció en lo alto.

Luego otra.

Y otra.

Seis hombres.

Solo seis.

Pero eran suficientes.

Agitaron telas blancas al viento.

Desde abajo, el ejército macedonio contuvo la respiración.

En la cima, los sogdianos comenzaron a gritar.

Confusión.

Pánico.

No esperaban alas.

No esperaban fantasmas.

Espitamenes apareció en la empalizada, mirando incrédulo.

Los seis macedonios avanzaban lentamente hacia el interior de la fortaleza.

Desde la base, Alejandro levantó la voz.

—¡Mirad al cielo!

Los sogdianos miraron.

Y vieron siluetas humanas donde nadie debía estar.

El efecto fue devastador.

Espitamenes gritó órdenes, pero el temor ya había entrado.

Un hombre corrió hacia el borde del acantilado.

—¡Son demonios!

La palabra se extendió como fuego.

Alejandro dio la orden.

—¡Avanzad!

Las fuerzas macedonias comenzaron a escalar por los senderos secundarios ahora desprotegidos.

La resistencia fue breve.

Cuando Alejandro alcanzó la cima, encontró a Espitamenes esperando.

No con espada.

Con mirada ardiente.

—Eres persistente —dijo el sogdiano.

Alejandro respiraba con fuerza.

—Y tú subestimas demasiado.

Espitamenes observó los cuerpos de sus hombres rendidos.

—No ganarás estas montañas.

Alejandro lo miró fijamente.

—No necesito ganarlas.

—¿Entonces?

—Solo necesito que entiendan que no pueden esconderse de mí.

Silencio.

Espitamenes sostuvo su mirada durante un largo instante.

Luego giró y se arrojó por un sendero oculto.

Desapareció entre rocas.

Alejandro no lo persiguió.

No aún.

La fortaleza cayó.

Pero la victoria no fue limpia.

Más de veinte macedonios murieron en la escalada.

Alejandro caminó entre los cuerpos.

Se detuvo junto a uno de los seis sobrevivientes.

—¿Valió la pena? —preguntó el hombre con voz débil.

Alejandro sostuvo su mirada.

—Sí.

Pero cuando el soldado cerró los ojos para siempre, una sombra cruzó el rostro del rey.

Esa noche, el campamento celebró con intensidad.

Pero no todos compartían la euforia.

Clito se acercó a Alejandro junto al fuego.

—¿Cuántos más morirán por tu mensaje?

Alejandro levantó la vista.

—Los necesarios.

Clito sostuvo su mirada.




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