Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 17 - La Flecha en la Oscuridad

La noche parecía más densa que de costumbre.

No había luna.

Solo un cielo negro salpicado de estrellas frías que observaban en silencio el campamento macedonio. Las antorchas ardían con llama baja. Los centinelas caminaban rutas repetidas, confiados en la rutina.

Ese fue el primer error.

Alejandro estaba despierto.

Sentado frente a un mapa extendido sobre una mesa baja. No pensaba en rutas ni en provisiones. Pensaba en Espitamenes.

Pensaba en desgaste.

En la mirada del sogdiano durante el último enfrentamiento.

No había visto odio.

Había visto cálculo.

Hefestión entró sin anunciarse.

—Deberías dormir.

Alejandro no levantó la vista.

—Dormiré cuando él lo haga.

Hefestión suspiró.

—Entonces no dormirás nunca.

Un leve ruido fuera de la tienda interrumpió el momento.

Alejandro alzó la cabeza.

No fue un sonido fuerte.

Fue demasiado suave.

Como tela rozando arena.

Hefestión también lo percibió.

Ambos se miraron.

Sin palabras.

Salieron juntos.

El perímetro norte estaba extrañamente silencioso.

Un centinela yacía en el suelo.

Sin grito.

Sin lucha visible.

Solo una pequeña herida en el cuello.

Alejandro sintió el pulso acelerarse.

—Dentro del campamento —susurró Hefestión.

Las sombras se movían con precisión quirúrgica.

Tres figuras.

No buscaban combate abierto.

Buscaban dirección.

Y sabían exactamente a dónde ir.

La tienda real.

Alejandro desenfundó su espada sin emitir sonido.

No gritó alarma.

No aún.

Se desplazó en ángulo, cortando el paso.

Una sombra se volvió demasiado tarde.

El acero macedonio cortó el aire con limpieza.

El atacante cayó sin ruido.

Pero las otras dos sombras ya estaban cerca de la entrada principal.

Uno lanzó algo pequeño hacia la tela.

Una antorcha encendida.

La tienda comenzó a arder en segundos.

—¡Alarma! —gritó finalmente Hefestión.

El campamento despertó en caos.

Un segundo atacante se lanzó directamente hacia Alejandro.

No buscaba escapar.

Buscaba impactar.

El choque fue brutal.

Espadas cruzándose con violencia.

El atacante no hablaba.

No dudaba.

Solo atacaba.

Un movimiento rápido.

Una daga emergió en la otra mano.

Alejandro bloqueó por instinto.

La hoja rozó su costado.

Dolor inmediato.

No profundo.

Pero suficiente.

Hefestión abatió al atacante por la espalda.

La tercera sombra ya corría hacia el exterior del campamento.

Alejandro lo vio.

Sintió el impulso de perseguir.

Pero el fuego crecía.

Y hombres despertaban desorientados.

—¡Formad líneas! —gritó Parmenión desde el este.

La tercera figura desapareció en la oscuridad.

El incendio fue controlado con rapidez.

Las bajas fueron mínimas.

Pero el mensaje era claro.

Espitamenes había penetrado hasta el centro.

Hasta el rey.

Hefestión examinaba la herida en el costado de Alejandro.

—No es profunda.

—Pero es simbólica —respondió Alejandro con frialdad.

Parmenión se acercó con el rostro endurecido.

—Han cruzado el perímetro como si lo conocieran.

Alejandro sostuvo su mirada.

—Porque lo conocen.

Silencio.

La filtración no había terminado.

Había evolucionado.

El cuerpo del atacante principal fue examinado.

No llevaba insignias.

No llevaba tatuajes tribales.

Pero su disciplina era evidente.

—No eran campesinos armados —murmuró Hefestión.

—Eran entrenados —añadió Parmenión.

Alejandro observó el cadáver.

Sus manos no temblaban.

Pero sus pensamientos sí.

—Espitamenes no vino a matar.

—Vino a demostrar que puede —dijo Hefestión.

Alejandro asintió lentamente.

—Exacto.

A la mañana siguiente, reunió a todos los oficiales.

No en tono acusador.

En tono clínico.

—Anoche cruzaron nuestras líneas sin ser detectados a tiempo.

Miró cada rostro.

—Eso no vuelve a ocurrir.

Un capitán habló con voz firme.

—Reforzaremos guardias.

—No es suficiente —respondió Alejandro.

—¿Qué propones? —preguntó Parmenión.

Alejandro respiró hondo.

—Cambios estructurales.

Silencio.

—Dividiremos el campamento en anillos internos.

—Movimientos aleatorios en guardias.

—Falsas tiendas señuelo.

Hefestión comprendió de inmediato.

—Quieres convertirnos en laberinto.

Alejandro asintió.

—Si él quiere entrar en sombras… caminaremos en ellas mejor que él.

Esa misma tarde, un mensajero fue interceptado intentando salir otra vez.

Pero esta vez no llevaba mapas.

Llevaba un simple símbolo tallado en madera.

Una flecha apuntando hacia abajo.

—¿Qué significa? —preguntó Parmenión.

Alejandro lo observó en silencio.

—Significa que ya no me ataca desde fuera.

—¿Entonces?

Alejandro sostuvo el símbolo.

—Está buscando quebrar confianza.

Hefestión lo miró fijamente.

—¿Y lo está logrando?

Alejandro no respondió.

Pero sabía la verdad.

El desgaste ya no era solo físico ni táctico.

Era psicológico.

Esa noche, mientras el campamento reorganizado respiraba en tensión vigilante, Alejandro caminaba solo.

Se detuvo frente a la tumba improvisada de Clito.

La tierra aún fresca.

Se arrodilló.

—No supe escucharte.

El viento sopló frío.

—Pero ahora entiendo.

Pausa.

—No puedo permitir que la sombra me defina.

Se levantó lentamente.

Y en ese momento, una figura emergió desde la oscuridad entre tiendas.

No armada.

No encapuchada.

Una mujer.

Alta.

Mirada firme.

Vestía ropas sogdianas, pero no llevaba arma visible.




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