Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 16 - El Eco de la Emboscada

El sendero hacia el norte era estrecho y traicionero. Rocas sueltas crujían bajo las sandalias, y el viento silbaba entre grietas profundas como si susurrara advertencias antiguas.

Alejandro avanzaba con apenas doscientos jinetes.

No era una marcha de conquista.

Era una misión quirúrgica.

—Demasiado tranquilo —murmuró Hefestión.

Alejandro asintió.

—Eso significa que estamos cerca.

El mensajero capturado había indicado una garganta montañosa donde, supuestamente, Espitamenes retenía a varios prisioneros como moneda de cambio.

Alejandro no confiaba en el mensaje.

Pero tampoco podía ignorarlo.

Porque si dejaba a un hombre atrás por sospecha… perdería algo más profundo que territorio.

Perdería lealtad.

Al llegar al desfiladero, encontraron señales claras de presencia reciente.

Fogatas apagadas.

Huellas.

Restos de comida.

—Nos esperan —susurró un oficial.

Alejandro levantó la mano.

Señal de silencio.

Dividió la unidad en tres pequeños grupos.

—No avanzamos como ejército.

Avanzamos como sombra.

Hefestión sostuvo su mirada.

—Si es trampa, será cerrada.

Alejandro respondió sin dudar:

—Entonces la romperemos.

En el interior del desfiladero, la tensión se volvió física.

El eco de cada paso parecía amplificado.

Una flecha silbó desde lo alto.

Un jinete cayó sin un sonido.

—¡Arriba! —gritó Hefestión.

Sombras surgieron desde las crestas.

Guerrilleros sogdianos.

No muchos.

Pero bien posicionados.

Alejandro no se detuvo.

Espoleó a Bucéfalo y se lanzó hacia la pendiente más cercana.

No para huir.

Para subir.

Los macedonios lo siguieron.

La lucha fue feroz y breve.

Espadas contra rocas.

Hombres rodando por pendientes.

Gritos ahogados.

En cuestión de minutos, los atacantes fueron reducidos.

Pero el campamento improvisado que encontraron más arriba estaba vacío.

No había prisioneros.

No había señales de cautiverio.

Solo una bandera sogdiana clavada en piedra.

Hefestión respiró con fuerza.

—Era distracción.

Alejandro cerró los ojos un instante.

Y en ese instante, lo comprendió todo.

—El campamento principal.

A decenas de kilómetros al sur, Parmenión enfrentaba el inicio del caos.

Espitamenes había descendido con rapidez brutal sobre las fuerzas reducidas.

No buscaba asalto frontal.

Buscaba desorganización.

Ataques rápidos.

Incendios en almacenes.

Caballería golpeando flancos y desapareciendo.

—¡Formad líneas defensivas! —gritaba Parmenión.

Pero el número no favorecía.

Y el enemigo conocía el terreno mejor.

Un oficial llegó jadeando.

—Han tomado el depósito occidental.

Parmenión apretó los dientes.

—Replega fuerzas al centro.

—¿Esperamos refuerzos?

Parmenión miró hacia el norte.

—Esperamos al rey.

Pero sabía que podía ser tarde.

En el desfiladero, Alejandro ya descendía con furia contenida.

—Nos manipuló —dijo Hefestión.

—Sí.

—Y lo sabías.

Alejandro no respondió.

La culpa era punzante.

Había querido demostrar que aún podía controlar la narrativa.

Y el enemigo había aprovechado ese impulso.

Un explorador apareció a toda velocidad desde el sur.

Su caballo estaba al límite.

—¡Majestad! —gritó— ¡El campamento está bajo ataque masivo!

El aire se volvió pesado.

—¿Parmenión? —preguntó Alejandro.

—Resiste… pero no por mucho.

Alejandro no dudó.

—¡Marcha forzada!

La carrera de regreso fue brutal.

Caballos llevados al extremo.

Hombres empujados más allá del cansancio.

Alejandro iba al frente, el rostro endurecido por una determinación casi feroz.

Hefestión lo alcanzó.

—No fue error —dijo con firmeza—. Fue movimiento estratégico arriesgado.

Alejandro respondió con voz baja.

—La diferencia entre estrategia y error es el resultado.

Cuando divisaron el humo al horizonte, el corazón de Alejandro golpeó con fuerza renovada.

El campamento estaba parcialmente envuelto en llamas.

Gritos.

Choque de metal.

El enemigo aún presente.

Alejandro no esperó formación completa.

Cargó.

La caballería macedonia irrumpió desde el norte con violencia inesperada.

Espitamenes no había previsto un regreso tan rápido.

El choque fue devastador.

Por primera vez en meses, la guerra de sombras se convirtió en combate abierto.

Alejandro buscaba una figura específica entre el caos.

Espitamenes.

Lo vio.

Al otro lado de la llanura ardiente.

Ambos se reconocieron de inmediato.

Espitamenes sonrió.

Y en lugar de huir…

Avanzó.

El choque fue directo.

Espadas cruzándose con furia contenida.

No era batalla de ejércitos.

Era duelo de voluntades.

—Has aprendido —dijo Espitamenes entre golpes.

—Y tú subestimaste mi velocidad —respondió Alejandro.

El sogdiano retrocedió con agilidad sorprendente.

—No lucho por gloria.

—Yo tampoco.

Un golpe rozó el brazo de Alejandro.

Espitamenes atacaba con precisión.

—Luchas por imagen.

Alejandro bloqueó y empujó con fuerza.

—Lucho por orden.

Espitamenes se apartó con rapidez.

Y entonces ocurrió lo inesperado.

Un grupo de guerrilleros sogdianos irrumpió entre ambos, cubriendo la retirada de su líder.

Alejandro intentó avanzar.

Pero Hefestión lo interceptó.

—¡Cuidado!

Una lanza pasó a centímetros de su cuello.

Espitamenes aprovechó el momento.

Se retiró hacia una colina cercana.

Y desapareció una vez más.

La batalla terminó poco después.

El enemigo se dispersó.

El campamento quedó dañado… pero no destruido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.