El humo era lo primero.
Negro. Espeso. Ascendiendo como una acusación directa al cielo.
Maracanda ardía.
Alejandro espoleó a Bucéfalo sin esperar órdenes formales. El resto de la caballería lo siguió con urgencia brutal. El aire se volvió irrespirable a medida que descendían hacia la ciudad.
Gritos.
No de guerra.
De desesperación.
Hefestión alcanzó su flanco.
—Podría ser una trampa.
Alejandro no disminuyó la velocidad.
—Todo lo es ahora.
Cuando cruzaron la primera puerta, encontraron caos.
Casas incendiadas.
Soldados macedonios muertos en las calles.
Y civiles huyendo entre humo y ceniza.
Parmenión organizó rápidamente unidades para contener el fuego y asegurar perímetros.
—¡Dividíos! ¡Proteged los accesos! —gritó.
Alejandro desmontó en medio de la plaza principal.
Un oficial ensangrentado cayó de rodillas ante él.
—Llegaron antes del amanecer… atacaron rápido… no intentaron ocupar… solo destruir.
Alejandro apretó los dientes.
—¿Espitamenes?
—Lo vimos… en las murallas del norte.
Hefestión observó los edificios colapsando.
—No vino a tomar la ciudad.
—Vino a herirnos —respondió Alejandro.
En el centro de la ciudad, una escena lo detuvo.
Un grupo de mujeres y niños estaba protegido por un pequeño destacamento macedonio que había resistido hasta el final. Sus cuerpos formaban un círculo de defensa, incluso muertos.
Alejandro caminó entre ellos.
Se detuvo frente al capitán caído.
—Murió defendiendo civiles —murmuró Hefestión.
Alejandro no habló.
Solo miró el cielo ennegrecido.
Espitamenes no había atacado por territorio.
Había atacado la moral.
Había golpeado donde dolía.
Cuando el fuego comenzó a ser controlado, un mensajero trajo noticia urgente.
—Majestad… han dejado algo.
Lo condujeron hacia la muralla norte.
Allí, clavado con una lanza en la madera ennegrecida, había un estandarte macedonio.
Cortado.
Desfigurado.
Y bajo él, grabado en piedra:
“Un rey que no controla su ira no controla su imperio.”
El silencio fue absoluto.
Hefestión lo miró.
—Sabe.
Alejandro sostuvo la mirada en las palabras talladas.
No era solo provocación.
Era diagnóstico.
Parmenión habló con cautela.
—Quiere que respondas con brutalidad. Que castigues a todos.
Alejandro respiró profundo.
El recuerdo de Clito atravesó su mente como una daga.
—No le daré eso.
—¿Qué harás entonces? —preguntó Hefestión.
Alejandro miró alrededor.
La ciudad herida.
Los muertos.
El humo.
—Lo haré sentir observado.
Esa noche, en una sala apenas intacta, reunió a sus generales.
—Espitamenes cree que puede fragmentarnos —dijo.
—Y lo está logrando —respondió Parmenión con honestidad.
Alejandro no lo negó.
—Entonces lo forzaremos a mostrarse.
Hefestión cruzó los brazos.
—¿Cómo?
—Simularemos retirada.
El silencio fue inmediato.
—¿Abandonar Maracanda? —preguntó un oficial incrédulo.
—Solo en apariencia.
Parmenión lo miró con atención renovada.
—¿Un señuelo?
Alejandro asintió.
—Reduciremos presencia visible. Mantendremos fuerzas ocultas en colinas cercanas.
—Y cuando ataque de nuevo —murmuró Hefestión.
—Lo rodearemos.
El plan era arriesgado.
Pero necesario.
Al amanecer, la retirada comenzó.
Las columnas macedonias salieron de la ciudad con aparente cansancio.
Espías sogdianos observaban desde la distancia.
Llevaron la noticia a Espitamenes.
—Se retiran —dijo uno de sus hombres.
Espitamenes sonrió con cautela.
—No es tan simple.
—La ciudad está debilitada. Es momento de acabar lo empezado.
Espitamenes miró hacia el oeste.
—Alejandro no huye sin propósito.
Pero la oportunidad era tentadora.
Demasiado tentadora.
Tres días después, al caer la noche, sombras se deslizaron hacia Maracanda.
Espitamenes al frente.
Movimientos rápidos.
Silenciosos.
Pero esta vez, los accesos estaban demasiado desprotegidos.
—Demasiado fácil —susurró uno de sus guerreros.
Espitamenes sintió una punzada de duda.
Demasiado tarde.
Un cuerno resonó desde las colinas.
Luego otro.
Y otro.
Antorchas se encendieron alrededor de la ciudad como un anillo de fuego.
Alejandro apareció desde el sur con caballería completa.
Parmenión descendió desde el este.
Hefestión cerró el norte.
La trampa se había invertido.
Espitamenes comprendió en un instante.
—Nos ha estudiado.
La batalla fue brutal.
No en formación abierta.
Sino en callejones estrechos y sombras agitadas.
Alejandro luchaba con precisión fría.
No había rabia descontrolada.
Había cálculo.
En medio del caos, Espitamenes logró abrirse paso hacia la salida norte.
Alejandro lo vio.
Sus miradas se cruzaron entre humo y chispas.
El sogdiano levantó la espada en señal de desafío antes de desaparecer entre la oscuridad.
Hefestión alcanzó a Alejandro.
—Escapó.
Alejandro respiraba con fuerza.
—No por mucho.
La victoria en Maracanda restauró parte de la moral.
Pero no toda.
Las bajas habían sido significativas.
El desgaste acumulado era evidente.
Esa noche, mientras el ejército reorganizaba posiciones, Parmenión se acercó a Alejandro en privado.
—Has aprendido.
Alejandro lo miró.
—¿Qué?
—A controlar la respuesta.
Pausa.
—Eso no borra lo de Clito.
Alejandro sostuvo su mirada sin evasión.
—Nada lo hará.
—Entonces ¿qué te sostiene?
Alejandro miró hacia el horizonte oscuro.
—La certeza de que si me quiebro… todo se quiebra.
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suspenso psicológico, novela histórica épica, aventura bélica
Editado: 21.02.2026