Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 13 - El Banquete de las Sombras

El aire en el campamento olía a vino y resentimiento.

La Roca Sogdiana había caído, pero no trajo paz. Solo una victoria que sabía a esfuerzo excesivo. Las montañas seguían allí. Espitamenes seguía libre. Y los hombres comenzaban a preguntarse cuánto más debían escalar.

Alejandro había ordenado un banquete esa noche.

—Necesitamos recordar que somos invencibles —había dicho.

Pero algunos escucharon otra cosa.

Necesitamos olvidar.

El gran salón improvisado en la fortaleza conquistada estaba iluminado con antorchas que lanzaban sombras irregulares sobre muros de piedra. Alfombras persas cubrían el suelo. Plata y oro brillaban sobre las mesas.

Alejandro vestía una túnica mezclada: macedonia en corte, persa en tejido.

Algunos oficiales intercambiaron miradas.

Parmenión observaba en silencio.

Clito bebía más de lo habitual.

Hefestión, sentado cerca del rey, estudiaba cada gesto.

La música comenzó.

Vino fuerte corría sin medida.

Alejandro levantó su copa.

—A los hombres que escalaron el cielo —brindó.

Gritos de aprobación.

Pero Clito no levantó la suya.

Alejandro lo notó.

—¿No brindas, viejo amigo?

Clito sostuvo su mirada.

—Brindo por Macedonia.

Un silencio breve.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Alejandro con tono suave.

Clito bebió sin pedir permiso.

—Significa que no brindo por Persia.

Algunos oficiales se tensaron.

Alejandro sonrió apenas.

—Persia es ahora parte de nuestro imperio.

Clito apoyó la copa con fuerza.

—Nuestro.

La palabra resonó con peso.

—No tuyo solo.

Hefestión intervino suavemente.

—Clito…

Pero el veterano no retrocedió.

—Te hemos seguido desde el Helesponto. Hemos sangrado por ti. Y ahora nos inclinas ante costumbres extranjeras.

Alejandro apoyó lentamente la copa.

—Inclinarse no es humillación.

—Para un macedonio sí lo es.

Las sombras en las paredes parecían moverse más rápido.

Parmenión observaba con tensión contenida.

—¿Prefieres que gobierne como bárbaro? —preguntó Alejandro.

—Prefiero que gobiernes como Filipo.

La mención del padre fue una chispa.

El aire cambió.

Alejandro sostuvo la mirada de Clito.

—Filipo conquistó Grecia.

Pausa.

—Yo he conquistado el mundo.

Clito rió con amargura.

—Lo has heredado.

El silencio cayó como un golpe.

Hefestión dio un paso adelante.

—Cuidado.

Pero el vino y el resentimiento ya habían tomado forma.

Clito continuó:

—¿Quién te salvó en el Gránico cuando un noble persa casi te parte el cráneo?

Alejandro no respondió.

—Yo.

La palabra quedó suspendida.

—No los dioses. No tu destino.

Silencio absoluto.

Los ojos de Alejandro se oscurecieron.

—No olvides ante quién hablas.

Clito dio un paso más.

—Hablo ante el hijo de Filipo.

La tensión se volvió insoportable.

Alejandro tomó una lanza decorativa cercana.

No con intención clara.

Solo con impulso.

—Hablas como si fueras mi igual.

Clito levantó el mentón.

—En el campo de batalla lo soy.

El golpe fue rápido.

Irreversible.

La lanza atravesó el pecho de Clito antes de que nadie pudiera detenerlo.

El tiempo se congeló.

Clito miró hacia abajo.

Luego a Alejandro.

Sorpresa.

Dolor.

Y algo más.

Tristeza.

Cayó al suelo sin una palabra final.

El silencio era absoluto.

Solo el sonido del vino derramándose sobre piedra.

Alejandro soltó la lanza como si quemara.

Retrocedió.

Miró sus manos.

—No…

Hefestión lo sostuvo antes de que cayera.

—Alejandro…

Pero el joven rey ya no escuchaba.

Había matado a un amigo.

No en batalla.

No en estrategia.

En ira.

Las horas siguientes fueron confusas.

Alejandro se encerró.

Rechazó comida.

Rechazó compañía.

Parmenión permaneció en el exterior con el rostro pétreo.

Hefestión entró finalmente en la tienda.

Alejandro estaba sentado en el suelo.

La lanza había sido retirada, pero su memoria seguía allí.

—Lo maté —susurró.

Hefestión no intentó suavizar.

—Sí.

Silencio.

—Era leal.

—También era honesto.

Alejandro cerró los ojos.

—Y yo…

No terminó la frase.

Hefestión se arrodilló frente a él.

—Eres humano.

Alejandro levantó la mirada con dolor contenido.

—Un rey no puede ser solo humano.

Las palabras pesaron más que cualquier arma.

Durante tres días, Alejandro no apareció ante el ejército.

Rumores crecían.

—Ha perdido el juicio.

—Se ha vuelto persa.

—Ha matado a uno de los nuestros.

Parmenión mantenía el orden con disciplina férrea.

Pero la grieta estaba abierta.

Espitamenes, al enterarse del incidente por espías, sonrió levemente.

—No necesitamos derrotarlo —dijo a sus hombres.

—Solo necesitamos que se fracture.

Al cuarto día, Alejandro salió finalmente.

Su rostro estaba más pálido.

Más endurecido.

Reunió a los oficiales.

—Clito murió por mi mano —dijo sin rodeos.

El silencio fue tenso.

—Y eso no puede deshacerse.

Miró a cada uno.

—Pero no he venido hasta aquí para ser esclavo de mi ira.

Pausa.

—Quien crea que ya no soy digno de liderarlo… puede marcharse.

Nadie se movió.

No por miedo.

Por historia compartida.

Hefestión sostuvo su mirada con lealtad intacta.

Parmenión asintió apenas.

Alejandro continuó:

—No retrocederemos.

—Ni en las montañas.

—Ni en nosotros mismos.

Pero la noche siguiente trajo noticias inquietantes.

Un destacamento macedonio fue emboscado brutalmente.

No solo muertos.

Mutilados.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.