Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 15 - El Filo en la Retaguardia

El viento del oeste traía polvo… y algo más.

Silencio.

Demasiado silencio.

El ejército macedonio avanzaba en columnas extendidas por terreno irregular. Las montañas quedaban atrás; ahora el paisaje se abría en llanuras onduladas atravesadas por rutas estrechas de suministro.

Alejandro cabalgaba al frente con la caballería ligera. Parmenión había quedado más atrás coordinando infantería y carros de provisiones.

—No me gusta esto —murmuró Hefestión.

Alejandro no apartó la vista del horizonte.

—A mí tampoco.

Un explorador regresó a galope tendido.

Su caballo espumaba.

—Majestad… el convoy occidental ha sido atacado.

El aire se tensó.

—¿Cuántas bajas? —preguntó Alejandro.

—Muchas. Y… —dudó.

—Habla.

—Han capturado a oficiales.

Un silencio denso cayó sobre los presentes.

—¿Quiénes? —preguntó Hefestión.

El explorador tragó saliva.

—Dos comandantes macedonios. Y varios mensajeros.

Parmenión, que acababa de alcanzar el frente, cerró el puño.

—Eso no es saqueo. Es estrategia.

Alejandro asintió lentamente.

—Quiere información.

—Y quiere sembrar miedo —añadió Hefestión.

Alejandro giró el caballo.

—Nos movemos ahora.

El convoy atacado estaba a media jornada.

Cuando llegaron, el escenario era brutal.

Carros volcados.

Sacos de grano incendiados.

Cuerpos atravesados con precisión quirúrgica.

No era matanza descontrolada.

Era mensaje.

Alejandro descendió.

Caminó entre los restos.

Se detuvo frente a un soldado aún con vida.

El hombre respiraba con dificultad.

—Majestad…

Alejandro se arrodilló.

—¿Qué ocurrió?

—Nos rodearon… rápido… sabían exactamente dónde atacar.

Hefestión intercambió una mirada con Parmenión.

—Alguien habló —murmuró el general.

El soldado tosió sangre.

—No gritaban… no celebraban… solo… tomaban lo que necesitaban.

Alejandro sostuvo su mirada hasta que se apagó.

Se puso de pie lentamente.

El enemigo ya no solo era externo.

La información había fluido.

Y no desde montañas.

Desde dentro.

Esa noche, reunió a los oficiales.

—Hay filtración —dijo sin rodeos.

Silencio.

—Espitamenes sabía exactamente cuándo y dónde atacar.

Parmenión habló con firmeza.

—No podemos permitir paranoia.

Alejandro lo miró con intensidad.

—No es paranoia cuando los hechos lo respaldan.

Hefestión cruzó los brazos.

—¿Insinúas traición interna?

Alejandro sostuvo su mirada.

—Insinúo debilidad interna.

La diferencia era sutil… pero peligrosa.

Un capitán habló con cautela.

—¿Interrogaremos a los hombres?

Alejandro negó.

—No públicamente.

—Entonces ¿cómo?

Alejandro miró a cada uno.

—Observando.

En el campamento, la tensión se volvió palpable.

Miradas cruzadas.

Conversaciones que se detenían al pasar un oficial.

El desgaste ya no era solo físico.

Era psicológico.

Parmenión buscó a Alejandro en privado.

—Esto puede rompernos.

Alejandro no apartó la vista del mapa.

—Ya estamos siendo rotos.

—Entonces debemos cerrar filas, no sospechar.

Alejandro finalmente levantó la mirada.

—¿Y si el filo está dentro?

Parmenión sostuvo su mirada con frialdad.

—Entonces debes tener cuidado de no herir a los tuyos mientras lo buscas.

Mientras tanto, en una colina distante, Espitamenes observaba el humo residual del convoy.

Uno de sus hombres se acercó.

—Han reaccionado rápido.

—Siempre lo hace.

—¿Crees que sospecha?

Espitamenes sonrió apenas.

—No necesita sospechar.

—¿Entonces?

—Solo necesita dudar.

Silencio.

—La duda mata más lento que la espada… pero más profundo.

Dos noches después, otro golpe.

Un puesto avanzado macedonio fue tomado sin resistencia.

Los guardias no habían dado alarma.

Alejandro llegó al amanecer.

No encontró cuerpos.

Solo ausencia.

Hefestión inspeccionó la zona.

—No hay señales de lucha.

Parmenión frunció el ceño.

—Eso significa…

Alejandro terminó la frase.

—Que abrieron la puerta.

El silencio fue pesado.

El traidor ya no era posibilidad.

Era certeza.

Esa tarde, Alejandro convocó a todos los comandantes en círculo cerrado.

No había vino.

No había ceremonia.

Solo tensión.

—Hablaré una vez —dijo con voz firme—. Alguien aquí facilita información al enemigo.

El silencio era sofocante.

—No necesito nombres ahora.

Miró a cada rostro.

—Pero quien crea que puede manipular la guerra desde las sombras… está equivocado.

Un capitán bajó la mirada.

Otro sostuvo firme.

Alejandro continuó:

—He perdonado errores.

Pausa.

—No perdonaré traición.

Hefestión observaba cada gesto.

Buscando grietas.

Parmenión mantenía expresión imperturbable.

Cuando la reunión terminó, Alejandro lo llamó aparte.

—¿Confías en todos?

Parmenión respondió sin titubeo.

—Confío en los que han sangrado contigo.

—Clito sangró conmigo.

El silencio se volvió incómodo.

—Y murió por tu mano —dijo Parmenión con firmeza.

Las palabras no eran acusación.

Eran recordatorio.

Alejandro sostuvo su mirada.

—No cometeré ese error otra vez.

Esa misma noche, un centinela interceptó a un mensajero que intentaba abandonar el campamento.

Lo llevaron ante Alejandro.

El hombre temblaba.

—No soy traidor —balbuceó.

—¿A dónde ibas? —preguntó Alejandro.

—A mi familia… en la región occidental.

Hefestión lo miró con frialdad.

—¿Con un mapa oculto en tu cinturón?

El hombre se quedó sin palabras.

Alejandro tomó el pergamino.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.